ANALISIS INTERNACIONAL

UNA CRISIS CERRADA EN FALSO

Por todos es sabido que Colombia está en guerra civil desde que Jorge Eliécer Gaitán, candidato a la presidencia de la República por el Partido Liberal, cayó asesinado el 9 de abril de 1948. Se jodió este país. Acaban de matar a Gaitán, le dijo a García Márquez un compañero de la pensión en la que vivían. En sus memorias, tituladas Vivir para contarla, el escritor colombiano revela la anotación que el político liberal había hecho en su agenda: Fidel Castro, 2 pm. Y es que a esa hora tenía una entrevista con un joven cubano de veinte años, delegado de la Universidad de La Habana en un congreso estudiantil. Fidel se enteró del crimen cuando paseaba cerca del lugar en el que se celebraría la entrevista, para estar a tiempo en la cita de las dos. Aquella entrevista nunca se celebró, y aquel 9 de abril Colombia cayó en el abismo en el que vive desde entonces.

Pronto se cumplirán 60 años de aquel episodio. Y últimamente han irrumpido otros actores en el conflicto, que acaso mueven los hilos para que todos se precipiten juntos al fondo de ese abismo: Uribe, los actuales dirigentes de las FARC, el presidente Chávez, Ecuador, Irán e Israel. Y, a la distancia, la sombra inevitable y ubicua de Estados Unidos. En un curso sobre América Latina que celebramos a principios de los noventa en San Lorenzo de El Escorial, el ex presidente de Colombia Belisario Betancourt nos decía que en Colombia hay dos países: el oficial, el de la República, y, por debajo, otro, que tiene sus propias reglas: es el de la guerrilla y el del narcotráfico, que mantiene pasarelas con la Colombia oficial. Lo anterior es tanto como decir que Colombia vive todavía en su siglo fundacional, un interminable siglo XIX, en el que la tarea de construir la República sigue siendo una asignatura pendiente, pues el Gobierno no tiene soberanía sobre todo el territorio, que está en manos de la guerrilla. Debo al periodista del diario Clarín, profesor de la Universidad de Buenos Aires y columnista de Safe Democracy, Fabián Bosoer, la noticia de un libro reciente que es de obligada lectura: La Formación del Imperio Americano, de Luiz Alberto Moniz Bandeira. Moniz Bandeira cuenta que, desde los años noventa, Estados Unidos está preparando esa guerra. Al parecer, quedaría a cargo de una fuerza interamericana, preparada por las Special Forces, y estaba prevista para el año 2000. El combate contra el narcoterrorismo era un pretexto. Todo formaba parte de un plan con dos escenarios: Irak y Colombia. El 31 de agosto de 2000, en Cartagena de Indias, se anunció el Plan Colombia, con una inversión de 7.500 millones de dólares en cinco años. Los preparativos se han ido privatizando, y en 2002 los militares norteamericanos construyeron pistas de aterrizaje en ciudades próximas a Brasil, en Paraguay y en Bolivia, instalaron radares y bases aéreas en nueve localidades de Perú, y cerca de 6.300 militares norteamericanos pasaron por la región de la Amazonia entre 2001 y 2002. El plan es amplio. En Bolivia, en el año 2002, actuaron cerca de 5.000 efectivos, y en la embajada de Estados Unidos en La Paz hay 900 funcionarios.

La tesis es que el complejo militar-industrial ­esa expresión es del presidente Eisenhower (1890-1969)­, necesita una guerra, y, además, en la región está el petróleo ­que es bendición y maldición a la vez­ y está Chávez. Todo es un laberinto muy complicado y difícil, de intereses encontrados, petrodólares, guerrilla, narcotráfico, nacionalismos pueriles y personajes poco preparados. Y tras las excusas de Uribe, Colombia sigue en guerra civil. Estados Unidos tiene su agenda, y su guión ­que ignoramos­, y Chávez dio 300 millones de dólares a la guerrilla. Algunos políticos necesitan crear al «enemigo exterior», esa figura que rinde inestimables servicios, porque proporciona una causa justa para conseguir el aplauso de los ciudadanos, y el final de las disidencias internas. Como escribe Vargas Llosa, Chávez necesita mantener entretenidas a las Fuerzas Armadas. Y añade algo preocupante: el efecto más pernicioso del incidente ecuatoriano-colombiano es que va a dar un nuevo impulso al armamentismo en América Latina, de manera que preciosos recursos de los países latinoamericanos se gasten comprando aviones, tanques, misiles, etcétera, que nos defiendan del «peligro exterior».

Y, para agravar la situación, ahí están, como siempre, al acecho, los fabricantes de armas, y los que las venden, ávidos de colocar productos bélicos sofisticados, ansiosos por cobrar suculentas comisiones por la operación. Colombia nos depara nuevos capítulos y desagradables sorpresas.

* Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Safe Democracy.

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