Taiwán quiere más relaciones con Pekín
Los dos candidatos a la presidencia de Taiwán afirmaron ayer viernes su voluntad de mejorar las relaciones con Pekín, en la víspera de una elección cuya campaña giró en torno al acercamiento con el vecino comunista, criticado por su gestión de la crisis en Tíbet.
El candidato del Partido Democrático Progresista (DPP, en el poder) Frank Hsieh, que se presenta como defensor de la soberanía nacional ante el irredentismo chino, parece haber matizado su discurso.
Hsieh, que el jueves vituperaba todavía contra la represión china en Tíbet afirmando ver el preludio de una próxima invasión de Taiwán, prometió el viernes reanudar el diálogo a alto nivel en caso de victoria.
«Reanudaré el diálogo, especialmente con China», afirmó en rueda de prensa en Taipei. «En el pasado, el DPP fue criticado por su falta de apertura, pero yo privilegiaré la negociación», aseguró.
CANTICOS EN EL MONASTERIO
En la región natal del Dalai Lama, el monasterio de Kumbum parece un oasis armonioso, con sus salmodias, peregrinos y bastoncillos de incienso, pero sus monjes se sienten «vigilados» y «oprimidos» por China.
El templo da a primera vista una imagen de armonía que encierra tras de sí otra realidad menos idílica. Es la imagen que la china atea comunista quiere promover como prueba de la libertad religiosa que dice conceder a las minorías.
El caso es que entre sus paredes crece un resentimiento contra el control de las autoridades chinas sobre estas tierras, otrora tibetanas.
«Aquí estamos constantemente vigilados», explicó el viernes a la AFP un monje joven de mirada tristona, mientras mostraba una de las seis cámaras de vigilancia de este monasterio, situado en una ladera, a una veintena de kilómetros al suroeste de la localidad de Xining, en el Qinghai (suroeste).
«Ellos (las autoridades chinas) nos oprimen», murmura el monje, que lleva diez años como estudiante en Kumbum, una de las seis principales lamaserías de la orden Gelupka, la principal escuela lamaísta del Tíbet, la del Dalai Lama, nacido cerca de allí en 1935.
Desde los disturbios de la semana pasada en Lhasa, la policía ha reforzado la vigilancia para evitar que la revuelta se propague a esta zona, como ha ocurrido en otras regiones tibetanas occidentales chinas.
«Hace unos días, la policía llegó a las colinas de arriba para vigilarnos», asegura el monje, que se queja de no tener noticias de sus padres, residentes en Lhasa. «No podemos utilizar los teléfonos, están controlados por ellos», dijo.
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