EL FANTASMA YUGOSLAVO
La última gran contienda europea despedazó temporalmente la precaria unidad no solamente de Eslovenia, sino también del resto de la región. No era ninguna novedad. Si los eslovenos tuvieron que soportar la ocupación de italianos y alemanes, mientras el Eje tenía el control de casi toda Europa, antes ya habían sido controlados por la Francia napoleónica y luego formaron parte del Imperio Austro-Húngaro. Por lo menos, a Eslovenia no llegaron los turcos, que dominaron una gran parcela del resto de los Balcanes contribuyendo a que tanto en Bosnia como en los aledaños de Albania se profese la religión musulmana. Eslovenia permaneció mayoritariamente fiel al catolicismo, fruto de la herencia que se rastrea hasta la romanización.
El hecho es que a los eslovenos les encanta (aunque con prudencia y moderación) resaltar sus hechos diferenciales actuales e históricos. Tienen una lengua propia, diferente del serbio-croata (una combinación innombrable hoy en ambos Estados que comparten la misma habla). Presumen de un desarrollo económico y social notable. Como guinda, Eslovenia es miembro pleno de la Unión Europea (UE) desde la ampliación espectacular en 2004, y disfruta de todos los aderezos (euro, Schengen, reciente presidencia del Consejo).
Se percibe la existencia de un sistema escolar y universitario excelente, un cuidado riguroso del arte y la arquitectura, un dominio de los idiomas envidiable (el inglés es omnipresente) y una urbanidad hacia el visitante que se presume desaparecida en ambientes no dedicados enteramente al turismo. A los camareros no les importa recomendar la competencia; los conductores de autobús señalan dónde descender; se cede el asiento y se observa el turno.
La capital eslovena disfruta de una curiosa calma. No hay aglomeraciones en la urbe, las excelentes autopistas son seguras, no hay atascos (excepto en un tramo al llegar al lago alpino de Bled). Incluso en plena temporada turística, la ausencia de multitudes llama la atención. El viajero pasea por los lugares céntricos (bajo la presencia del dragón mitológico, símbolo de la ciudad) y observa que casi todo lo que tiene valor arquitectónico se debe a la genialidad de Joze Plecnik (un puente de tres ramales es un lujo). Entran ganas de explorar el interior del país y su costa adriática, aventurarse en el resto de la antigua Yugoslavia.
Ese deseo, sin embargo, se topa con una señal de alarma. Eslovenia parece vivir en un sopor engañoso, mientras el resto de la región atisba el regreso al pasado. La prensa y las televisoras estallaron con la noticia del arresto de Radovan Karadzic, el carnicero serbiobosnio causante de la casi destrucción de Sarajevo y la matanza de Srebrenica. Unos miles del nostálgicos en Belgrado protestan por el inminente proceso del más trágicamente famoso criminal que solamente por generosidad se puede llamar «de guerra». En rigor se trata de un genocida, patético imitador de Hitler. Por un demencial sentido de superioridad étnica, Karadzic fue simplemente agente de la endémica política de construcción de una «Serbia grande».
Mientras se pone en marcha la maquinaria judicial de La Haya, se reabren las heridas engañosamente mal cicatrizadas del invento de Tito, hecho pedazos tras el final de la Guerra Fría. El silencio de las calles de Ljubljana es la réplica del compromiso acordado para terminar las confrontaciones. Así fue posible la consolidación de Serbia y Croacia separadas, la precaria soberanía de Bosnia, el surgimiento de Montenegro y el mal menor de la independencia de Kosovo, mientras Albania apenas ha salido de los tétricos minibunkers.
La consigna era no repetir hasta el infinito la tragedia de la Primera Guerra Mundial, ilustrada en una magnífica exposición organizada en el Museo de Historia de la capital, situado en el idílico Parque Tívoli. No se sabe quiénes eran los «buenos» y los «malos». Todos, ancianos, niños, mujeres, soldados aterrados y enfermos, perdieron «la guerra para terminar todas las guerras». Hoy, las fosas de Bosnia siguen sin identificarse. La calma de Bled se cubre de borrasca.
De ahí que no haya desaparecido la nostalgia de ciertos sectores hacia la época de Tito, cuyos bustos se exponen, por objetividad histórica, en museos. Se echa de menos la seguridad de la época, cuando los universitarios tenían un empleo garantizado, mal pagado y obligatorio. El euro no era señalado como el causante de la carestía de la vida y el precio estratosférico de la vivienda.
A medida que pasan los meses, Eslovenia teme sentirse como Cenicienta a las doce de la noche, ya sin presidencia de la UE, sujeta a la problemática europea y a las incógnitas de la antigua Yugoslavia. En el fondo, quizá hubiera sido mejor, dicen algunos, que Karadzic hubiera seguido indetectable. Afortunadamente, la mayoría de los ciudadanos es optimista y apunta hacia delante, como parece haberlo hecho el gobierno serbio pensando en la UE. Suerte: Europa no está completa sin resolver la «cuestión yugoslava».
Catedrático «Jean Monnet» y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
(COPYRIGFHT IPS)
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