Cuando le reclamaron a Lenin por las obras de arte "requisadas"

Un día de noviembre de 1917

Moscú, AFP

Nacida el 5 de noviembre de 1902 en la antigua capital imperial, Elizaveta Eveseevna contó recientemente a la AFP esta sorpredente entrevista con el líder de la revolución comunista rusa.

Cuando las estatuas de Lenin han sido ya derruidas en toda la extinta Unión Soviética, desaparecida por implosión en 1991, esta anciana de 98 años, evoca su infancia de niña burguesa tomada de improviso por la tormenta revolucionaria que derrocó la monarquía de los zares.

Hija de un célebre abogado judío de San Petersburgo, Elizaveta vivía en un apartamento de seis habitaciones de la avenida Nevski –cuyas paredes tapizaban cuadros de Ilya Repin, Rembrandt o Goya–, cuando se desató la Revolución de Octubre en la noche del 6 al 7 de noviembre de 1917 (según el antiguo calendario juliano, el 25 de octubre).

Su relato se inscribe en los «diez días que conmovieon al mundo».

En abril de aquel año, Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, regresó de su exilio en Suiza para presentar sus «tesis» en las que descartaba cualquier colaboración con el Gobierno democrático de Alexander Kerenski.

Lenin exigía la nacionalización de los bancos, el control obrero de las fábricas, tierras para los campesinos, paz inmediata con Alemania (aún duraba la Primera Guerra Mundial) y transferencia del poder a los «soviets», los comités de obreros y soldados revolucionarios.

Tras un primer intento de insurrección abortado el 16 de julio, Lenin huye a Finlandia. El 5 de noviembre, vuelve a Rusia y, con Trotski, decide desencadenar el levantamiento al día siguiente.

En la noche del 6 al 7, la Guardia Roja y otras fuerzas, a las órdenes del comité militar revolucionario, se apostaron en lugares estratégicos de la ciudad: estaciones, centros de comunicación, ministerios… El día 7, el crucero «Aurora», llegado de la isla de Cronstadt, dispara contra el Palacio de Invierno.

Kerenski huye, el Congreso de los Soviets designa un Consejo de Comisarios del Pueblo, presidido por Lenin, con Trotski como encargado de Relaciones Exteriores y Stalin, de las Nacionalidades.

«Regresa tranquilamente a tu casa»

En pleno caos, a la casa de Elizaveta Evseevna llega una gente «que puso todo patas arriba y se marchó llevándose las joyas de mamá y los cuadros», recuerda. «Ante las lágrimas de mi madre, mi padre decidió ir al Instituto Smolni para ver a Bonch Bruevich, un cercano colaborador de Lenin».

El Smolni, anexo a un gran monasterio construido en 1806, era hasta 1917 una pensión para muchachas de familias nobles. Después, un lugar donde se instalaron los soviets de trabajadores.

«Mi padre me llevó con él, yo era entonces una joven colegiala con largas trenzas, y en los pasillos del Smolni nos encontramos con Lenin», afirma Elizaveta.

«Lenin nos acompañó al despacho de Bonch Bruevich y escuchó nuestra historia. Luego me dijo: ‘Regresa tranquilamente a tu casa, vamos a enviaros vuestros cuadros y vuestras joyas’. Y mandó un automóvil con dos hombres para hurgar en todos los lugares de reunión de marineros», continúa la anciana.

Las joyas y los cuadros fueron devueltos a sus propietarios, asegura la familia, aunque las obras de arte acabaron en un museo años más tarde. Por entonces, el poder bolchevique acababa de nacer. La gran revolución de aquel octubre-noviembre abrió «una nueva era en la historia de la humanidad», según se leía en la Gran Enciclopedia Soviética. Aún transcurrieron siete años, cuatro de ellos con una guerra civil sangrienta, antes de que se proclamara la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Lenin murió en 1924, Trotski fue marginado en 1926 y Stalin ejerció desde entonces un poder feroz durante más de tres décadas sobre el imperio soviético, que se derrumbó en 1991, dos años después de que, también en una noche de noviembre, cayera el muro de Berlín.

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