Al Gore y George Bush, hijos devotos de dos madres dominantes y con experiencia política

Edipo reinará en la Casa Blanca

Gore es afectuoso con su madre Pauline hasta el extremo de la decencia: «durante 52 años ha sido mi maestra y mi modelo», dijo el demócrata.

Los sentimientos de George W. por su progenitora Bárbara se convirtieron en ley cuando en 1995 el senado de Texas, el estado que gobierna, aprobó por «unanimidad» una moción que la declaró «tesoro nacional de todos los ciudadanos».

Al y George ejercen la política del ADN: el primero es hijo de un senador, el otro tiene un abuelo senador y es hijo del penúltimo presidente de Estados Unidos, además de diputado, senador, director de la CIA, embajador y vicepresidente.

Ambos han imitado las carreras políticas paternas pero sus respectivos caracteres se plasmaron en la relación con las mujeres que le dieron la vida.

Pauline y Bárbara, las dos aspirantes a «Primera madre» tienen una experiencia en política para dar cátedra y en conjunto acumulan un siglo de vida en los edificios del poder.

Pauline LaFon Gore a los 88 años, afectada por un ataque cerebral, es hoy conocida, sobre todo, por ser la madre de Al pero en los años 60, cuando su esposo Al Senior era senador, la mujer era su consejera más confiable.

Pauline se graduó en la Escuela de Derecho de la Universidad de Vanderbilt y ayudó a forjar la nueva imagen de la mujer de un político participando activamente en la campaña política del hombre con el que se había casado en 1937.

Era una especie de Hillary antes de tiempo, en épocas en que todavía no maduraba la posibilidad de lanzarse a la arena política en primera persona, y entonces se dedicó en cuerpo y alma a su hijo.

Desde la infancia Al Gore vivió una vida de comunicado de prensa: «ceno siempre en casa porque no quiero dejarlo solo», es la versión inventada que Pauline brindaba de su vida en Washington.

Según los psicólogos, Al aprendió de su madre a adornar la verdad sin necesidad, una tendencia que le causó problemas en la campaña electoral.

También es visceral la relación de George W., de 54 años, con Bárbara, cimentada cuando le tocó a él hacer de payaso para consolarla tras la muerte por leucemia de la hermanita Robin, dada la ausencia del padre por trabajo.

«Debo quedarme en mi casa a jugar con mi mamá», dijo el niño devenido en gobernador de Texas a un amiguito.

Su madre conmovida por la situación se hizo fuerte para superar la depresión y el llanto que le provocó hasta las primeras canas a los 28 años.

Sin embargo, no es este el episodio emblemático de la relación entre madre e hijo.

A mediados de los años 60, con el padre ausente de la ciudad, fue George quien llevó a su madre al hospital, luego de un aborto espontáneo.

«Conducía –reveló ella– y me dijo: ‘¿No crees que debemos hablar antes de que hagas otros hijos?'».

En marzo pasado, la madre del republicano fue homenajeada por la casa de estudios donde se graduó como abogada, al recibir el título de la ex alumna del año.

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