La calma reina en EEUU

Washington, IPS

Ciudadanos de diversas partes del mundo elogiaron al pueblo de Estados Unidos por su calma y respeto a las instituciones mientras aguardan los resultados de los comicios presidenciales del día 7, pero esa calma también podría ser fruto de la indiferencia.

«En mi país, luego de una elección como ésta, habría sangre en las calles. Pero enciendo el televisor y sólo veo personas que discuten pacíficamente. Es maravilloso poder esperar los resultados sin miedo».

Esta declaración fue transmitida mediante correo electrónico por una persona no identificada de América del Sur, citada por Bo Kerrey, senador demócrata del estado de Nebraska, en un artículo publicado esta semana en The Washington Post.

«¿Qué otro país del mundo cree con tanta firmeza en las leyes?», preguntó la columnista británica de derecha Ann Leslie.

Leslie declaró a The Washington Post desde Austin, Texas, que la contención demostrada por los votantes la hizo «enamorarse una vez más de Estados Unidos».

En realidad, es de destacar que, 10 días después de las elecciones presidenciales –cuyos resultados normalmente se conocen pocas horas o minutos después del cierre de los centros de votación–, los militantes de los principales partidos no se hayan enfrentado con dureza.

La excepción se ha dado en conferencias de prensa y en tribunales estaduales y federales, donde finalmente se resolverá la batalla electoral, según parece.

La explicación convencional es la misma que la de Leslie: con más de 200 años ininterrumpidos de gobierno constitucional, Estados Unidos ha desarrollado instituciones inusualmente fuertes y estables, en las cuales los ciudadanos tienen un alto grado de confianza.

Según esta opinión, lo que ha ocurrido en el definitorio estado de Florida –escrutinio de votos por computadora, papeletas con usas, errores, anulaciones, recuento manual– finalmente se resolverá de una manera razonable, al modo estadounidense.

Sin embargo, hay otras explicaciones posibles para la moderada actitud de la ciudadanía, y una de ellas es la apatía.

El hecho es que a muchos ciudadanos no les importa quién gane la elección. Después de todo, apenas la mitad de los 200 millones de habilitados para votar lo hicieron en los comicios del martes 7. No es que sea algo inusual. La alta tasa de abstención ha rondado el 50 por ciento durante una generación y es una de las más bajas de todas las democracias del mundo.

En parte, ello se explica por el individualismo tradicional y la desconfianza hacia el gobierno en la cultura estadounidense, pero además porque la ignorancia sobre asuntos políticos es mayor hoy que durante el Nuevo Acuerdo de los años 30 o después de la segunda guerra mundial.

Hace sólo un año, apenas la mitad de los adultos estadounidenses había oído hablar del gobernador de Texas, George W. Bush, quien ya entonces era considerado el principal precandidato a la presidencia por el Partido Republicano.

Además, menos de un tercio conocía a Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, y menos de un cuarto sabía que Trett Lott era el líder de la mayoría republicana en el Senado, según una encuesta de la empresa Louis Harris.

El año pasado, otra encuesta nacional del independiente Consejo para la Excelencia en el Gobierno reveló que la gran mayoría de los ciudadanos se sienten desconectados del gobierno, y en particular los más jóvenes.

Según ese estudio, la mayoría de los estadounidenses piensa en términos de «el gobierno» y no de «nuestro gobierno», y creen que el Poder Ejecutivo responde más a intereses especiales, como las grandes empresas, que a los ciudadanos comunes.

De muchas maneras, esta elección reflejó esa percepción más que ninguna otra, como lo señaló hasta el cansancio el candidato del Partido Verde, Ralph Nader.

Nader denunció la «republicanización total del Partido Demócrata» y afirmó que «la única diferencia entre Al Gore y George W. Bush es la velocidad con que sus rodillas tocan el suelo cuando las grandes empresas llaman a sus puertas».

Aunque muchos demócratas rechazan de plano esa opinión, es cierto que las multinacionales y sus ejecutivos son por lejos los principales contribuyentes de las campañas políticas en Estados Unidos.

Además, cuanto más grandes y poderosas son las empresas, más probabilidades tienen de financiar a ambos partidos al mismo tiempo. Para la última campaña, las multinacionales aportaron más de 3.000 millones de dólares.

Por esa razón, la mayoría de los ciudadanos cree que el gobierno sirve a los mismos intereses sin importar quién ocupe la presidencia, y esa noción fue especialmente fuerte en los últimos comicios.

El vicepresidente Gore intentó presentarse como un populista, atacando a las compañías farmacéuticas y al «gran petróleo», pero este discurso no pareció coherente con su elección de Joe Lieberman, uno de los principales defensores de los intereses empresariales, como compañero de fórmula.

Además, la campaña de Gore, diseñada para atraer a grupos específicos como los sindicatos, los jubilados y la comunidad afroestadounidense, no logró entusiasmar a la gente, y mucho menos su carisma, casi inexistente.

De manera similar, Bush, cuyo tono afable e incapacidad para la retórica persuadieron a muchos votantes de que sería un excelente vecino, resultó poco inspirador, y para nada el tipo de líder por el cual se jugaría el ciudadano promedio, ni siquiera el uno por ciento más rico. A todo esto se suma la advertencia de muchos analistas de que, cuanto más se prolongue el proceso electoral, más se devaluará el premio de la presidencia.

Con el Congreso dividido casi en partes iguales entre republicanos y demócratas, quienquiera que se convierta en presidente tendrá poco espacio de maniobra, y mucho menos si asume el poder mientras el partido opositor cree que su elección fue ilegítima.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje