Un revolucionario que sobrevivió a la muerte
El 8 octubre de 1967 fue ultimado el Che en circunstancias extrañas, apresado herido tras su último combate al frente de una columna insurgente en las montañas del centro de Bolivia, donde intentó generar una revolución continental.
Le fueron cortadas las manos para evitar su identificación, y el sitio de enterramiento, en aquel lugar remoto de la sierra boliviana, se convirtió en uno de los secretos mejor guardados por los militares de ese país y los servicios secretos estadounidenses.
No obstante fue imposible contrarrestar su influencia revolucionaria en los hombres y mujeres de las generaciones que le sucedieron, hasta el punto de convertirse en un preciado ícono de la juventud progresista mundial.
Su rostro aflora como un fantasma entre los carteles y pancartas de las manifestaciones y actos de corte progresista y pacífico que se realizan en cualquier punto del planeta, como constancia de la reverberarte persistencia de sus ideas.
Che resulta una suerte de «estado de ánimo», una emoción compartida que atraviesa generaciones, idiomas, geografías y reivindicaciones específicas, escribió recientemente para un diario cubano el periodista e investigador, Lázaro M. Bacallao.
Este estudioso del Centro de Estudios Che Guevara no se opone a la idea de enarbolar al guerrillero como un símbolo, sino que invita a los jóvenes a asumir su imagen «como una suerte de continuación comprometida de ese diálogo y empatía a veces casi espontáneos».
En mayo de 1960 durante los funerales de las víctimas de un atentado en La Habana, el fotógrafo cubano Alberto Díaz (Korda) tomó la fotografía que inmortalizó al luchador y lo mostró con esa aureola mítica, que con el tiempo se ha hecho legendaria.
Compartí tu opinión con toda la comunidad