Ingleses viven pesadillas por culpa de la vaca loca

Londres, (ANSA)

Cunde la alarma entre los habitantes de un pueblo rural de Gran Bretaña por la desaparición de seis bidones con muestras de cerebro bovino infectadas con el mal de la «vaca loca», arrastrados por un aluvión que azotó el suroeste del país.

Trece bidones ilegales con restos de cerebro de bovinos infectados con el virus de la «vaca loca» eran conservados por una fábrica de productos químicos en la afueras de Sandhurst, en Gloucestershire, suroeste del país, la zona afectada el 5 de noviembre por un aluvión.

Los problemas comenzaron en la localidad el 30 de octubre, cuando una tormenta y posiblemente un rayo, desataron un incendio en la planta química, haciendo estallar contenedores con peligrosas sustancias químicas.

A la tormenta siguió un aluvión el domingo pasado, fenómeno que arrastró en las aguas desbordadas del río Severn a seis de los trece bidones con muestras de cerebros bovinos.

El clásico y pintoresco poblado rural, con casas de dos pisos, pocos habitantes de buen pasar, un pub, una oficina de correo y algunos negocios es ahora un pueblo endemoniado, según algunos moradores.

Las muestras de cerebro contaminado por la encefalopatía espongiforme bovina (BSE) habían sido analizadas en laboratorios gubernamentales y, por razones todavía desconocidas, terminaron en el depósito de Cleansing Services Group (CSG).

Ahora los 250 habitantes del lugar temen que el contenido letal se haya desparramado en las aguas, en los campos y en los ordenados prados británicos y no ocultan su miedo y su furia.

«Sabíamos que en el establecimiento había materiales peligrosos pero jamás pensamos que hubiera sustancias de ese tipo. Fuimos envenenados por un coctel de sustancias químicas y muestras infectadas de BSE pueden haberse derramado en las aguas de nuestras calles», dijo David Eggleton, uno de los habitantes del poblado.

«Somos víctimas de las autoridades que han demostrado una total incapacidad en conducir la crisis», añadió.

La población de Sandhurst se había despertado a las tres de la mañana del 30 de octubre por fuertes explosiones, en medio de una tormenta, una de las tantas de este otoño (boreal) inglés.

Probablemente un rayo cayó en el sistema eléctrico de la fábrica, originó un incendio y, en pocos minutos, al menos 30 bidones con productos químicos comenzaron a estallar.

Pero era sólo el comienzo de la pesadilla. Mientras un humo negro se expandía en el aire se evacuaban a unas sesenta personas de viviendas próximas a la fábrica.

En los bidones explosivos había selenio, cianuro, ácido sulfúrico y otras sustancias tóxicas, admitió un vocero de la Agencia para el Medio Ambiente que envió a sus técnicos a investigar el desastre.

La gente comienza a sentirse mal, un hombre permanece internado y otro tiene el brazo cubierto de ampollas rosadas.

Todavía hoy 48 personas sufren consecuencias como dolores de cabeza, estómago o garganta e irritación en los ojos.

La situación se complicó el domingo pasado, 5 de noviembre, cuando las aguas del río Severn rompieron los diques de contención e inundaron las casas y la fábrica, arrastrando decenas de contenedores sellados.

Dos días después, la Agencia para el Medio Ambiente advirtió a la población de Sandhurst que, además de las sustancias químicas, había trece bidones con muestras infectadas, de los cuales siete fueron recuperados y de los seis faltantes no hay noticias.

El parlamentario local Laurence Robertson protestó ante el vicepremier John Prescott recordando que hace tres años había solicitado el cierre del establecimiento.

La Agencia para el Medio Ambiente abrió una investigación para descubrir cómo llegaron allí los «bidones de la muerte» y, mientras tanto, se suspendió la licencia a la CSG.

Agentes de la policía vigilan los recipientes recuperados a la espera del arribo de los helicópteros del ejército que lo transportarán a un lugar seguro.

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