OPINION INTERNACIONAL

UNA CONFRONTACION SUICIDA

La última víctima de esta tiranía fue el gobierno desarrollista de Perón, que pese a contar con poderosas organizaciones de masas (CGT, PJ) y sectores de las Fuerzas Armadas, fue destruido en 1955. Con la dictadura militar genocida de 1976-1983, apoyada por la Iglesia católica, las clases medias, Washington y los medios, la oligarquía consumó el aniquilamiento físico de toda una generación transformadora, iniciado en 1955. Logró su objetivo: una moratoria de treinta años en la lucha de clases y por la liberación nacional. Hoy día, este ciclo llega a su fin y el país vuelve a la secular batalla por el destino de la nación.

En este cruce entre dos ciclos políticos se sitúa el conflicto entre el gobierno Kirchner y la oligarquía agraria; conflicto que tiene sorprendidas a las clases políticas y preocupados a los gobiernos del Cono Sur, e incluso al Vaticano en Roma. Parece un enigma, porque no se entiende por qué el pragmático gobierno de Néstor y Cristina Kirchner ­que no es más que una sombra del poder del Justicialismo histórico­ haya decidido desafiar a la oligarquía genocida en este momento. Otro enigma, no menor, es la tozudez y torpeza con que el gobierno ha manejado el enfrentamiento. Considerando que el núcleo de decisión del gobierno lo forman, en orden descendente, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y Alberto Fernández, todo indica que Néstor Kirchner ha sido el timonel gubernamental de esta batalla. La autosuficiencia proverbial de Kirchner representa, sin lugar a dudas, un factor de explicación importante de la crisis.

La razón de fondo, sin embargo, es otra: el gobierno Kirchner se encuentra entre la espada de la oligarquía agraria y la pared de la crisis económica. Ante esta disyuntiva resolvió enfrentar a la oligarquía, engañándose sobre la aparente tranquilidad del escenario nacional y la subestimación del poder latente, pero fácilmente activable, del Leviathan oligárquico. Esta decisión de Néstor Kirchner puede convertirse en el mayor error estratégico de su carrera pública.

Según las últimas encuestas de opinión, todavía no publicadas, la popularidad de Cristina Kirchner ha caído en los últimos tres meses, del 55-60% a alrededor del 30%.

Sin embargo, la debilidad más preocupante del gobierno se encuentra en los frentes económicos, de masas y de los medios. La deuda externa ya supera la deuda externa al final del gobierno de De la Rua (2001), llegando a los 144,7 mil millones de dólares.

La inflación es otra debilidad estructural. El gobierno ha congelado prácticamente la información sobre la inflación, porque muchos gastos públicos están indexados a la tasa de inflación. Ante esta situación, el criterio compartido de muchos economistas es que la inflación oscila sobre el 22%, una dimensión que ninguna economía resiste. El otro flanco de debilidad de Kirchner es la ausencia de un movimiento de masas coherente y organizado que lo apoye. Kirchner no llegó con el poder del voto popular a la presidencia, sino por default del sistema (Menem) y con apenas el 22% de votos.

La falta de los gobiernos Kirchner de construir un movimiento de masas tiene una razón básica: el proyecto de Néstor Kirchner fue la restauración del sistema burgués, no un proyecto nacional de transformación. Al ser exitoso en lo primero ganó el apoyo mayoritario de la población y de sectores de la elite. Sobre esta plataforma llevó a su esposa a la presidencia. Pero, la fase de restauración ha terminado y el sistema está regresando a su normalidad. El crédito de los Kirchner se agota y la desesperada ofensiva contra la oligarquía acelera su declive.

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