El FSP en un cambio de época en América Latina
En primer lugar, porque reflejó los profundos cambios que tienen lugar actualmente en el panorama político de América Latina, en vívido contraste con el que prevalecía en julio 1990, fecha de fundación del Foro.
En los debates plenarios y en los talleres se evocó la rica y polifacética historia del FSP a lo largo de estos 18 años y se caracterizó la situación actual con palabras del presidente ecuatoriano Rafael Correa que recoge la Declaración final: «No vivimos una época de cambios sino un cambio de época». (De paso sea dicho, el ministro Ricardo Patiño, representante de Correa en el Encuentro, formuló denuncias impactantes sobre la agresión militar colombiana a «ese pequeño territorio de la mitad del mundo», señalando que los sobrevivientes del 1º de marzo fueron rematados, que el avión que bombardeó era norteamericano, y reiterando que en 2009 EE.UU. deberá mandarse mudar de la base de Manta). La Declaración específica que el continuo avance de las fuerzas políticas de izquierda y de las fuerzas sociales se refleja en la conquista del gobierno en 13 países de América Latina y el Caribe. La nómina se completó en el último período con el triunfo de la candidatura presidencial de Fernando Lugo sostenido por una amplia coalición de partidos y de movimientos sociales y con el cual el Encuentro comprometió una activa solidaridad en el difícil período de transición, y con la reelección de Leonel Fernández, del Partido de la Liberación Dominicana, quien desempeñó un papel destacado en la reunión del Grupo de río en Santo domingo que por unanimidad respaldó a Ecuador frente a la invasión colombiana.
En segundo término, el Encuentro destacó los logros de los gobiernos de izquierda en materia de políticas sociales –cada uno con modalidades propias– en el camino de revertir los elevados índices de pobreza y marginalidad, de analfabetismo, de falta de atención a la salud, de violencia estructural, de endeudamiento interno y externo, de privatización de importantes recursos, todos ellos legados como herencia nefasta por los gobiernos anteriores. Dos aspectos consustanciales a esta gran obra son la defensa simultánea de la soberanía nacional y el rechazo a los dictados de los organismos internacionales de crédito como el FMI y el Banco Mundial, que otrora dictaban la política económica y han sido sacados de la troya por decisión soberana de los gobiernos progresistas.
Al mismo tiempo, y como contracara de estos avances en sentido progresista, se advirtió que nos encontramos ante un intento del bloque conservador de oponerse a estos cambios y revertir la situación, esfuerzos intensificados en el período reciente. Este bloque está constituido por el imperialismo de los EE.UU., las derechas nacionales, las empresas transnacionales y –con un subrayado particular– por las grandes cadenas mediáticas que sistemáticamente cumplen una labor de desinformación e incluso de provocación.
La Declaración final expresa al respecto que las fuerzas de la derecha «han introducido en América Latina el concepto de guerra preventiva y han aumentado la militarización. Es una situación totalmente inédita comandada por EE.UU. y que utiliza al gobierno de Colombia como cabecera de puente. El ejemplo más flagrante es el ataque militar llevado adelante en territorio del hermano pueblo de Ecuador. El reciente despliegue de la IV Flota marca claramente el intento de EE.UU. de amedrentar a nuestros pueblos y gobiernos». Este tema candente insumió gran parte de las deliberaciones. A él se refirió específicamente el presidente nicaragüense Daniel Ortega en la sesión de clausura, luego de condecorar a militantes destacados (o a sus representantes) de Uruguay, Argentina y Cuba. Ortega recordó al fallecido líder de las FARC Manuel Marulanda, sus entrevistas con él en San Vicente del Caguán, donde posteriormente el jefe guerrillero se reuniera con el presidente Andrés Pastrana (imagen que estos días circuló en profusión) para concertar una paz que nunca llegó. La más importante conclusión que extrajo Ortega de estos hechos es que hoy más que nunca debe insistirse por todas las vías por la paz en Colombia, rodear esta consigna de la más plena solidaridad latinoamericana hasta hacerla triunfar, lo cual incluye en primerísimo plano el intercambio humanitario. Este fue uno de los signos distintivos del Encuentro, destinado a perdurar. Máxime cuando ahora el gobierno de Uribe y Juan Manuel Santos busca criminalizar (con el objetivo de borrar las huellas de la narcoparapolítica que infecta a gran parte de su gobierno, incluidos los integrantes más cercanos al presidente) precisamente a los luchadores sin descanso por la paz en Colombia, y ante todo a la emblemática senadora Piedad Córdoba.
Otro aspecto de extrema gravedad de la contraofensiva de la derecha son los intentos separatistas, que han arraigado principalmente en Bolivia y que amenazan extenderse a Venezuela (región petrolera de Zulia) y a Ecuador (en torno a Guayaquil). El centro del proceso secesionista está en el departamento de Santa Cruz, cuya oligarquía (con el prefecto Rubén Costas a la cabeza) pretende desligarse completamente del gobierno central que la ciudadanía confirió a Evo Morales, para usufructuar las riquezas y las tierras del departamento. Este movimiento, a la vez de corte xenófobo, procura extenderse a toros departamentos (Beni, Pando y Tarija). Y ayer mismo veíamos como en Sucre (capital del departamento de Chuquisaca, y que aspira a ser designada capital del país en detrimento de La Paz) se movilizaban agresivamente grupos opositores, que atacaron a efectivos de la policía e impidieron al presidente proceder a la entrega de vivienda a la población. El peligro es enorme, y requiere –al igual que en el caso de Paraguay– la máxima solidaridad con el gobierno legítimo de Evo Morales, en defensa de la unidad territorial de Bolivia.
En cuarto término el Encuentro valoró el proceso de integración en curso, como alternativa a la globalización neoliberal. Se destacó que la creación de UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas), precisamente el día de inicio de la reunión, introduce un cambio cualitativo. De ello informó ampliamente Marco Aurelio García, dirigente del PT y activo militante del Foro desde su inicio, que llegaba en línea recta de la conferencia de los 12 presidentes sudamericanos en Brasilia. Aunque solamente se produjo el acto fundacional, no quedó ninguna duda de que se trata de un gran paso en la buena dirección. En esa exposición medular se confirmaron algunas conclusiones del debate plenario sobre los procesos de integración y su necesaria confluencia para lograr la integración continental, informado por el diputado Roberto Conde. Entre ellos, los siguientes: sin integración no hay desarrollo; juntos seremos más soberanos; las enormes potencialidades de América Latina, en particular en materia energética y de recursos acuíferos. Dichos aspectos fueron reafirmados por el presidente Lula en su alocución semanal de ayer, dedicada a la reunión de Brasilia.
Múltiples otros temas fueron objeto de análisis en el curso del Encuentro, tales como la eliminación definitiva del colonialismo, las migraciones, la defensa de los recursos naturales (petróleo mexicano), el narcotráfico en una mirada integral. También se trataron aspectos internos del propio foro, la vocación de unidad en la diversidad que era uno de los lemas del Encuentro. Esto merecería quizá una consideración especial.
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