VICEPRESIDENCIAS CONFLICTIVAS
«No se me cruza renunciar. Sería traicionar la voluntad popular» Así, en forma categórica, se expresó Julio Cobos. «No se le puede pedir a alguien elegido con la misma cantidad de votos que la Presidenta», completó. «Espero que me entienda», dijo en alusión a la Presidenta y descartó una eventual postulación presidencial en 2011. Admitió, además, que «sería un anhelo» volver a la Unión Cívica Radical.
Aunque no hay antecedentes, al menos en la historia reciente de América Latina, de una decisión como la de Julio Cobos, sí pueden mencionarse varios casos de vices que asumieron el poder luego de la caída de jefes de Estado, en algunas ocasiones tras enfrentarse a ellos: Carlos Mesa, por ejemplo, reemplazó a Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia luego de que éste tuviera que renunciar forzado por una movilización social que repudiaba la feroz represión de los días previos. Mesa ya había tomado distancia de la violencia desatada por Goñi y aceptó el traspaso de mando con alegría, aunque también él se vio obligado a dejar el cargo tiempo después. En Ecuador, tras la rebelión de la clase media quiteña de abril de 2005, el Congreso decidió desplazar al presidente, Lucio Gutiérrez, con un argumento institucional débil y ante su abierto rechazo. Pese a ellos, Alfredo Palacio aceptó reemplazarlo.
Los cortocircuitos entre el jefe de Estado y su vice han sido la norma más que la excepción en los últimos años de democracia argentina. Esta tendencia tiene una explicación profunda. La figura del vice no figuraba ni en el proyecto constitucional de 1826 ni en los planes de Juan Bautista Alberdi.
De hecho, es una copia casi textual de la Constitución norteamericana. En aquel momento, el eje de la discusión política tanto en Estados Unidos como después, cuando se sancionó la Constitución de 1853, en la Argentina era el equilibrio entre los estados o provincias. Por eso, además de la función natural de reemplazar al presidente, al vice se le asignó un segundo rol: presidir el Senado, de modo que ninguna provincia tuviera preponderancia sobre las demás en el ejercicio de la titularidad de la Cámara alta. El voto en caso de empate fue un corolario natural de este dispositivo.
Lo que ni los padres fundadores norteamericanos ni la copia en carbónico argentina previeron fue que la figura del vice iría cobrando más importancia. Pero el peso de los partidos ha ido disminuyendo en simultáneo con el auge de la imagen, el creciente peso de los liderazgos de popularidad y el poder omnímodo de los medios. En este contexto, hoy las fórmulas se definen, cada vez más, con el objetivo de potenciar o complementar la imagen del presidente.
El problema es el desfasaje entre popularidad y funciones. Mi tesis, completando el análisis de Serrafero, es que la videopolítica agudiza esta distancia. Si se piensa bien, la campaña electoral marca su momento de mayor protagonismo y la elección, su instante de gloria. Luego su estrella se nubla. Si el presidente se encuentra en el poder, su única función institucional decisiva, su única en definitiva arma política, es la que utilizó Cobos ayer. Pero es un arma disminuida, al menos en circunstancias normales: puede desenfundarse sólo en caso de empate y su blanco está cantado a favor del oficialismo. Lo que nadie previó, cuando se redactaron las constituciones, era que mucho tiempo después aparecería un mendocino dispuesto a utilizarla, pero en el sentido contrario.
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