Un campesino boliviano rememora la muerte de Guevara

«Vino para ayudarnos y cayó en una trampa», dice Manuel Cortéz, un campesino boliviano de La Higuera que no olvidará jamás su encuentro con el Che poco antes de que fuera capturado y ejecutado en la escuela de su pueblo, hace 40 años.

Cortéz, un productor de maíz de 63 años, es uno de los pocos habitantes del pueblo que permanece aún con vida de aquellos que se encontraron con Ernesto «Che» Guevara, quien pasó 11 meses en la selva del sudeste boliviano tratando de encender un foco revolucionario en América del Sur.

«No conocíamos realmente a los guerrilleros en esa época, teníamos miedo. El ejército nos decía que iban a quitarnos las tierras», explica a la AFP este hombre delgado y de cejas pobladas.

El 26 de setiembre de 1967, el Che irrumpió en el pueblo y presentó a sus compañeros de armas.

«La gente huyó cuando llegaron. Me dijo ‘Soy el comandante Che Guevara, no venimos para matarlos, venimos a compartir», cuenta Márquez, que se acuerda de «su mirada fuerte» y sus crisis de asma que le impedía hablar.

Tranquilizados, los habitantes del pueblo se acercaron y terminaron comiendo un lechón a las brasas junto a los guerrilleros.

Un poco más tarde ese mismo día, un combate dejó tres rebeldes muertos. El Che logró huir montado en una mula.

El 7 de octubre, la víspera de la captura de Guevara, el campesino se acuerda de la llegada de 1.800 soldados al minúsculo caserío de La Higuera, ubicado en el medio del monte.

«Sabían por dónde iba a pasar el Che y habían preparado una emboscada», cuenta Cortéz.

Al día siguiente, el ejército aniquiló a la guerrilla tras emboscarla en la Quebrada del Yuro y capturó al Che, herido.

Cortéz se acuerda de cuando los militares lo trajeron: «Tenía una herida en la pierna, con la mirada triste y el pelo despeinado».

«Los soldados festejaron, se emborracharon con cerveza», y «me acuerdo de uno que dijo al otro: lo matas tú o lo mato yo», cuenta.

El 9 de octubre se escucharon «varias ráfagas de ametralladora» que venían de adentro de la escuela donde tenían detenido al guerrillero. «Me di cuenta que habían matado al Che, corrí y lo vi, con la sangre saliendo del pecho, los soldados saltaban de alegría, se abrazaban», dice Cortéz.

«Esos recuerdos están grabados en mi mente», relata el campesino, que 40 años después sigue viviendo solo en la misma choza de barro y madera.

«Le tenía mucho cariño al Che, en realidad, luchaba para los pobres, nunca lo olvidaré al Comandante», dice.

Desde entonces el pueblo se transformó en un pequeño mausoleo en memoria del Che. En la zona central hay un busto gigante, y la mayoría de las casas tienen una imagen de él.

La escuela se transformó en museo, y hay mensajes pintados en las paredes: «Ernesto, tu combate es el camino de nuestras vidas»; «Tú vives para siempre, Che Comandante». *

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