Culpa periodística

El 3 de junio de 2006, los Miller renovaron sus votos en un club situado sobre una colina, en una costosa ceremonia pagada por donantes de todo el país. En lugar de irse de luna de miel, la pareja viajó a Washington DC, a invitación de la Asociación Nacional de Salud Mental, que quería darle a Miller un reconocimiento por hacer público su PTSD.

(…) Tres días después de su boda, seguí a la joven pareja cuando voló a la capital del país. Fácilmente atraído por la oferta de bebidas gratis para un héroe estadounidense, Miller se desveló hasta las tres de la mañana. Fumaba y maldecía mientras contaba sus experiencias de combate. Los políticos lo escucharon cortésmente y le agradecieron sus servicios. Un congresista mandó a un ayudante para decirle que estaba demasiado ocupado para reunirse con él. Ninguno prometió asumir su causa.

El estado de ánimo de Miller se tornó volátil. Un minuto estaba bien y al siguiente sumido en la ansiedad. Luego él desapareció.

Un día encontré a Miller en el cuarto trasero de la casa de su tío. Me dijo que había estado cerca de suicidarse la noche anterior. Pensó en desbarrancarse con su motocicleta en una de las carreteras de la montaña. Me mostró el periódico. Su divorcio era la nota principal. Me sentí conflictuado. No quería involucrarme. Deseaba desesperadamente cerrar el capítulo de Irak.

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