El plan del Papa para el tercer milenio
El Papa, que terminó el año jubilar con una misa y un Te Deum ante unas 100.000 personas, cerró la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, como rito de clausura y firmó el documento conclusivo del año jubilar.
El texto, de 82 páginas, «interpreta la exigencia de una Iglesia que, tras un año de intensa experiencia espiritual, se siente llamada a ‘ir mar adentro’, según la orden que Jesús dio a Pedro afrontando los desafíos del mundo». «No nos satisface la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella infunde», escribió el Papa en la Carta.
«No se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo», reiteró el pontífice. En el primero de los cuatro capítulos del documento, el Papa repasa los principales acontecimientos del Año Jubilar, mencionando momentos significaticos, desde la peregrinación a Tierra Santa hasta el Jubileo de los Jóvenes.
Dentro del balance del particular año de la iglesia que el Papa realiza, el jefe de la Iglesia Católica resalta en forma especial el problema de la deuda internacional de los países pobres.
«Estaba en la lógica misma del Jubileo», escribe el Papa, que si bien se complace por la decisión de varios Parlamentos de reducir la deuda externa bilateral que tienen con los países pobres, hace un llamamiento para que el problema sea resuelto a nivel multilateral. «Es de desear que los Estados, miembros de tales organizaciones (organismos financieros internacionales, ndr), sobre todo los que tienen un mayor peso en las decisiones, logren encontrar el consenso necesario para llegar a una rápida solución de la cuestión de la que depende el proceso de desarrollo de muchos países, con graves consecuencias para las condición económica y existencial de tantas personas». En forma casi profética, el Papa aconseja a la Iglesia del tercer milenio que se base en «una nueva acción misionera, que no podría ser delegada a unos ‘pocos especialistas’, sino que acabe por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios».
«Esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo», sostiene Juan Pablo II.
«El Cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esa exigencia de inculturización», sostiene el Papa, que celebró «la belleza del rostro pluriforme de la Iglesia», que «ha acogido y arraigado» tantas culturas y pueblos.
El Papa invitó a los 4.000 obispos de la Iglesia Católica para que «señalen las etapas del camino futuro». El jefe de la Iglesia Católica invitó en forma especial a redescubrir el domingo, el día de Pascua de la Semana, haciendo que la eucaristía sea su corazón. Para no conformarse con una «religiosidad mediocre», el Papa propone de nuevo con fuerza el sacramento de la confesión.
El sumo pontífice insiste sobre la necesidad de valorizar las tantas instituciones (Sínodos, Conferencias episcopales, Consejos Presbisterales y Pastorales) existentes en la Iglesia central y local, advirtiendo sin embargo que éstas se convertirían en estructuras sin alma si no se cultiva un «espíritu de comunión». Al hablar de los desafíos del mundo en el nuevo milenio, el Papa interpeló a la Iglesia impulsándola a hacerse, con renovada «fantasía» y generosidad, expresión del alma concreta de Dios en las más variadas situaciones de sufrimiento y de indigencia.
«Es la hora de la ‘nueva imaginación’ de la caridad, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de la ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno», escribió el Papa, al hablar de las miles de personas que padecen hambre. La Carta de Juan Pablo II cita también dentro de los desafíos para el futuro la ecología, el diálogo, la paz, los conflictos sociales, la necesidad de respetar las exigencias fundamentales de la ética en el campo de la biotecnología. Una atención particular fue solicitada para con la familia, «en un momento histórico como el nuestro, de crisis radical de dicha institución» y manifestó su apoyo al diálogo entre los cristianos de Oriente y Occidente.
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