En Pearl Harbor, cuando Japón atacó la flota estadounidense

Los EEUU han sido heridos en su amor propio más que en su infraestructura militar náutica, y ello significará lisa y llanamente la entrada en guerra de esta gran nación del lado de los aliados contra las potencias del Eje.

En las primeras horas de la mañana de hoy, aproximadamente 350 aviones de la Fuerza Aérea Imperial nipona atacaron por sorpresa –sin que hubiera mediado declaración de guerra alguna– las naves de la flota del Pacífico fondeadas en el archipiélago de Hawaii. Asimismo, fueron bombardeados desde el aire los aeródromos militares, lo que causó la destrucción total de 200 aparatos, además de cuantiosos daños a muchas otras naves y a las instalaciones.

Con vuelos rasantes y en picada, bombarderos y cazabombarderos de la escuadra imperial descargaron su mortífera carga de explosivos y metralla sobre los apostaderos navales, sin dar tiempo a respuesta.

El total de navíos estadounidenses hundidos llega a cerca de quince, entre los que se destacan ocho acorazados y varios destructores y buques auxiliares. La providencia quiso que los portaaviones se hallaran lejos del punto de ataque –fondeados en otro puerto militar del archipiélago– con lo cual estas enormes naves se salvaron de la destrucción. Asimismo cabe consignar que el balance de la acción arrojó un saldo nada despreciable de cuatro mil infantes de marina muertos.

Rumores que circulan en Honolulu indican que el presidente Roosevelt había sido informado de las intenciones japonesas por los servicios de inteligencia militar, a pesar de lo cual no tomó precaución alguna. Otros opinan que Roosevelt deseaba el ataque nipón pues esperaba tener un buen motivo para romper su neutralidad y embarcar a su país en la guerra. Ahora la ciudadanía estadounidense está preparada psicológicamente para aceptar su participación en el conflicto.

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