Una costosa campaña

Washington, AFP

Cantidades siderales de dinero fueron inyectadas a las campañas para las elecciones presidenciales y legislativas de Estados Unidos obligando a los candidatos a dedicar tiempo y esfuerzo en una frenética carrera en busca de fondos.

Aunque el fenómeno no es nuevo –las elecciones estadounidenses se juegan tradicionalmente a golpes de dinero– jamás las arcas de las campañas estuvieron tan llenos y los bolsillos tan vacíos, haciendo de las elecciones generales del martes las más caras de la historia de Estados Unidos.

El gobernador republicano de Texas, George W. Bush, recibió la suma récord de 176,4 millones de dólares para abrirse camino a la Casa Blanca, según el independiente Center for Responsive Politics.

Su rival, el vicepresidente demócrata Al Gore, recibió 128 millones de dólares, según el mismo instituto, que investiga los fondos partidarios. Esas cantidades incluyen los 67 millones de dólares que el Estado federal entrega a cada candidato.

A título de comparación, el instituto dijo que 106 millones de dólares fueron recogidos durante la campaña hacia las elecciones de 1992 y 230 millones en las de 1996. En las de 2000 el total será de unos 335 millones de dólares, incluido lo que gastan los candidatos presidenciales de los partidos más pequeños.

La campaña hacia el Congreso no le va en zaga. La batalla por el sillón de senador por Nueva York que libran la primerta dama Hillary Clinton y el republicano Rick Lazio podría ser la más cara de la historia. Al 20 de octubre, Lazio había recibido unos 29 millones de dólares y Hillary Clinton 24,8 millones.

El costo total de todas las campañes presidenciales, legislativas y locales será de unos 3.000 millones de dólares, según estimaciones concordantes.

Varios factores intervienen para explicar tamaña cantidad. El duelo presidencial es excepcionalmente parejo, el control del Congreso está en juego y las campañas se tornan cada vez más caras debido a la proliferación de anuncios en televisión cuyo costo consume la mayor parte de los presupuestos.

La búsqueda de fondos traduce también una vinculación cada vez más estrecha entre el dinero y la política, como lo testimonia el propio presidente Bill Clinton, quien se ha transformado en un recolector de recursos para su Partido Demócrata.

Desde comienzos de año, Clinton participó en casi 200 reuniones convocadas para conseguir contribuciones.

Las numerosas apelaciones a depurar el sistema, prohibiendo por ejemplo algunos tipos de donaciones, permanecen en letra muerta.

Ese es el caso de las contribuciones ilimitadas conocidas como «dinero blando» (soft money); aportes de empresas, particulares o comités de acción política que se destinan a financiar actividades partidarias pero que no pueden ser volcados directamente a fines electorales.

Al Gore, que encabezó en 1996 su campaña de recolección de fondos, desafió a Bush en setiembre a no utilizar ese tipo de fondos pero su adversario no recogió el guante.

«Es difícil exigir que se prohíba el dinero blando en medio de una campaña presidencial (…) Sería como decir: nosotros ya disparamos nuestros cartuchos, ahora ustedes depongan las armas», dijo.

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