OPINION INTERNACIONAL

Justicia Islamica en accion

Egon Friedler

Dos miembros de la Cámara de los Lores británica, de religión musulmana, viajaron a Sudán e intercedieron ante el presidente sudanés Omar Hassan al-Bashir, quien concedió su perdón a la maestra. Pero la historia pudo haber terminado de otra manera. Hubo manifestaciones, con claros auspicios del gobierno, para que la ingenua educadora británica sea condenada a muerte. A un régimen como el de Sudán, responsable por la muerte de 200.000 sudaneses de Darfur no le habría molestado agregar la cabeza de una infiel a la lista. Pero la historia, quizás por lo que tiene de curiosa, tuvo un enorme eco en la prensa internacional. Lo absurdo del «crimen» de la maestra resultó demasiado evidente para demasiada gente. Y finalmente el líder del régimen islamista sudanés prefirió ser «generoso».

Pero hay otras víctimas que no tienen la suerte de que sus historias alcancen notoriedad mundial. Es por ejemplo, el caso de la chica de «Qatif», llamada así por la localidad del este Arabia Saudita de donde proviene. Su desgracia comenzó hace un año y medio cuando fue violada por siete hombres, pero para los jueces, quien debía ser castigada era la víctima, porque en el momento del hecho cometió el «terrible crimen» de estar en compañía de un hombre que no era su esposo, ni su hermano, ni su padre. La sentencia inicial fue de 90 latigazos a la mujer de 20 años de edad. Pero cuando su abogado apeló la sentencia denunciando su carácter bárbaro, los jueces duplicaron la pena y despojaron al jurista de su licencia para actuar ante la Justicia. El «affaire» se transformó en un gran debate nacional, en el que los organismos del Estado defendieron el fallo de los jueces. Por ejemplo, el Ministerio de Justicia y dos prominentes jueces criticaron duramente a la mujer, sugiriendo que ella estaba actuando de manera inmoral cuando tuvo lugar el ataque.

La Organización de Defensa de los Derechos Humanos «Human Rights Watch» publicó un comunicado reclamando que el Ministerio de Justicia de Arabia Saudita «deje de publicar acusaciones destinadas a perjudicar la reputación de un joven saudita víctima de una violación que tuvo el coraje de hablar públicamente del ataque de que fue objeto y de denunciar a sus agresores». El veredicto aún no ha sido dado a conocer, según la información del 1 de diciembre en el «New York Times».

Otra mujer, víctima de la justicia islámica, pagó con su vida por otro «crimen» de la misma naturaleza que los anteriores. La policía encargada de la moral en el Irán shiíta demostró no ser menos celosa que la policía de la cuna de la Sunna, Arabia Saudita. Según lo cuenta Robert Tait desde Teheran, en el «Observer» londinense del 2 de diciembre, la protagonista de la historia es Zahra Baniyaghoub de 27 años, médica graduada en una universidad de élite de Teherán, quien comenzó a trabajar en la pequeña ciudad de Hamedan, a 200 millas de la capital.

Su novio, Hamid Chistas, quien trabajaba como presentador en la estación de radio estatal IRIB, vino a visitarla y ambos se sentaron en un parque a conversar. Esta conversación les pareció sospechosa a la policía encargada de velar por las buenas costumbres y la pareja fue llevada a declarar ante un juez islámico que ordenó su detención. De poco le valió a la joven doctora ser musulmana creyente e integrante de una familia estrechamente ligada al régimen ya que su padre trabajó para los Guardias Revolucionarios. Su novio perdió el empleo debido al incidente, pero su familia logró liberarlo pagando la fianza. Baniyaghoub tuvo menos suerte. Las autoridades se demoraron en informar a sus padres y cuando su padre llegó para tratar de liberarla, ya estaba muerta. Según la policía, la joven doctora se suicidó por vergüenza. Pero su familia está convencida de que ella nunca se habría quitado la vida, no solo por sus convicciones islámicas sino porque ella tenía un derecho legal a estar con su novio ya que la pareja había contraído la «sigheh» un matrimonio provisorio reconocido por la ley shiíta.

La familia insiste en que la muerte de la joven médica fue un asesinato y contrató a la más famosa abogada defensora de los Derechos Humanos de Irán, Shirin Ebadi, galardonada con el Premio Nobel, para demostrarlo.

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