EL DIALOGO FIDEL-LULA
Lo hago porque en mayo se realiza en Montevideo el XIV Encuentro del FSP, organizado por el Frente Amplio bajo este lema: «La izquierda de América Latina y el Caribe en el cambio de época. La riqueza de la diversidad. La experiencia de los partidos de izquierda latinoamericanos y caribeños en la construcción de la unidad, la lucha contra el hambre y la pobreza, la construcción de la democracia participativa, la inclusión social y la integración regional y continental de pueblos y gobiernos».
En la primera referencia el líder cubano pone en boca de Lula lo siguiente: «¿Te acuerdas, Fidel, cuando hablamos del Foro de Sâo Paulo, y me dijiste que era necesaria la unidad de la izquierda latinoamericana para garantizar nuestro progreso? Pues ya estamos avanzando en esa dirección». Y agrega: «De inmediato me habla con orgullo de lo que es Brasil hoy y sus grandes posibilidades, tomando en cuenta sus avances en ciencia, tecnología, industria mecánica, energética y otras, unidas a su enorme potencial agrícola. Por supuesto que incluye el elevado nivel de las relaciones internacionales de Brasil, y de las que está dispuesto a desarrollar con Cuba. Habla con vehemencia de la obra social del Partido de los Trabajadores, hoy apoyado por todos los partidos de la izquierda brasileña».
La referencia final señala: «Lula comentó que lo que se puede ver en América Latina nació en 1990, cuando decidimos crear el Foro de Sâo Paulo. ‘Tomamos una decisión aquí, en una conversación que tuvimos. Yo había perdido las elecciones y tú fuiste a mi casa a almorzar a San Bernardo'».
En efecto, la creación del FSP fue una iniciativa fecunda y de gran audacia política, que influyó en los grandes cambios hoy en curso en América Latina. El Encuentro fundacional evocado tuvo lugar entre el 1º y el 4 de julio de 1990. Era el momento de derrumbe del campo socialista europeo. Los 48 partidos de izquierda, progresistas, democráticos avanzados y antiimperialistas que allí se reunieron para intercambiar experiencias y concertar acciones entraron de lleno al gran debate ideológico de nuestro tiempo. La Declaración de San Pablo defendía las opciones de la más profunda democracia y del socialismo, en contraposición a la variante neoliberal del capitalismo -que se lanzaba al asalto de América Latina y del mundo- y a cualquier tipo de democracia limitada o acotada. Se proponía «renovar el pensamiento de izquierda y el socialismo, reafirmar su carácter emancipador, corregir concepciones erróneas, superar toda expresión de burocratismo». De allí surgía una profunda valoración de la democracia, amalgamada con la aspiración al socialismo: «Para nosotros la sociedad libre, soberana y justa a la que aspiramos y el socialismo no pueden ser sino la más auténtica de las democracias y la más profunda de las justicias para los pueblos». Sobre esa base rechazaba todo intento de anular conquistas sociales y de imponer «sistemas de democracias restringidas, tuteladas y hasta militarizadas».
En contraposición, los partidos de izquierda delineaban una alternativa al modelo neoliberal asentada en el surgimiento y consolidación de vastas fuerzas sociales, democráticas y populares en el continente, y su compromiso activo con los derechos humanos, la democracia y la soberanía popular como valores estratégicos.
Ese es el momento mágico que evocaban Lula y Fidel. Los acontecimientos se desarrollaron luego en el sentido allí señalado, y hoy en la mayoría de los países de América Latina la voluntad popular consagró gobiernos de izquierda y de las fuerzas progresistas para configurar una nueva época continental. Las concepciones sobre la democracia como espacio de conquista permanente de nuevos derechos se fue ampliando en los sucesivos Encuentros del FSP, en México (1991), en Managua (1992), en la Habana (1993), en Montevideo (1995), donde después de otros ocho encuentros en distintas ciudades del continente- nos volveremos a reunir en mayo próximo para valorar la nueva perspectiva continental.
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