Breves internacionales

«El enema es casi el símbolo de nuestra región», afirma Alexander Kharchenko, director del balneario de la ciudad de Zheleznovodsk, al sur de Rusia. Y lo menos que se le puede hacer a un símbolo es un monumento. Dicho y hecho: una escultura de 400 kilos de bronce sostenido por tres angelotes, que se convierte por derecho propio en la primera estatua el enema del mundo. «No hay ni kitsch ni obscenidad. Se trata de una obra de arte», declaró el orgulloso director durante la inauguración del monumento. Sin embargo, muchos disienten con el señor Kharchenko.

Las montañas del Cáucaso acogen docenas de balnearios y spas en los que el agua mineral se utiliza para tratar enfermedades digestivas mediante la nunca bien ponderada lavativa.

 

Un grupo de estudiantes de periodismo daneses han sido expulsados de la popular red social Facebook después de que se comieran un gato y publicaran 30 fotos en las que aparecían cocinando y merendándose al animal. Con su acción los estudiantes pretendían llamar la atención sobre la cría de cerdos para la alimentación humana, una iniciativa que no ha hecho demasiada gracia a los activistas por los derechos de los animales en el país nórdico.

Según el colectivo comefelinos, el gato murió por los disparos de un granjero que intentaba reducir el número de estos animales en su terreno. Una vez muerto «humanamente» fue cocinado por un chef profesional, siempre según los estudiantes, que se sintieron «decepcionados» cuando su perfil desapareció repentinamente de Facebook.

 

Todo el mundo sabe que la muerte, además de ser el fin de todo, es en esta vida un gran negocio que acarrea consigo una complicada burocracia. Al dolor se suman preocupaciones mucho más terrenales, como elegir un féretro elegante que represente lo que el muerto era en vida, las coronas de delicadas flores, si será un entierro o una cremación, el tamaño de la esquela del periódico… Además del peinado, el maquillaje y la ropa que llevará el fallecido, y los tentempiés y refrigerios que se ofrecerán durante el soporífero velatorio. Es decir, se trata ante todo de desembolsar de un solo golpe no menos de unos 2.200 euros en Europa, que es el precio medio de un sepelio. Y eso sí duele. Es por eso que el difunto que previamente no ha organizado su funeral, o que no ha contratado un seguro, no le hace un grato favor a los que le sobreviven.

Sin embargo, el trance más desagradable es el pago del ataúd: un objeto caro, no baja de unos 600 euros, e inútil a los ojos de los vivos.

 

Es aquí donde el diseñador británico William Warren interviene. Su creación consiste en hacer del ataúd un objeto que tenga utilidad también en este mundo. De modo que si lo compramos con tiempo, los 530 euros que cuesta los amortiguamos sin duda. De allí surge la idea de «Estanterías para toda la vida»: una bonita biblioteca cuyas partes desmontadas y vueltas a juntar en otro orden conforman un estupendo ataúd para cuando nos llegue la hora. Qué mejor que hacer el largo viaje dentro de un mueble que hemos querido y mimado en vida, además de ahorrarle el gasto y el mal trago a nuestra afligida familia. Hay que decir que Warren no ha sido el único en tener esta idea. Aún más excéntricos, aunque no por eso dejan de ser útiles, son los ataúdes de ShopAfrica. Eso sí, salen más caros, alrededor de unos 750 euros, pero con la ventaja de ser más personalizados. Uno puede escoger entre diferentes modelos, desde el que tiene forma de zapato, hasta el que tiene forma de ratón de ordenador, para los neonatos de menor tamaño.

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