Para curar, un médico se comunica con las plantas
Antiguo miembro de Médicos sin Fronteras (MSF), el doctor Jacques Mabit ejerció su profesión en Perú de 1980 a 1983 antes de abrir en Tarapoto, 800 km al nordeste de Lima y en plena selva amazónica, el centro de Takiwasi (La Casa que Canta), destinado a curar a una cuarentena de toxicómanos por año.
Inspirándose en chamanes y curanderos de la Amazonia, el francés asegura seguir las enseñanzas del espíritu de las plantas con las cuales, dice, se puede comunicar.
Los toxicómanos, la mayoría peruanos pobres aunque también hay europeos, han intentado ya dejar la droga, la más frecuente la pasta de base de cocaína (PBC). Ellos van a vivir nueve meses en Takiwasi cerca de Tarapoto, una pequeña ciudad aislada de la selva amazónica.
«Para 15 años de consumo (de drogas), nueve meses de tratamiento es corto», constata el médico naturista, que reivindica una tasa de éxito que se aproxima al 70%. Este tratamiento cuesta 750 dólares por mes aunque algunos drogadictos sin dinero pero motivados son recibidos de manera gratuita.
Un régimen muy estricto espera a los drogadictos: dieta drástica, purgas repetidas, sauna y masaje. «Llegamos a paliar la abstinencia con plantas medicinales, y los pacientes se sorprenden de no sentir esta abstinencia», anota.
Luego, después de un régimen alimentario sin sal, los drogadictos afrontarán la ayahuasca, la «planta madre», que también puede volverte loco.
Una noche, en plena selva, el paciente ingerirá el brebaje sagrado, medido por el canto punzante del chamán. Durante los nueve meses de tratamiento, el toxicómano tomará 25 veces ese «suero de la verdad», emanación, según los sanadores, de los espíritus de la selva. La fuerza alucinógena de la ayahuasca los empujará a visualizar su vida y cada recuerdo doloroso será expulsado.
«Si vomitas es que tocaste en ti un nudo importante», indica el médico. «Ellos vomitan su miedo, su orgullo, su cólera. Es una angustia que sacan con intensidad», dice.
Para el médico, la ayahuasca no va a crear dependencia, y si ella es temida es porque sirve para hacer sortilegios. «Yo soy defensor de un cierto uso de la ayahuasca (…) Cuando es bien utilizada y si uno está motivado, es un instrumento de exploración extraordinario».
Su actividad llevó a que en Francia fuera perseguido por la justicia por actividades de secta, aunque él afirma que de ese cargo fue considerado inocente.
El doctor naturista organiza alrededor de la ayahuasca seminarios de algunos días. «Ahí no son los toxicómanos sino personas que vienen por temas personales, esenciales o sicológicos. Con este alucinógeno ven desfilar su imaginario, sus sueños y sus fantasmas», indica.
A veces hay una sesión temática como la de «chamanismo y cristianismo», dirigida por el padre Yves Hardel. «Es muy fuerte como reencuentro, se siente la lucha contra los poderes del mal», confía este ex sacerdote de la Marina francesa, que hoy en día oficia en una parroquia pobre del altiplano cerca a la frontera con Bolivia.
Algunos sanadores sintieron el filón alrededor de la «planta madre» y los operadores turísticos de Iquitos proponen a los turistas por 200 dólares sesiones de «ayahuasca light» con visiones garantizadas.
Los chamanes organizan sesiones confortables a 3.000 euros, con ingestión de ayahuasca para arreglar los problemas con «papá, mamá» o «resolver un diferendo conyugal». *
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