La guerra interior del soldado Miller
En acuerdo con la revista Proceso
Preocupado por la suerte de Miller en Irak, el Pentágono lo envió a casa. Pero la guerra trastornó su mente. Empezó entonces a vivir una historia tortuosa, en la que involucró al fotógrafo que lo hizo famoso. Este contó el episodio en un texto que pu-blicó Los Anteles Times, el pasado 11 de noviembre, del cual, Proceso reproduce fragmentos sustanciales.
El joven marine encendió un ci-garrillo y lo dejó colgar de sus labios. Un humo blanco envolvió su casco. Su cara estaba embadurnada con pintura de guerra. Go- teaba sangre de la oreja derecha y del puente de la nariz.
Miraba fijamente la salida del sol. Su expresión captó mi atención. Me decía que estaba aterrorizado, exhausto y simplemente contento de estar vivo. Reconocí esa mirada, porque yo me sentí igual. Levanté mi cámara y tomé algunas fotos.
Con el clic de un disparador, el sargento James Blake Miller, un muchacho campirano de Kentucky, se convirtió en el emblema de la guerra de Irak.
«Marine Marlboro»
Yo estaba incorporado a la Compañía Charly del primer batallón, 8avo regimiento de la Marina cuando, el 8 de noviembre de 2004 éste entró en Falluja, un enclave insurgente en el triángulo sunita de Irak. Nos topamos con fuego pesado casi inmediatamente. Toda la noche estuvimos clavados al suelo en un circuito de avenidas, donde una banqueta de seis pulgadas ofrecía la única protección.
Empezó a caer una lluvia fría. Maldije los haces de luz de los marines que recorrían lentamente el área apuntando hacia el suelo, haciéndonos sentir que pasaba una eternidad antes de que volviera la oscuridad.
Al amanecer, los disparos y las explosiones amainaron. Una carga de artillería de fósforo blanco explotó sobre nuestras cabezas, dispersando esquirlas ardientes. pasamos al lado de tres insurgentes tirados en la calle, dos de ellos muertos, su sangre mezclándose con la lluvia. El tercero, un adolescente árabe musculoso, trató de decir algunas palabras. Todo lo que pude pensar fue: «Hermano, tú ya estás muerto».
Al cruzar la calle, yo corrí detrás de un marine, mientras las balas rebotaban a nuestros pies. Llovían disparos y parecía increíble que no hubieran alcanzado a alguien.
Los marines abrieron a patadas la puerta de una casa y todos nos precipitamos dentro. Yo encendí mi teléfono satelital para transmitir fotos. Pero mientras estaba trabajando abajo, en la cocina, una intensa sacudida casi derrumbó la habitación. Dos ráfagas de artillería habían impactado contra una casa cercana.
Corrí al techo y vi ruinas humeantes tras un gran lote baldío. Al lado, un montón de ladrillos y hombres tirados, muertos o moribundos. Me senté en el suelo y concentré mis ideas. Miller se apoyó contra una pared y encendió su cigarrillo.
Pensé en no enviar la fotografía de Miller, suponiendo que mis editores preferirían imágenes de fieros combates. La foto de Miller fue la última de las 11 que envié ese día.
Durante el segundo día de la batalla llamé a mi esposa por teléfono satelital para decirle que estaba bien. Me dijo que mi fotografía había sido publicada en la primera plana de más de 150 pe-riódicos.
Poco después me llamaron mis editores y me pidieron encontrar al «marine Marlboro» para darle seguimiento a su historia.
Encontré a Miller cuatro días después, en un auditorio del centro cívico de la ciudad. La unidad de Miller estaba tomando un descanso, comiendo raciones milita- res. Recién rasurado y sin la pintura de guerra, Miller, de 20 años, se veía mucho más joven que el guerrero tensionado por la bata – lla que aparecía en la foto; suficientemente joven como para ser mi hijo. Se mostró cooperativo, pero también desconcertado por el impacto de la fotografía en nuestro país.
Una vez que nuestra historia lo identificó, la fascinación nacional creció todavía más. La gente envió paquetes de asistencia, asegurándose de que Miller tuviera qué fumar. El presidente Bush envió puros, dulces y recuerdos de la Casa Blanca.
Miller no tenía idea de lo que estaba pasando cuando corrió entre los escombros. Se dio cuenta, al ver al general. Los estadouniden- ses habían hecho «conexión» con su foto –le dijo un general– y nadie quería verlo herido o muerto. «Podemos enviarlo a casa mañana», agregó.
Miller vaciló y luego sacudió su cabeza. No quería abandonar a sus camaradas. Simplemente, no era debido a su lealtad. Miller fue re- compensado con el horror. El asalto sobre Falluja siguió adelante, dejando cerca de 100 estadounidenses muertos y 450 heridos. Los cuerpos de unos 1. 200 insurgentes cubrían las calles. Cuando los combates se prolongaron, la noticia salió de las primeras planas. Yo me sumé al éxodo de periodistas que regresaban a casa o se desplazaban en busca de la siguiente historia. Pasaría más de año y medio para que volviera a ver a Miller.
Sueños rotos
Ya en casa, intenté dejar Falluja atrás. Sin embargo, no pasaba un solo día sin que pensara en Miller y en Irak. La National Public Radio me entrevistó. Yo me convertí en finalista del Premio Pulitzer. Los bloguistas discutían sobre el significado de la foto. Solicitudes de nuevas impresiones continuaban llegando.
En enero de 2006, mientras estaba asignado a la frontera entre Estados Unidos y México, mi mujer me llamó. «Tu chico está en la TV. Tiene Desorden de Estrés Postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés)», dijo. «Lo echaron del cuerpo de marines».
Yo había hablado con Miller dos veces por teléfono, pero nuestras conversaciones habían sido cortas y superficiales. Sabía que el diagnóstico del PTSD era complejo. Así que marqué su número. Le ofrecí palabras sencillas: «La vida es dulce». «Sobrevivimos». «Todo lo demás es secundario».
Al acercarse el tercer aniversario de la invasión conducida por Estados Unidos, mis editores quisieron otra nota de seguimiento de la historia. Así que, en la primavera de 2006, manejé hasta Jonancy, Kentucky, la localidad donde vivía Miller, en el valle de los Apalaches (..)
Los muchachos trabajaban en las minas extrayendo negras vetas del carbón. Miller me dio una vuelta por los alrededores. En una mina abandonada, recogió un trozo de carbón. «Aquí es todo lo que hay», dijo. «Nada más. Era esto o los marines».
(Miller) regresó a Camp Lejeune, en Carolina del Norte. Su novia de secundaria Jessica Halbrooks, lo alcanzó ahí y se casaron en una ceremonia civil. Pero él empezó a tener pesadillas y alucinaciones. Se imaginaba figuras sombrías fuera de las ventanas. Los rostros de los muertos perseguían sus sueños. Una vez, mientras limpiaba un fusil, se desmayó. Recuperó la conciencia cuando Jessica gritó su nombre y se dio cuenta de que estaba apuntando el arma contra ella. Reportó los problemas a sus superiores, quienes prometieron conseguirle ayuda.
Después vino un único episodio violento, que puso fin a sus días como marine.
Ocurrió en el Golfo de México, en setiembre de 2005. Su unidad había sido enviada a Nueva Orleans, para apoyar las tareas de ayuda relacionadas con el huracán Katrina. Ahora una nueva tormenta gigante, el huracán Rita, se acercaba y, a los marines se les dio la orden de protegerse en alta mar. En los inte- riores claustrofóbicos de un barco de la Marina, alguien silbó. El sonido recordó a Miller una granada de propulsión. Atacó al marino que había silbado. Fue incapacitado médicamente debido a un «desorden de personalidad», el 20 de noviembre de 2005, un año después de que su imagen fue noticia en todo el mundo.
De regreso a casa en Kentucky, los Miller se instalaron en un departamento pobremente amueblado, situado en un segundo piso. Cuatro pequeñas ventanas proporcionaban poca luz. La TV siempre estaba puesta. Miller compró una motocicleta y hacía grandes paseos. El y Jessica bebían toda la noche y dormían todo el día. Empezó a recibir una cuota de incapacidad de alrededor de 2.500 d
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