LOS 796 SUPERDELEGADOS
Entre los 4.048 participantes en la convención se encuentra un selecto grupo de 796 miembros del partido, mejor conocido como los superdelegados. Un 20% del total de los delegados de la convención. Es decir, un número suficiente para jugar un papel determinante, si es necesario definir quien será el elegido.
Se trata de un grupo integrado por 19 hombres y mujeres relevantes entre los demócratas, como los ex presidentes Jimmy Carter y Bill Clinton y el ex vicepresidente Al Gore, entre otros. También lo componen los 31 gobernadores, 48 senadores y 220 representantes. Más de 400 miembros del Comité Nacional del partido componen el aparato de esa fuerza política.
Los superdelegados fueron creados en 1982 como consecuencia de varias elecciones primarias consecutivas en las que los grupos más activos de la izquierda del Partido Demócrata se habían apoderado del proceso eligiendo a sus candidatos, que posteriormente fueron derrotados en las presidenciales. Los superdelegados le aseguran al aparato del partido que el candidato elegido está más en sintonía con la opinión del electorado estadounidense, lo que le permite a los demócratas presentar un presidenciable a la Casa Blanca con una posibilidad real.
Esta es la primera vez en ocho años que los demócratas tienen una posibilidad cierta, según las encuestas, de llegar a la Casa Blanca, pero están más divididos que nunca. Por eso, los superdelegados se han convertido en la clave, ante las reñidas primarias que enfrentan a Clinton y a Obama. Matemáticamente nadie podrá ganar sin su apoyo.
Aunque el conteo de los superdelegados favorece a Clinton 241 a 202, más de 350 permanecen aún indecisos. Incluso ninguno está comprometido y pueden cambiar su voto en cualquier momento. En 1980, el senador Edward Kennedy pensó que decenas de delegados iban a cambiar de opinión en Nueva York y le iban a dar la espalda al candidato Jimmy Carter. Pero falló. Carter lo duplicó en votos.
«Nos bombardean con correos electrónicos enviados por todo el mundo», dijo hace unos días en el New York Times Donna Brazile, dirigente del Partido Demócrata. La búsqueda de votos para la Convención Nacional es tan importante que el ex presidente Bill y su hija Chelsea están colgados al teléfono para convencer a los dirigentes del partido a votar por Hillary. En la campaña de Obama, la ofensiva de persuasión es coordinada por el ex jefe de la mayoría de Senado Tom Daschle y por el ex candidato presidencial John Kerry, que compitió en las elecciones de 2004. «Cómo hacer el amor a un superdelegado», resume irónicamente Marty Kaplan, profesor de comunicación en la Universidad de California del Sur, uno de los responsables de la campaña presidencial de Walter Mondale en 1984.
Los superdelegados sólo intervinieron en una ocasión, en 1984, para asegurar la nominación de Walter Mondale frente a Gary Hart. Entonces, Mondale sobrepasaba ampliamente a Hart en número de delegados elegidos, pero no llegaba a la cifra requerida para su designación como candidato. En el resto de los casos, su labor ha pasado inadvertida, ya que se han limitado a sumarse al candidato que había obtenido la victoria.
La primaria de Mississippi, que otorgó 33 delegados, distribuidos proporcionalmente según los votos de los precandidatos, tuvo lugar en medio de duras polémicas públicas.
Obama obtuvo hasta hoy 29 victorias, contra 15 de Clinton, que recuperó fuerzas tras su triple victoria electoral de la semana pasada.
La pugna interna se puede volver tan sucia, que políticos demócratas, como el ex candidato y actual gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, creen que uno de los dos Clinton u Obama debe renunciar pronto y no esperar a una polarizada convención con el voto de los superdelegados, para perfilar cuanto antes la campaña contra el republicano John McCain, que ya está en carrera hacia la Casa Blanca.
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