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LA TORTURA NO FUNCIONA

Escrito por: Robert Fisk |  The Independent

Domingo 09 de marzo de 2008 | 3:37
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“La tortura funciona”, alardeó un miembro de las fuerzas especiales estadounidenses, coronel obviamente, a un colega mío hace un par de años. Parece que la CIA y sus matones a sueldo en Afganistán e Irak todavía están convencidos de esto. No existe evidencia de que se haya dejado de entregar a prisioneros a quienes los golpean, los someten a ahogamientos simulados y les insertan tubos de metal, o que el caso de que un prisionero muera a consecuencia de la tortura haya terminado. ¿Por qué otra razón habría de admitir la CIA, en enero, que había destruido videos de prisioneros a los que casi habían ahogado con la técnica de waterboarding, antes de que éstas pudieran ser vistas por investigadores estadounidenses?

Con todo, hace unos días, me encontré un grabado medieval en que un prisionero está atado a una silla de madera, con una manguera de cuero metida hasta la garganta cuyo otro extremo salía de una primitiva máquina de bombeo, que es operada por un torturador de horrenda y escasa vestimenta.

Los ojos del prisionero están desorbitados por el terror mientras siente que se ahoga ante la vista de los inquisidores españoles que no muestran la más mínima compasión por él. ¿Quién dijo que el waterboarding es nuevo? Los estadounidenses sólo imitan a sus predecesores de la Inquisición. Encontré otra imagen medieval en un periódico canadiense que muestra a un prisionero bajo interrogatorio, en lo que sospecho era la Alemania medieval. Estaba amarrado de espaldas al borde externo de una rueda. Dos encapuchados le administraban el tormento.

Uno utiliza un fuelle para avivar el fuego que está bajo la rueda mientras el otro le da vueltas. La rueda gira de manera que los pies del prisionero pasan por entre las llamas regularmente.

El pobre hombre, desnudo salvo por una tela que cubre la parte inferior de su cuerpo, tiene los ojos transidos de dolor. Dos curas están junto a él, uno de ellos cubierto con la capucha de su hábito, en tanto que el otro utiliza una túnica sobre su suplicio y usa papel y pluma para escribir las palabras del prisionero.

Anthony Grafton, que trabaja en un libro sobre la magia durante el Renacimiento en Europa, dice que durante los siglos XVI y XVII se usaba sistemáticamente la tortura con todo sospechoso de brujería y que sus palabras eran anotadas por notarios calificados, el equivalente, supongo, de funcionarios y testigos de la CIA, que en esa época no se engañaban diciendo que no era tortura y hablaban abiertamente del “aliciente” que provenía de los muchachos encargados de darle vuelta a la rueda sobre el fuego.

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