"¡Es el petróleo, estúpido!"
ALAN GREENSPAN, que fuera durante 20 años y hasta febrero 2006 presidente de la Reserva Federal (FED), escribió en un libro de memorias que se puso a la venta ayer: «Me entristece que sea políticamente incorrecto reconocer lo que todos saben, que la guerra en Irak es en buena parte acerca del petróleo». Se dirá que es cosa archisabida. En este caso lo importante es quién lo dice, por su conocimiento íntimo de las instancias en que se fraguan las decisiones políticas, por su contacto directo con el presidente y las altas esferas del poder. También por las repercusiones de estas declaraciones, al máximo nivel. Y por las que vendrán como en cascada.
Sangre por petróleo, y el contrato de la Hunt Oil Co.
La frase que recorrió el mundo está contenida en el libro The age of turbulence: adventures in a new world (La época de las turbulencias: aventuras en un nuevo mundo). Sin duda después de dos décadas de medir cuidadosamente sus palabras, Greenspan quiso legar a la posteridad este juicio lapidario. Es una suerte de testamento. El libro se puso a la venta en vísperas de una reunión trascendente de la FED que será dirigida por su sucesor Ben Bernanke, en medio de la crisis de las hipotecas de riesgo, que sacuden los mercados y limitan el crédito, y en que se deberá decidir si se mantienen o bajan las tasas de interés.
Voceros de la Casa Blanca dijeron que Bush quedó «sorprendido» por el comentario. Greenspan respondió que había hecho llegar al presidente y a Cheney sus críticas sobre la política económica del gobierno. Pero surgió un hecho revelador, puesto de relieve por el economista Paul Krugman en su última columna del New York Times. La empresa petrolera norteamericana Hunt Oil Company, de Texas, acaba de firmar un convenio de prospección y extracción de petróleo con el gobierno de la provincia kurda de Irak. El titular de la empresa, Ray L.Hunt, es un asociado de Bush que integra un panel de asesoramiento sobre política exterior. Por lo visto, quiere asegurarse por anticipado su porción en el reparto. EEUU está reclamando a Maliki una ley de privatización de la riqueza petrolera (de la cual provienen 2/3 del PBI) y el reparto equitativo de las sumas resultantes entre los distintos grupos chiítas, sunnitas y kurdos y entre las 18 provincias. La ley no se votó. De paso sea dicho, el gobierno iraquí se desintegra y el líder chiíta radical Moqtad al-Sadr se retiró definitivamente, y con él sus 6 ministros y sus parlamentarios, por la negativa de Maliki de fijar un calendario de retiro a las tropas estadounidenses.
Según Krugman, se trata de demorar el colapso iraquí hasta que Bush deje en un año la Casa Blanca para que luego su reemplazante enfrente el momento en que el Titanic del Golfo Pérsico no pueda mantener más su cubierta en la superficie. El heredero recibirá también la responsabilidad y el sabor amargo de la derrota. Mientras tanto, los más aprovechados y próximos al poder, como Hunt, alargan la zarpa sobre el petróleo.
Sorpresa de Gates y una enmienda peor que el soneto
Otro que manifestó su sorpresa por las declaraciones de Greenspan fue el secretario de la Defensa, Robert Gates, quien negó que fuera «la sed de petróleo» la causa de la guerra. Dijo que la misma imputación se formuló en ocasión de la Guerra del Golfo en 1991. A su juicio, la razón de la invasión de marzo 2003 fue la búsqueda de «la estabilidad en el Golfo», ante la presencia «de regímenes que tratan de desarrollar armas de destrucción masiva» (y de paso mete a Irán en el baile, como veremos en seguida).
Aquí sí la enmienda resultó infinitamente peor que el soneto. Porque si algo quedó palmariamente demostrado en estos cuatro años y medio, por todas las vías posibles e imaginables, y con un acopio documental nutridísimo, es que EEUU fue a la guerra de Irak contra la opinión de la comunidad internacional, arrastrando tras sí a la Gran Bretaña de Blair y la España de Aznar luego de la reunión en las Azores, sobre la base de descomunales mentiras. En esa materia batieron el record mundial. Mataron a cientos de miles de iraquíes, torturaron en la forma más horripilante y en vasta escala, masacraron a poblaciones enteras, y al mismo tiempo cercenaron las libertades públicas en su país y castigaron a los que decían la verdad y se manifestaban contra la guerra, alegando que debían defenderse de armas de destrucción masiva del régimen de Saddam Hussein, de las cuales jamás apareció una sola. El libro de Bob Woodward (que ya mencionamos) documenta en medio millar de páginas cómo se fue estructurando esa pirámide de falsedades, una sobre otra. No se encontró una sola de las presuntas ADM, ni en las exhaustivas inspecciones previas ni después en el registro palmo a palmo de todo el territorio calcinado por la guerra
Protestas reprimidas y extensión de la guerra
El sábado millares de pacifistas, convocados por la organización Answer (que se moviliza por el fin de la guerra y contra el racismo) manifestaron en Washington frente al Congreso y la Casa Blanca bajo el lema: «Tiren a Bush, no bombas». Fueron duramente reprimidos con elementos químicos y sus dirigentes presos.
Es en este cuadro que el canciller francés Bernard Kouchner puso sobre el tapete, con cruda brutalidad, la extensión de la guerra a Irán. Dijo que la comunidad internacional debía «prepararse para lo peor» (se préparer au pire») ante la crisis nuclear iraní. Cuando se le pidió una precisión, respondió: «Lo peor, es la guerra» (Le pire, c’est la guerre). Mohammed ElBaradei lo llamó a la calma y dijo que no se debía tomar medida alguna sin autorización de la ONU. Pero es evidente que le estaba haciendo el mandado a EEUU y que se busca resucitar el clima previo a la guerra de Irak, o sea a la guerra por petróleo. *
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