Canadá: transición en un mundo cambiante
La ciudad de Québec, la capital de la «bella provincia» francófona del mismo nombre, donde la mitad de sus residentes viven del erario, presume de dos marcas de identidad difíciles de superar: es la única ciudad amurallada al norte de México y ya cuenta con cuatro siglos de historia. En 2008 celebrará su 400 aniversario, preparada ya con reformas urbanas y actividades extraordinarias.
Como en el resto del territorio que fue colonia de Francia, la identidad canadiense sufre perenne tensión por el fantasma del separatismo.
En los últimos años, sin embargo, la alternativa independentista ha perdido fuerza. Esta erosión no se debe solamente a la resistencia sistemática del resto de Canadá, sino que también recibe el impacto de la inmigración en el tejido sociolingüístico tradicional. La globalización y la economía cambiante han desincentivado a los jóvenes. Reclaman puestos de trabajo y no presentan serias reivindicaciones lingüísticas y culturales más allá de lo razonable. No obstante, el 45% de los quebequenses todavía votarían por la independencia en un referéndum repetitivo del ejecutado en 1995, cuando el nivel de separatismo fue del 49,5%.
En el fondo, la preocupación de los jóvenes es similar a la de los inmigrantes, casi medio millón en una década. Pero si en los 80 los recién llegados eran de extracción fundamentalmente europea, en los últimos años más del 40% son de origen magrebí. Aunque comparten con el resto de los nuevos canadienses su deseo de pertenencia, y muchos fueron escolarizados en Argelia y Marruecos en francés, no están bajo el influjo de la llamada del pasado, les resulta ajeno el lema de las matrículas de los automóviles: «Je me souviens». Si de algo se acuerdan es del hambre y de la exclusión que les obligaron a emigrar.
En el contexto general del Canadá, las nuevas fuentes de desacuerdos, siempre con el potencial de dañar la identidad canadiense, curiosamente proceden de dos terrenos diferentes. Uno es paradójicamente la religión; el otro es la posición no solamente hacia los Estados Unidos, sino muy especialmente acerca de la actitud en un contexto creado por las vicisitudes del gigante sureño. Mientras en la región quebequense con el paso del tiempo se ha estabilizado el trueque de la tutela del bienestar público de la iglesia al Estado, en regiones anglófonas se experimenta un renacimiento incómodo de la
amenaza contra el laicismo oficial.
En la próxima elección, si el líder conservador de Ontario John Tory tiene éxito, se puede insertar la propuesta de convertir en públicas (con todos los beneficios de subvención) a las escuelas privadas de confesión religiosa. Este plan situado en el contexto histórico tradicional significaría simplemente un especial status para escuelas
católicas y algunas protestantes. En el escenario actual abre la puerta para que los impuestos sufraguen la enseñanza bajo el más puro fundamentalismo islamista.
La actitud hacia los Estados Unidos, parte integral de la identidad canadiense, ha adquirido un perfil novedoso en el último lustro debido a las consecuencias del 11 de setiembre. Si en los primeros pasos de la nación canadiense, incluso mientras todavía era colonia británica, la amenaza procedía de los Estados Unidos, en la actualidad la dirigencia política ha tenido que hilar muy fino para combinar la lealtad estratégica hacia Washington con la desconfianza por la nueva actuación de Washington en el mundo.
El antiamericanismo larvado resurge con facilidad por las medidas restrictivas fronterizas que convierten la existencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta) en una broma.
De todas formas, todavía el 80% de los canadienses consideran que los dos países son muy similares en su localización en el teatro global. Reino Unido y Australia disfrutan de similar favor, y Francia recibe una aprobación del 72%. Pero México ya desciende al 52%, y el Líbano apenas es considerado como afín por el 17%. Este dato quiere decir que es muy difícil mantener indefinidamente al compromiso internacional del que Canadá siempre ha hecho gala a lo largo del último siglo. Ha cimentado su solidez como nación y ente político en la experiencia de la guerra y en su participación generosa y sin reticencias en los conflictos mundiales, al lado de Washington y Londres.
De ahí que cuando Canadá recibió la llamada de colaboración a raíz del 11 de Setiembre, los soldados canadienses se han destacado en Afganistán. Pero los errores de Washington y las nuevas tendencias sociales han producido que los canadienses hayan perdido progresivamente el entusiasmo de ser «pacificadores» en lugar de «guerreros». Por eso el primer ministro Stephen Harper está bajo fuerte presión para no extender la presencia del contingente canadiense en la peligrosa zona de Kandahar más allá del límite parlamentariamente pactado de 2009. No es una buena perspectiva para la despedida de Bush, al que Harper puede dejar en la cuneta. *
(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (COPYRIGHT IPS)
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