El "plan Barbarossa" y el fracaso de la Blitzkrieg

Los jefes militares prusianos manifestaron ya mucho antes, cuando nadie hablaba todavía de Hitler, su odio contra la revolución rusa. Pero en 1933, con la ascensión de Hitler al poder, «la conquista del nuevo espacio vital en el este y su sometimiento a Alemania» se convirtió en política estatal y dirección principal de la expansión germana en aras del trigo de Ucrania y del petróleo del Cáucaso. Hitler y sus generales consideraban que luego de «las más gloriosas victorias» de las armas alemanas, al someter a Francia en 1940, que la campaña contra Rusia, a quien consideraban un «coloso con pies de barro», militarmente débil, económicamente deshecho y políticamente flojo, sería realmente una guerra relámpago.

Cuando se produjo la invasión de la URSS, el 21 de junio de 1941, Hitler dio la orden de liquidar al enemigo en cuatro a seis semanas de grandes combates y en nueve a diecisiete semanas, antes de la iniciación del invierno, debería ser vencido totalmente el Ejército Rojo. «Los vencedores» repartieron la piel del oso antes de haberlo cazado, Ucrania Bielorrusia, los Estados Bálticos y el petróleo de Bacú, serían sometidos a la administración alemana.

«Barbarossa» se rompió los dientes en los accesos a Moscú

Los planes de Hitler y sus generales sufrieron graves reveses en la batalla de Stalingrado, donde sucumbió todo un cuerpo del ejército nazi bajo el mando del Mariscal von Paulus y en los accesos de Moscú, donde en el camino del aeropuerto a la capital se puede apreciar una defensa antitanque, que señala el lugar hasta donde llegaron los invasores nazis. Contra el invasor se levantó el pueblo en legendaria guerra patria, que recuerda la derrota que sufrieran las tropas de Napoleón en 1812, que fue magistralmente registrada por León Tolstoi en su crónica «Guerra y Paz».

La soberbia de la casta militar alemana tuvo que morder el polvo de la derrota. La conquista del este finalizó en el suburbio de Berlín, Karlshorst, con la firma de la rendición incondicional de las armas alemanas, por el mariscal de Campo Wilhelm Keitel, condenado más tarde a muerte por el Tribunal de Nuremberg por los crímenes cometidos por la Wehrmacht durante la ocupación de territorios temporalmente ocupados por los alemanes.

Las masivas violaciones de los derechos humanos, por el ejército de Hitler, que, como fue demostrado fehacientemente, consideraba a los adversarios como pueblos de segunda o tercera categoría, ya con anterioridad a las acciones militares. De ahí, los crímenes brutales cometidos contra la población, contra los prisioneros de guerra, contra hombres, mujeres y jóvenes de la población civil. Hay todavía hoy no pocos intentos de echar las responsabilidades de tanto horror y tanta muerte al psicópata Hitler, cuando en realidad el programa de Hitler se había convertido muchos años antes ya en un factor de política y conducción de guerra prácticas, porque contemplaba la expansión del dominio y la conquista del este. El derecho del más fuerte, la imagen del enemigo bolchevique o judío formaba parte de la ideología de las capas dominantes, tanto militares como civiles. Hubo órdenes e instrucciones del comando superior de la Wehrmacht para la lucha contra el Estado bolchevique-judío, acompañados de la anulación de la jurisdicción militar en casos de que oficiales o soldados hubieran actuado contra civiles, leáse ejecuciones, ahorcamientos, o hubieran arrasado pueblos, prendiendo fuego a casas e instalaciones.

Los generales de Hitler divulgaron apenas finalizada la guerra, la leyenda de la Wehrmacht «limpia», que se vio obligada a actuar ante la aplanadora bolchevique, que «determinó la necesidad de esta guerra», al decir del general Alfredo Jodl. Una variante distinta de la del «coloso con pies de barro» para tratar de justificar lo injustificable.

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