
Miles de “voluntarios” llegaron desde todo el país a Iowa portando la chapa de su candidato. En grupos de dos o tres, incluso solos, los voluntarios van de puerta en puerta recordando a los electores las complicadas reglas del caucus: todos deber ir a votar al mismo tiempo y no a la hora que les conviene.
En la votación sólo pueden participar los electores afiliados al Partido Demócrata o al Partido Republicano, pero no pueden afiliarse a un partido o cambiar de afiliación la noche de la votación.
Obama salta al ritmo de rock, Huckabee toca la guitarra y se pone en humorista, Hillary va de seria y maternal, McCain tiene debilidad por los chistes irlandeses… los presidenciables estadounidenses intentan diferenciarse con sus estilos personales. Tras dos meses visitando gimnasios, iglesias, escuelas y cafés, los precandidatos a la presidencia estadounidense pusieron a punto una rutina que los define tanto como sus discursos. Algunos elementos son ineludibles: las banderas estrelladas, las referencias a los grandes presidentes del pasado, la evocación de las fases más heroicas de la historia norteamericana. Pero a Barack Obama, quien con 46 años espera convertirse en el primer presidente negro de Estados Unidos, le gusta saltar sobre el estrado al ritmo de la batería de “City of blinding lights” de U2, vociferando “¡Hola, Iowa!” a activistas que portan carteles con la palabra “Esperanza”.
A fuerza de repetirse, su discurso de campaña terminó por tener el ritmo de un sermón de pastor evangélico, salpicado de ataques políticos y sembrado de fórmulas de Martin Luther King. Su auditorio, más bien joven, queda cautivado por su lirismo, y algunas lágrimas brillan en los ojos.
Entre el público que viene a ver a Hillary Clinton predominan las mujeres y los cuarentones. Aparentemente esos militantes no ignoran las dificultades de la vida, pero, como su heroína, las enfrentan. Su frase más aplaudida es un llamado a la clase media: “Algunos reivindican el cambio, otros piensan que basta esperarlo”.
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