Breves internacionales
¿Puede ser el sexo respetuoso con el medio ambiente? Greenpeace cree que sí, por eso la sede que la organización tiene en México ha lanzado por Internet un decálogo de sexo verde.
El decálogo, titulado «Guía Greenpeace para un sexo amigable con el medio ambiente», se presenta a los cibernautas con el eslógan «Ser verde nunca había sido más erótico» y comienza con una de las recomendaciones más elementales: «Apaga las luces».
El segundo consejo, «Frutas de la pasión…libres de OGM», sugiere al usuario que cuando decida consumir guaraná, fresas, zarzamora, moras, frambuesas, cerezas u otros frutos afrodisíacos, se asegure de que sean orgánicos, es decir, «libres de transgénicos o pesticidas».
«¿Amor a toda costa?» propone a los amantes que apoyen proyectos sostenibles de comunidades productoras de aceites y jabones biodegradables «con aromas que encienden la pasión», en lugar de consumir con el mismo fin «ostras y mariscos», porque están desapareciendo de los océanos «en un rango sin precedentes».
Como no, la lista tiene una referencia al «Amor reciclado», que sugiere emplear envases ya usados para colocar los condones, lubricantes o juguetes sexuales en los dormitorios. «Usa ecolubricantes» es el quinto apartado del decálogo, que promociona productos elaborados a base de agua y no de petróleo, como el aceite o la vaselina, y recuerda que la saliva es el mejor lubricante natural.
El sexto punto se titula «Esclavo de la pasión, no del petróleo» y advierte del riesgo de usar juguetes sexuales fabricados con policloruro de Vinilo (PVC), un material que genera «algunos de los químicos más tóxicos que existen: las dioxinas y furanos».
El apartado «Ahorra agua en pareja» propone a los amantes compartir el baño y el noveno punto del decálogo anima a hacer uso de aceite para masaje y ropa interior orgánicos.
«Cuando empecé en esto cobraba unos sesenta euros por un completo, ahora cobro entre treinta y cuarenta», confiesa Natalia, una de las 400.000 mujeres que en España ejercen la prostitución y que se han visto afectadas por la crisis económica que atraviesa el país, según un informe de «20 minutos».
Natalia es panameña, lleva tres años en España y empezó trabajando como camarera de pisos en un hotel, aunque tras estar de baja seis meses debido a un accidente de tráfico la empresa no le renovó el contrato. «Llevo nueve meses intentando trabajar en esto, aunque ahora la cosa está muy difícil. A ver si mejora en setiembre», manifiesta. Y es que, según la portavoz del colectivo de defensa de las prostitutas Hetaira, Cristina Garaizabal, la protesta de Natalia es generalizada: «Ultimamente todas las chicas se quejan del descenso de clientes».
Es también el caso de Cristina, española, que gana entre 250 y 300 euros a la semana prostituyéndose. Empezó hace un par de meses, según cuenta, porque la empresa para la que trabajaba anteriormente la despidió: «¿Qué quieres que diga? Va muy mal todo», lamenta. Su compañera de piso se anuncia en el mismo periódico como una «colombiana ardiente», aunque ella trabaja como prostituta desde hace más tiempo que Cristina, quien relata que ahora su amiga quiere echarla del apartamento donde viven. «Además, si puede, se queda con mis clientes, porque está claro que la gente de fuera nos quita el trabajo a las españolas», asegura, «aunque, tal y como están las cosas, la verdad es que la entiendo», señala.
Sobre el fenómeno de la competencia se pronuncia Kevin, un argentino de 28 años que vive en la costa y que desde los 20 presta sus servicios a hombres y mujeres. «Desde hace unos meses hay mucha más competencia», apunta, tras indicar que «la gente que trabaja en esto ya ni se toma una semana de vacaciones».
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