Hacia un mundo multipolar

Frecuentemente se pasa por alto, al referirse a la globalización, que se trata de un fenómeno de antiguo origen, que en los tiempos modernos estuvo en auge a fin del siglo XV y se acentuó en los siglos XVI y XVII con las exploraciones marítimas de los portugueses y los españoles y sucesivamente de los ingleses, los franceses y los holandeses, que pusieron a Europa en contacto con el resto del mundo.

En el siglo XX, sobre todo después de la II Guerra Mundial, Europa perdió la hegemonía planetaria y quedó devastada, lo mismo que Japón. Dos Estados extraeuropeos -Estados Unidos y la Unión Soviética- se convirtieron en las potencias dominantes y su rivalidad en los planos ideológico, económico y militar dividió al mundo en dos bloques antagónicos. Fue el comienzo de la Guerra Fría que mantuvo al mundo en suspenso bajo el «equilibrio del terror».

Paralelamente, en las décadas del 50 y 60 del siglo pasado el proceso de descolonización hace emerger el movimiento de los Países No Alineados (India, Egipto, Indonesia, Yugoslavia) y posteriormente el tercermundismo.

Entretanto, la revolución científica, tecnológica y cultural transformará a la Tierra en un «solo mundo» gracias en particular al extraordinario progreso de las comunicaciones y a la facilidad y rapidez de los viajes y de la transmisión de los conocimientos.

Hacia finales del siglo pasado se desmorona el universo comunista con la caída del Muro de Berlín y de la Cortina de Hierro (1989) y la disgregación de las llamadas democracias populares y de la propia URSS (1990-92).

El colapso del comunismo dejó un vacío en la escena internacional que fue ocupado casi exclusivamente por Estados Unidos, la única superpotencia supérstite, sin rival en la esfera militar. Bajo el comando de George W. Bush, Estados Unidos desenvuelve su vocación imperial, acomete la peligrosa tentativa de marginalizar a las Naciones Unidas (frustrada) y asegura el triunfo del neoliberalismo como ideología económico-política dominante.

En verdad, la mayor influencia del neoliberalismo se registró en los últimos años del siglo pasado y consistió en darle un cariz esencialmente financiero-especulativo y virtual al capitalismo actual. Una de sus características ha sido la de la expansión de los negocios bursátiles y la obtención de ganancias multimillonarias sin que esto tuviera efectos significativos en el mundo de la economía real y productiva.

La globalización, contrariamente a lo que se esperaba, aumentó las desigualdades sociales entre pobres y ricos, entre personas y naciones. El fenómeno concomitante de la concentración de empresas y en especial de los bancos, la tercerización (o outsourcing) de fábricas y de otras empresas productivas en busca de los salarios más bajos, cuando no de «trabajo esclavo», los escándalos financieros y la corrupción al más alto nivel, son prácticas corrientes asociadas a la globalización neoliberal que han concurrido a desacreditarla.

No es casual que la ideología neoliberal pierda cada día más terreno y que el mundo se encuentre al borde de una crisis financiera grave que se refleja en las oscilaciones y caídas que registran las bolsas y que comienza a afectar a la sociedad estadounidense: profundización de la crisis en el sector inmobiliario, aumento del desempleo, temores inflacionistas, incremento inusitado del precio del petróleo, para no hablar del colosal déficit externo que nadie logra descubrir como se podrá resolver.

Es hoy un lugar común decir que las políticas del Presidente Bush han dado como resultado un desastre completo, tanto en el plano interno como en el externo. Tal es la opinión, no solo fuera de los fronteras de Estados Unidos sino también de una amplia mayoría de los norteamericanos.

Mientras tanto, en el planeta continúa el acelerado procesos de cambios. Los nuevos países emergentes, en particular los llamados BRIC (Brasil, Rusia, India, China) representan fuerzas incontrolables en el contexto de un ordenamiento internacional que en un breve período dejó de ser bipolar para transformarse en unipolar y se encamina ahora a un esquema multipolar.

Es esta la realidad con la que el Occidente tiene que contar si quiere contribuir al establecimiento de un nuevo orden global. Este objetivo pasa necesariamente por la restructuración de las Naciones Unidas en el sentido de hacerlas más democráticas y dotarlas de mayor capacidad para intervenir a fin de que puedan encarar los grandes desafíos que confronta la humanidad. las amenazas a la salud del planeta, la erradicación de la pobreza, el control de las grandes pandemias, el combate a la criminalidad organizada en escala global, reglamentar y encauzar la globalización y, más en general, asegurar un sistema que brinde más justicia, igualdad y solidaridad para que el futuro próximo sea más humano y menos conflictivo. *

(*) Mario Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal. Exclusivo de IPS.

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