25 años después de su desaparición los españoles

El día en que murió

La coronación se lleva a cabo el 27 de noviembre en las Cortes, con asistencia de jefes de Estado y de gobierno que se han negado a asistir al entierro del General.  Y dice el nuevo monarca en su discurso: «Hoy comienza una nueva etapa de la historia de España… Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional. Hacer cada día más cierta y eficaz esa participación debe ser una empresa comunitaria y una tarea de gobierno».

El primer problema que debe afrontar el rey Juan Carlos es decidir a quién colocar en las presidencias del gobierno, del Consejo del Reino y de las Cortes. Decide finalmente mantener a Carlos Arias como primer ministro, siguiendo los consejos de la familia Franco, de los consejeros del Reino y del cardenal Tarancón.

Y con la ayuda de Arias Navarro consigue que su antiguo preceptor, Torcuato Fernández Miranda, sea nombrado Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Es un catedrático de Derecho Político, hábil e inteligente, tímido y brillante, pero antipático y distante, odiado por los franquistas, que ocupó interinamente la Presidencia del gobierno tras la muerte del almirante Carrero Blanco, y que tiene estudiada la forma en que se puede producir la reforma del régimen.

Carlos Arias remodela su gabinete el 12 de diciembre de 1975, dando entrada a ministros «reformistas» como Manuel Fraga, que es la verdadera cabeza visible del gobierno. Oficialmente el programa es la reforma (la llamada reforma Arias-Fraga), pero la cosa no funciona: no cuenta con el apoyo de las fuerzas de la oposición democrática, simplemente porque el gobierno no cuenta con ellas para formular sus decisiones.

Pero es que además, la fórmula innegociable de Fraga consiste en el bicameralismo, la composición oligárquica del Senado y una irresponsabilidad política de derecho del gobierno ante las Cortes que, como en la Inglaterra georgiana, debería evolucionar en unos decenios hacia el parlamentarismo. El rey intenta convencer a Arias de la conveniencia de acelerar el proceso, pero se encuentra con que el presidente contesta «Sí, majestad», y no hace nada, e incluso hace lo contrario de lo que el rey sugiere. El búnker, como son conocidos los leales a Franco, sigue teniendo mucho poder.

En junio de 1976, a Su Majestad no le queda más remedio que sustituir a Arias Navarro, pero eso no es fácil. Hay mucho escrito sobre la dimisión de Arias Navarro y sobre el nombramiento de su sucesor. Páginas emocionantes que aquí resumiré brevemente.

En esos días el rey realiza su primera visita de Estado a los Estados Unidos. Allí provoca el aplauso general y entusiasta en un discurso ante senadores y congresistas en el que nada de lo que dice tiene que ver con lo que defiende su primer ministro en Madrid.

Nada más volver a Madrid, su propósito es el de cesar a Arias Navarro, pero se encuentra con una situación espinosa: se entera de que es el estamento militar el que le va a enviar una carta pidiéndole la destitución de Arias, acusado de ser demasiado tolerante y por lo tanto débil: la proclamación del rey da lugar a una amnistía que pone en la calle a unos pocos presos políticos; las fuerzas democráticas, aún no legalizadas, impulsan toda una ola de huelgas y manifestaciones que al grito de «Amnistía y libertad» ponen al gobierno contra las cuerdas. Arias da la culpa de estos sucesos a los jueces, a la prensa, a la Iglesia y al «erotismo que lo invade todo», pero los militares quieren una respuesta contundente. Además Manuel Fraga, ministro de la Gobernación, declara a The New York Times que «algún día tendrá que ser legalizado el Partido Comunista».

Juan Carlos se da cuenta de que tiene que destituir a Arias con urgencia, antes de que le llegue la carta de los militares pidiéndole el cese: «Esto no puede seguir, so pena de perderlo todo… Yo tenía que tomar una decisión difícil pero la he tomado. La pondré en ejecución de golpe, sorprendiendo a todos», le dice confidencialmente a José María de Areilza, ministro de Asuntos Exteriores, el 1 de julio, poco antes de recibir privadamente a Carlos Arias y decirle que agradece sus servicios a la patria y a la Corona, pero que los nuevos tiempos exigen nuevos políticos. Arias, cuentan que sorprendido, dimite allí mismo.

Parece ser que Juan Carlos ya sabe a estas alturas a quién quiere como sucesor de Arias, pero necesita que el Consejo del Reino le dé ese nombre en una terna, sobre cuya base él habrá de decidir. El sábado 3 de julio Torcuato Fernández Miranda sale de la última reunión pronunciando la célebre frase: «Estoy en condiciones de ofrecer al rey lo que me ha pedido». La transición española estaba en marcha.

El pasado quedó atrás

A 25 años de la muerte del dictador Francisco Franco, que se cumplen hoy, la opinión pública española se mantiene mayormente indiferente ante el aniversario del episodio que cambió de raíz al país y dejó como herencia la violencia de la ETA.

Un grupo de nostálgicos de extrema derecha, como cada año, asisitió a una misa en la basílica del Valle de los Caídos, donde bajo una cruz de 150 metros está enterrado Franco, y participó en un acto en la Plaza de Oriente de Madrid, frente al Palacio Real, en el que intervino el ultraderechista Blas Pinar.

El 25 aniversario de la muerte del «Caudillo» luego de una larga agonía, se manifiesta especialmente en la proliferación de libros sobre el franquismo (1939-1975) y en la celebración de congresos en los que los historiadores hacen un balance sobre este «tiempo sombrío», como lo tituló el diario El País en unas páginas especiales.

En este cuarto de siglo los cambios experimentados en España han sido sustanciales y se destaca el papel clave del rey Juan Carlos, quien ocupó el trono en noviembre de 1975, en la transición que desembocó en la democracia.

En la actualidad, la extrema derecha está representada por menos del uno por ciento en el parlamento.

Los historiadores coinciden en que la dictadura de Franco fue un período de consecuencias nefastas para el desarrollo económico, político y social de España, aunque también existen intentos revisionistas que pretenden «perdonar o rebajar la culpa del franquismo».

Para algunos, como el escritor José Luis de Villalonga, autor de la única biografía autorizada del rey, «la verdadera etapa dictatorial de Franco duró los primeros 10 o 15 años y después se volvió un jefe de Estado autoritario que estaba dominado por otros y sin excesos dictatoriales».

Otros, como Jaume Sobreques, director del Museo de Historia de Catalunya –quien participa en unas jornadas sobre «El franquismo. Un balance desde el fin de siglo»–, piensa que «pese a que se ha puesto de moda decir que el franquismo se fue ablandando con el tiempo, lo cierto es que Franco murió matando».

Según un estudio del historiador Francesc Cabana, la situación económica del país no recuperó los niveles de antes de la Guerra Civil (1936-39) hasta 1956.

La modernización y la prosperidad en bienestar registradas tras la muerte de Franco están acompañadas por la vigencia de la violencia del grupo armado separatista vasco ETA, considerada como «la asignatura pendiente» y principal preocupación de los españoles, según las últimas encuestas.

ETA nació en 1959 en oposición al franquismo y a partir de 1968 emprendió lo que considera una «lucha armada contra el Estado español», en la que han sido asesinadas cerca de 800 personas.

En 1973, ETA asesinó al «numero dos» del régimen, el almirante Luis Carrero Blanco, en un espectacular atentado con bomba
en Madrid.

Tras la muerte de Franco, los momentos clave del país fueron el nombramiento del rey Juan Carlos, la ley de reforma política, el consenso constitucional, la legalización del Partido Comunista, la derrota del intento golpista del 23 de febrero de 1981 y la entrada en la Unión Europea.

La buena salud que goza la democracia a sus 25 años es una idea casi generalizada, aunque para el historiador Javier Pradera hay «un cierto autoengaño».

«Todos los que estuvimos en la oposición al franquismo nos resistimos a aceptar que los valores con los cuales combatimos y estuvimos en la cárcel, no se corresponden exactamente con lo que es la democracia española actual», reflexionó.

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