Contra la política económica del presidente De la Rúa

Cortes de calles y rutas en inicio de paro en Argentina

Argentina – Isidoro Gilbert

El inicio del paro nacional por 36 horas se venía incubando por el descontento por la alta desocupación, el estancamiento de la economía, la rebaja de sueldos en el sector público y otras medidas oficiales, pero el asesinato de un trabajador la semana pasada en Tartagal, en la provincia de Salta cuando fue desalojado un camino cortado por «piqueteros», precipitó la medida fe fuerza lanzada por la CTA y la CGT (combativa) a la que se agregó después pero por 24 horas la CGT que el gobierno reconoce como su interlocutor habitual.

La ministra de Trabajo, Patricia Bullrich, aumentó con el correr de las horas su discurso duro que llegó a la amenaza de procesar a los líderes sindicales si se producían incidentes y las no menos severas del ministro del Interior, Federico Storani, quien afirmó que la huelga podría declararse ilegal (con todas sus consecuencias para los trabajadores), si los incidentes se generalizaban.

Paz y lluvia

En general los cortes fueron por pocas horas, especialmente en las calles porteñas donde se conjugaron otras exteriorizaciones como cacerolazos, ollas populares, mitines. Participaron militantes más que grandes contingentes y en el interior, desocupados sobre todo. La Capital Federal vivió el bloqueo de algunos de sus accesos vitales desde la provincia de Buenos Aires, como el puente que la une a Avellaneda o el nudo de la ruta Panamericana, la más extensa del país.

El centro porteño después del mediodía lució como un feriado porque hubo cierre de negocios y hoy el país lo vivirá como un domingo, aunque habrá cortes de rutas en el Interior. En general las grandes urbes de provincias exhibieron un paisaje semejante.

El gobierno, a pesar del tono de algunos de sus funcionarios, actuó con prudencia y una lluvia abundante a poco de comenzar la protesta despejó más rápidamente que lo pensado las calles porteñas. Las fuerzas policiales, numerosas, puestas en estado de alerta en general no debieron intervenir.

Es probable que algunos atentados contra servicios de pasajeros hayan provenido de los «desconocidos de siempre», esos grupos que actúan en las sombras. La Cámara Empresaria del Autotransporte de Pasajeros denunció que «se registraron más de 250 ataques a coches de distintas líneas de colectivos de Capital Federal y el conurbano bonaerense», declaró y deslizó como responsable al dirigente camionero Hugo Moyano.

En todo caso han sido funcionales a quienes desde el poder agitaron el fantasma del caos. Por eso, algunos oficialistas blandieron el argumento de que muchos trabajadores se sintieron conminados por el «terror» para dejar ayer o no ir hoy a sus empleos.

Irrupción de otros actores

El gobierno se quejó porque los sindicatos le han hecho en sólo once meses de su gestión tres huelgas de fuerte participación, cosa que no le han hecho a Carlos Menem, de cuya política se debe hacer cargo y la gente vivir sus nefastas consecuencias. El ex presidente no salió a rebatir el argumento y dio un tímido respaldo a la protesta, aunque demandando serenidad.

Otro ex mandatario, Raúl Alfonsín, dijo entender que hay descontento por la política del gobierno, palabras que provocarán disgusto en la casa rosada, aunque manifestó su disgusto por la metodología de los cortes de ruta. El método fue defendido como herramienta de lucha por el camionero Hugo Moyano, cuando clausuró el mayor mitin realizado frente al Parlamento. Anticipó más jornadas de lucha si continúa «el hambre y la desocupación». «La violencia la genera la política de hambre», replicó el dirigente a acusaciones oficiales sobre el carácter de los cortes de calles y rutas.

En medio de este forcejeo entraron a tallar dos actores más. Por un lado, el vicepresidente del FMI, Stanley Fischer, su hombre fuerte quien advirtió que si el gobierno no aprueba urgentemente una reforma previsional muy impopular porque elimina la jubilación por el Estado, eleva la edad de la mujer a 65 años para recibir los beneficiacios y rebajar a una suma fija adoptada años atrás para mejorar las prestaciones, la Argentina podría penetrar en el «default» (cesación de pagos), escenario que espanta a cualquiera y, además, a los países en vías de desarrollo.

Ficher reclamó más medidas de ajuste, pero lo que importaba ayer es el impacto de coacción psicológica que generaba en sectores más informados de la población.

Otro inesperado actor ha sido el Ejército. Su titular, el teniente general Ricardo Brinzzoni le pidió al presidente que les aumente los sueldos, que no les modifique su privilegiado régimen de retiro, que le incremente el presupuesto para poder realizar sus funciones específicas. Faltó una cosa: adherir a la huelga general. Mal día para presentarle al presidente un petitorio.

Pero así está el país.

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