Argelia ingresó en el noveno año de violencia fundamentalista

Emboscadas y degüellos

De este modo, Argelia ingresa en el noveno año de violencia con 23 muertos en cuatro días.

Los soldados, que viajaban a bordo de un camión que formaba parte de una columna, pasaron sobre una mina en el este del país mientras la muerte de los cuatro desdichados se produjo en el profundo sur.

Las regiones de Batna, Laghouat, Cabilia, la llanura de la Mitidja, Blida, Medea y Tipaza, los nombres de las localidades ensangrentadas, son siempre los mismos como los mismos son los autores de las matanzas: el grupo «salafista» de Hassan Hattab, el islámico armado de Hantar Zouabri y la «Falange de la destrucción».

Las autoridades, como es lógico, tienden a minimizar la situación y aseguran, desde hace por lo menos dos años, que la violencia es el fruto de un terrorismo «residual», destinado a desaparecer. Pero este terrorismo «residual» provocó, según estimaciones aproximadas, alrededor de 3.000 muertos sólo en 2000.

Contra los obstinados sanguinarios, algunos miles según se afirma, se alineó un ejército de casi 300 mil personas entre militares, policías, gendarmes, guardias comunales y voluntarios civiles. La guerra es extremadamente difícil, porque no existe un frente y el enemigo golpea en distintos lugares, tanto en la selva como en los mercados.

Las fuerzas de seguridad y, sobre todo las de inteligencia, obtuvieron resultados logrando mantener lejos de la capital a los terroristas durante meses.

Pero en Argelia no se vive con tranquilidad, la población se siente sitiada y, si bien es verdad que el cantante Cheb Khaled dio, después de años, un recital en la capital el mes pasado, también lo es que 16 colegiales fueron degollados en Medea, a 60 kilómetros al sur, mientras dormían durante Ramadán, el mes de ayuno sagrado del Islam, que concluyó el 27 de diciembre.

El terrorismo es difícil de descifrar, pues a los actos sanguinarios se unen las venganzas personales de los bandidos de la calle que aprovechan la situación.

Volver a poner orden en un país que desde hace nueve años vive una guerra civil que dejó de 100 a 150 mil muertos no es fácil, tanto más que numerosas son las personas que con el régimen de restricción provocado por el terrorismo acumularon riquezas organizando y controlando comercios legales e ilegales.

La situación política argelina, además, parece inmóvil. El gobierno está apoyado por todos los partidos en nombre del intento de reconciliación nacional deseado por el presidente Abdelaziz Bouteflika que trató, con una ley que prevé el perdón para los terroristas que depongan las armas, devolver la paz al país.

De la coalición gubernamental surgen raramente propuestas que tienen luego un resultado positivo; además, cada tanto se escuchan voces que critican a un presidente debilitado por el terrorismo que muestra haberse recuperado de los golpes sufridos con la ley del perdón.

Se escribió varias veces en los diarios de medio mundo que en Argelia nada se mueve si los militares no lo quieren así.

Pero intuir sus movidas para comprender qué hay en el futuro del país es extremadamente difícil porque poquísimo sale de sus bocas o trasciende de sus cuarteles.

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