BUSH, CANDIDATO IMBATIBLE
Pero si juzgamos la Presidencia Bush objetivamente, es decir, por los resultados, creo que ha llegado el momento de que los amantes de la paz y la cooperación internacional nos unamos para otorgarle el merecido reconocimento formal como el mandatario estadounidense que más ha hecho para crear un mundo más democrático, más justo, y en el cual las viejas teorías sobre la fuerza militar y el destino manifiesto de la superpotencia están profundamente en crisis.
La primera contribución fundamental de Bush es la de demostrar que el unilateralismo ya no puede funcionar en un mundo cada vez más multipolar. Las previsiones sobre la decadencia norteamericana pueden ser discutibles, pero es indiscutible el peso creciente de países como China, India y Brasil. La política de Bush ha conducido a Washington a un mayor aislamiento, no a un mayor liderazgo. Es simbólico que al comienzo de su primer mandato las Naciones Unidas estuvieran en crisis y el sistema de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) en posición dominante, mientras al fin de su segundo mandato el cuadro aparece invertido. Otra gran contribución de Bush ha consistido en desmentir la teoría de que la guerra soluciona los conflictos. Que esta potencia que gasta en armamentos tanto como los 14 países que le siguen, se encuentre empantanada, junto con sus aliados, en las dos guerras que ha emprendido, pese a que el vicepresidente Cheney amenazaba con atacar a todos los «estados canallas», entre los cuales Irán y Corea del Norte, demuestra que es fácil destruir, mientras es difícil ganar una guerra. Iraq durará más tiempo en la memoria norteamericana que Vietnam.
El tercer aporte es el de probar que sin respeto del derecho internacional no hay consenso para la gobernabilidad. No haber ratificado ningún tratado internacional (comenzando por Kyoto), ha provocado una irritación creciente, y en consecuencia el tratado contra las bombas a racimo ha sido ratificado por casi todos los países del mundo. Y las prácticas en Guantánamo y Abu Ghraib, el traslado de prisioneros a países torturadores, declarar superada la Convención de Ginebra y legitimada la tortura en caso de guerra, y otras iniciativas semejantes, han aislado a Estados Unidos y lo han destronado como campeón de la democracia y los derechos humanos.
La cuarta contribución puede parecer menos importante, ya que es sólo interna.
La presidencia norteamericana, que se había arrogado facultades extraordinarias sobre los poderes legislativo y judicial, se enfrenta ahora a un clamor general para que se restablezca el equilibrio de los poderes constitucionales, base primaria de la democracia.
La quinta contribución, al contrario, tiene un valor universal. Bush ha probado que no se puede mentir y sostener la impunidad del poder, cuando hoy la ciudadanía quiere, con más convicción que nunca, que los gobiernos sean responsables y rindan cuentas a sus electores. El tramo final del gobierno Bush muestra a numerosos ex funcionarios de la Casa Blanca que a través de libros, artículos y entrevistas, informan que la administración mintió a la opinión pública repetidas veces -no sólo sobre Iraq- y la manipuló deliberadamente. Tras el retiro del poder, la rendición de cuentas de Bush y Cheney va a ser todavía más explosiva.
La sexta contribución, seguramente la más importante, es que gracias a Bush, Estados Unidos ha perdido de manera sustancial su derecho a considerarse un país con un «destino manifiesto». Una encuesta del Boston Globe nos dice que los ciudadanos que creían en el «sueño americano», o sea que la suportencia puede asegurar a sus ciudadanos un futuro excepcional, son ahora sólo el 32%, de casi 60% antes de la llegada de Bush. La caída del dólar simboliza la profunda declinación de Estados Unidos como nación imperial y guía del mundo. Nunca, según las encuestas, Estados Unidos ha perdido tanto prestigio. Después del 11 de setiembre, todo el mundo se alineó detrás del Comandante en Jefe de una nación agredida. Hoy las mismas encuestas dicen que una parte importante de la población mundial considera a Estados Unidos como el peligro más serio para la paz internacional.
Por todo esto, sostengo que Bush es un político excepcional, que en apenas ocho años ha logrado cambiar profundamente a su país y al mundo. Dudo que con un presidente como Obama hubiera podido formarse una oposición tan multitudinaria como la del Foro Social Mundial de Porto Alegre. La reacción de centenares de miles de personas que claman contra el imperialismo y por un mundo diferente es el resultado de la radicalización producida en este período. Sin ella, la formación de una sociedad civil global hubiera sido ciertamente más lenta. Por todo esto propongo -y solicito el sostén universal- que el próximo Premio Nobel de la Paz se le otorgue a George W. Bush.
(*) Fundador y presidente emérito de IPS. (COPYRIGHT IPS)
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