Las Divisiones del Papa

El papa Benedicto XVI rechazó recibir a la secretaria de Estado estadounidense Condoleezza Rice este verano. Los despachos de la prensa mundial, confirmados y aderezados por comentarios entre divertidos y sarcásticos, hasta la fecha no han sido desmentidos por la Casa Blanca ni por el Departamento de Estado. La mujer más poderosa del planeta, aunque seguida de lejos por Angela Merkel, fue incapaz de romper el protocolo vaticano que celosamente protegía las vacaciones de Su Santidad en Castelgandolfo. No se espera que ahora Cristina Fernández en Argentina y el año próximo Hillary Clinton, ya con rango superior presidencial, tengan más suerte.

En rigor, la noticia merece profunda meditación. No es una broma ligera. Puede explicar con extrema lucidez las claves de las relaciones internacionales. Hará sonrojar a los tenaces realistas y abogados de la hegemonía, quienes arrogantemente aducen tener explicación para todos los enigmas de la geopolítica y la estrategia, actuales y pretéritos.

Según las fuentes de buen crédito de Il Corriere della Sera (el diario milanés que destapó el fiasco), confirmadas por la siempre ecuánime BBC cuando se trata de asuntos que no afectan la fibra británica, la doctora Rice, camino del Oriente Medio, hizo el pedido de reunirse con el ex-cardenal Ratzinger en plenas vacaciones veraniegas. Se le dijo diplomáticamente que el Santo Padre estaba descansando en su residencia de verano.

Ahora bien, los informes también señalan que la razón primordial del desdén fue la cuenta sin pagar que Rice dejó en 2003 cuando emitió unos comentarios despectivos sobre la importancia que para ella y Bush tenía la opinión del anterior papa, Juan Pablo II. Cuando el tenaz pontífice polaco criticó la intervención de Bush en Irak, Rice consideró que ni a ella ni a su jefe les importaba lo que el vicario de Cristo en la tierra pudiera pensar y menos comentar.

En otras palabras, que no se metiera en lo que no le importaba, en una drástica aplicación de la máxima de Jesucristo: «dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.» Más o menos, es lo que esgrimen los ultraconservadores cuando se oponen a la intervención de los clérigos en el minado terreno sociopolítico.

Pero ocurre que tanto Voijtila como Ratzinger son hombres terriblemente marcados por el siglo XX y en esta materia siguen la norma de León XIII en la Rerum Novarum, que reclamaba la articipación de los ciudadanos y la Iglesia en los asuntos terrenales, que entonces eran todavía las consecuencias negativas de la Revolución Industrial. Así se fundaron organizaciones democristianas que comenzaron a inmiscuirse en la política.

Pero, en fin, la actitud de Rice y la reacción de Ratzinger revelan la diáfana vigencia de la pregunta irónica de Stalin, que no tuvo inmediata respuesta, pero que regresa como un boomerang contra la arrogancia del poder terrenal. Según la anécdota, el bigotudo dictador soviético con cierto fastidio preguntó a sus asesores: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa»? La ocurrencia ha pasado a los anales de la teoría de las relaciones internacionales y la geoestrategia.

Rice, que ya se ha olvidado de las luchas académicas que debió pasar en su mandato como vice-rectora en la Universidad de Stanford, abofeteó a distancia al anterior inquilino del Vaticano. Su sucesor teutón, lejos de seguir la máxima cristiana del perdón y la absolución, lógicamente sacó la libreta de las malas notas y suspendió a la doctora.

Así le recordó también la irritación de la Santa Sede por no haber conseguido garantizar los derechos de las confesiones cristianas en la nueva constitución iraquí. La excusa de la Casa Blanca de que Estados Unidos no puede preservar la seguridad en todo el territorio cayó terriblemente mal. Así se pretendía negar la condición de poder hegemónico en un país donde había dictado con puntos y comas todos los movimientos desde que Bush se lanzó a descubrir las armas de destrucción masiva que nunca existieron. Washington por dos veces dudó del aparcamiento de tanques en la Plaza de San Pedro. La tercera, con la visita frustrada de Rice a Roma, no llegaría.

Además Ratzinger le dio a Rice una lección sublime de civilización europea. En el «ferragosto», mientras se quemaba de calor como en tiempos de Nerón, entre los derechos inalienables mucho más concretos que los listados en la declaración jeffersoniana, todo italiano y asimilado tiene derecho a sus vacaciones pagadas, gracias a una conquista laboral socialista, y sagradas (en este caso doblemente).

Se duda que Rice y Bush entiendan esto. *

(*) Catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. (Copyright IPS)

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje