"Los fusiladores estaban ahí"
En 1972 la Armada Argentina ordenó a sus oficiales formular declaraciones con información falsa con el fin de encubrir el fusilamiento de dieciséis presos políticos indefensos, y respaldar la versión oficial del «intento de fuga» en la base aeronaval Almirante Zar. El dato consta en la declaración ante la Justicia del cabo que abrió las puertas de los calabozos, Carlos Amadeo Marandino
El 16 de agosto de 1972, cuando los guerrilleros fugados del penal de Rawson fueron encerrados en calabozos de la base Zar, hacía seis días que Marandino había llegado. Tenía 22 años, era un cabo raso de Infantería pero cumplía funciones de marinería. Le tocó cubrir cuatro guardias, con compañeros distintos. La tercera fue el 21 de agosto. La última comenzó a la medianoche del 22. La formaban un oficial y cuatro o seis personas, dijo. Portaban pistolas 45, agregó. Otros dos oficiales quedaban detrás de un biombo, sentados, con dos ametralladoras. Un guardia se asomaba cada 15 o 20 minutos por las mirillas de los calabozos. «De vez en cuando venían señores oficiales de Infantería a dar recorridas», puntualizó.
Los presos no hablaban. Se comunicaban por señas o golpes en las paredes. Para ir al baño salían custodiados por dos personas. Lo mismo para comer. Al comienzo comían en grupos de dos o de tres.
¿Cuál fue el comportamiento de los detenidos durante sus guardias?
Ningún problema, nunca.
¿Gritaban, protestaban o hacían escándalo?
En ningún momento. Siempre había silencio.
«Era todo normal» hasta las 3.15 de la madrugada, cuando ingresaron «los señores oficiales». Eran cinco. «Caminaban bien, se expresaban bien, pero olían a alcohol», subrayó. Dos vestían pantalón blanco y chaqueta azul, que identifican a «los navales, de marinería o de aviación naval.» Los otros tres, incluido uno robusto, uniforme verde oliva, color de los infantes de Marina.
«Estos señores oficiales parecía que venían un poco tomados de copas (sic). Me ordenaron desarmarme. Pensé que me había mandado alguna macana, entregué mi arma como me lo ordenaron», contó. Un verde oliva le entregó las llaves de los calabozos y le ordenó abrirlos. «Abrí los calabozos y no mencioné nada. No los desperté», aclaró. «Una vez cumplida la orden, me ordenaron que me retirara. Dije ‘sí, señor’ o ‘comprendido, señor'», detalló.
Después escuchó que los detenidos cantaban el Himno Nacional. De inmediato «se escuchaba como que hablaban muy fuerte, muchos gritos», hasta que «alguien gritó ‘¡se quieren escapar!'». Después escuchó disparos de ametralladora, dos ráfagas, una pausa y disparos aislados de pistola 45. Cuando la balacera concluyó, el capitán Luis Emilio Sosa le ordenó «verificar el estado de los cuerpos». Pese a su «estado de shock», intentó acatar la orden. «Se sentía el olor a pólvora, había humo», detalló. «Los vi en el centro del pasillo. Se sentían muchos quejidos de dolor.» Los fusiladores estaban ahí. «En ningún momento se fueron», dijo.
«Hice dos o cuatro pasos y regresé. Temí por mi salud, por el shock de ver los cuerpos. Entregué mi armamento muy nervioso y confuso.» Luego «me llevaron a la enfermería y ahí me desperté en horas de la tarde. Me dieron un sedante para tranquilizarme. Era el más moderno de los militares», agregó.
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