Tony Blair: ¿Presidente de Europa?

Al clausurarse el 19 de octubre el Consejo Europeo celebrado en Lisboa, se ratificaron, entre otros aspectos del Tratado de Reforma que habían sido pactados anteriormente, algunos detalles que tendrán un impacto decisivo en el desarrollo futuro de la UE.

El primero fue la confirmación del puesto dual de Alto Representante de Política Exterior (aunque rebajado del protocolario título de «ministro»), como Vicepresidente de la Comisión Europea. El segundo sería el traspaso de numerosas competencias de justicia y orden interior que ahora serían administradas por mayoría cualificada, libres del chantaje de la unanimidad. Pero la mayor novedad es la creación de un cargo más permanente que sustituya a la presidencia rotatoria del Consejo, hasta ahora ejercida semestralmente.

Irónicamente, como respuesta tardía a la pregunta sarcástica de Henry Kissinger sobre cuál sería el teléfono de Europa, ahora la UE contará con dos «teléfonos» a los que llamar en caso de crisis internacional. O tres, si se tiene en cuenta el papel todavía central del Presidente de la Comisión, guardiana de los tratados y del presupuesto. O cuatro, si se analiza con sutilidad el ascenso de poder del Parlamento en cuanto a la codecisión y la autoridad de aprobar la constitución de la Comisión y controlar el presupuesto.

Pero, en fin, en 2009 ya deberá nombrarse un presidente del Consejo («de Europa», según las expresiones grandilocuentes) por un mandato de dos años y medio, renovables por otros dos y medio, con lo que su ejercicio se igualaría temporalmente a los de los presidentes de la Comisión y del Parlamento. Apenas se habían cerrado las puertas del salón lisboeta donde los mandatarios habían forjado el acuerdo final, algunos de ellos emitieron sus opiniones e inclinaciones acerca de quién podría ser el candidato idóneo. La única cualidad que se exige es tener la altura de líder europeo, pero no estar en ejercicio.

Las miradas, casi por reflejo, se posaron en Tony Blair, como ya lo habían hecho desde que se anunció el proyecto en la redacción de la fallida Constitución Europea. Algunas voces cáusticas ya señalaron hace apenas unos meses que la razón primordial por la que Blair habría presentado la dimisión, dejando el campo libre para Gordon Brown, era precisamente para presentarse como candidato aventajado.

Las perspectivas del ex primer ministro laborista en este innovador e importante cargo han dividido la opinión en dos bandos aparentemente irreconciliables que apuntan las ventajas y los deméritos. Entre los detalles positivos que juegan a favor de la candidatura de Blair están, naturalmente su prestigio personal internacional, su correcto balance al frente del gobierno británico, luego de convertirse en el primer ministro británico de más largo mandato en la historia. Ayudan también su carisma y simpatía personales, además de contar con pocos enemigos directos en el contexto europeo. Hablar un francés impecable y pasar largas vacaciones en Francia, lo ayudarían en Bruselas, con gran ventaja sobre muchos dirigentes europeos que han olvidado el viejo uso diplomático de la lengua gala.

También, como punto quizá más importante, en la balanza del pro se halla el hecho de que como británico haría todo lo posible para el definitivo anclaje del Reino Unido en la UE. Blair, en lugar de favorecer el mantenimiento de las «líneas rojas» impuestas por Londres al desarrollo de la supranacionalidad europea, se sentiría constantemente presionado a ser más europeo que sus colegas, y dedicar una atención especial a este tema existencial. Nada tendría de extraño, por lo tanto, que durante su mandato Blair consiguiera lo que parece elusivo: la conversión de Reino Unido en un estado «normal» de la UE.

Entre los detalles negativos, se señalan los contrarios de los mismos argumentos. Por una parte, Blair se despidió de su cargo tras haber sido considerado como un aliado desmesurado de los intereses de Estados Unidos. Lo que es peor, el líder británico fue acusado de seguir el guión dictado por el presidente estadounidense George W. Bush. Ante el dilema de Iraq, Blair aparentemente se adhirió a las tesis del mandatario norteamericano, endosó la existencia de armas de destrucción masiva bajo control de Saddam Husssein, bajo la ilusoria estrategia de poder parar las intenciones de Washington en el momento clave. Eso debió ser hasta la cumbre de las Azores, en cuyas fotografías el propio Blair tiene una mirada de tragedia, a tono con las circunstancias, en contraste con la sonrisa de José María Aznar, que se sabe bien qué estaba celebrando.

Londres quedó permanentemente marcada como la capital clave para la división de Europa en dos bandos en cuanto a la invasión, la guerra y la ocupación de Iraq. No es una buena carta de recomendación para ser insertada en el dossier de credenciales de opción al cargo. El tribunal examinador, no cabe duda, lo tendrá en cuenta. Además, presidir la mesa del Consejo, mientras el Reino Unido está fuera del euro, rechaza la aplicación explícita de la Carta de Derechos Fundamentales y pide pasaportes a la entrada, no es un privilegio que muchos estén dispuestos a conceder.

La respuesta a esta incertidumbre se verá en un año, si algún país no descarrila el nuevo tratado mediante un referéndum mal planteado. Sería el golpe de gracia para Londres en la UE, y no quedaría más opción que la invitación elegante para la salida (Exclusivo de IPS). *

(*) Joaquín Roy, catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de laUnión Europea de la Universidad de Miami ([email protected]).

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