El colmo del cinismo por parte de los torturadores de Guantánamo, Abu Ghraib y las cárceles secretas

Bush prohíbe las torturas…

EL DECRETO DICE que deben aplicarse las disposiciones de las convenciones de Ginebra sobre el trato de prisioneros de guerra a los detenidos o sometidos a interrogatorios de la central de Inteligencia. En setiembre de 2006, cuando por fin reconoció la existencia de prisiones secretas de la CIA en Europa ante las evidencias proporcionadas desde múltiples fuentes, Bush declaró que nadie había sido torturado en dichas prisiones. Ahora parece que le entró la duda. El decreto prohíbe también denigrar la religión, las prácticas o los objetos religiosos de los detenidos, ante lo cual cabe recordar que en Guantánamo se arrojaba el Corán a los inodoros. El director de la CIA, Michael V. Hayden, ordenó a sus funcionarios cumplir con el decreto. Faltaba más.

 

La tortura como método permanente

El mundo recuerda con horror la serie de fotos que documentaban las torturas espantosas infligidas a los presos de las cárceles de Abu Ghraib, en Bagdad, que revelaban la inaudita degradación humana de los torturadores, integrantes de las Fuerzas Armadas de EEUU que cumplían directivas emanadas de la superioridad y contaban con absoluta impunidad. Todo se hacía con conocimiento de los mandos militares y del jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, aunque éstos pretendieron negarlo. Las mismas prácticas se utilizaban discrecionalmente en Guantánamo y en las cárceles secretas en Europa, sobre todo en Rumania y Polonia, con complicidad de los gobiernos de esos países, lo que revela la degeneración en que han caído. En cuanto a Guantánamo, la Corte Suprema de Estados Unidos estuvo envuelta durante tres períodos en discusiones bizantinas acerca de si allí rige o no la Constitución de EEUU, pero mientras tanto se seguía torturando a mansalva y el medio millar de presos permanece en un limbo jurídico, sin abogados, sin contacto con sus familiares, aislados del mundo. Y se los agraviaba, además, en sus sentimientos religiosos.

Sobre este tema se registró recientemente una nueva vuelta de tuerca. El periodista Seymour Hersh publicó en «The New Yorker» una entrevista al general Antonio Taguba sobre la investigación que se le encomendó sobre los abusos en Abu Ghraib. Taguba reveló que aún no se han dado a conocer las peores imágenes de las torturas en esa prisión bajo mando estadounidense, como la de un policía militar que sodomiza a una prisionera iraquí. El Pentágono y los altos mandos estaban interiorizados de esa situación cinco meses antes de que Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, testificara ante el Congreso que recién entonces se había enterado. Todas esas fotos circulaban desde enero de 2004 y en mayo de ese año Rumsfeld declaró ante el Congreso que recién las había visto, y lo mismo hizo su segundo de a bordo de entonces, Paul Wolfowitz, de tortuosa historia tanto en el Pentágono como en el Banco Mundial, de donde lo echaron por corrupción.

 

Torturas y asesinatos impunes

El informe entregado por el general Taguba en marzo de aquel año concluía que «numerosos actos de abuso criminal sádico, flagrante y desenfrenado fueron infligidos a varios detenidos», en lo que constituyó «un abuso sistemático e ilegal». La consecuencia fue que a Taguba lo sacaron del servicio activo. Ninguno de los mandos militares ni de la CIA sufrió pena alguna. Incluso Rumsfeld se mantuvo en su puesto, y voló después porque era impresentable y por el fracaso de la guerra de Irak. Apenas algún (o alguna) militar subalterna ofició de chivo expiatorio. Y después se echó tierra sobre el asunto.

Lo mismo ocurre con los crímenes inauditos perpetrados por las tropas de ocupación, cuyos autores son inimputables, con la excepción de alguno al que le hacen pagar el pato años después.

Una corte marcial de California investiga la matanza efectuada por un grupo de marines en la ciudad mártir de Faluya (que fue bombardeada con fósforo vivo), los que fusilaron a ocho prisioneros de guerra iraquíes desarmados e indefensos.

En Bagdad, soldados borrachos mataron por divertirse a todos los habitantes de una casa y violaron a las jóvenes. Ahora, dos soldados yankis están acusados por asesinatos de iraquíes cerca de la ciudad petrolera de Kirkuk, en el norte, «en un nuevo escándalo que afrontan las fuerzas estadounidenses en Irak», dicen los cables en referencia a esa jornada que se saldó con un centenar de víctimas.

Ya se conocen los «daños colaterales» y las víctimas del «fuego amigo», que se incrementaron considerablemente en Afganistán en el último período, desatando la protesta de los gobernantes adictos a EEUU. Ahora se incorporan las amenazas contra Pakistán, agregadas a las que siguen latentes contra Irán. El portavoz de la Casa Blanca dijo el jueves que Bush no excluye ataques aéreos contra las zonas tribales paquistaníes.

 

La escuela de torturadores de Mitrione, Sáenz y Cantrell

Por estas tierras también conocimos, en el período predictatorial, las actividades de estas escuelas de torturadores. Del mismo modo que el ex agente de la CIA Philip Agee describió la organización de los atentados terroristas en la década del 60 en connivencia con militares y policías que después participaron en el golpe del 27 de junio de 1973, el libro del cubano Hevia Cosculluela, que fue secretario y traductor de los agentes del FBI y la CIA Dan Anthony Mitrione, Sáenz y Cantrell, ilustra sobre las actividades de estos especialistas en terrorismo y adiestradores en materia de torturas. Sin olvidar que las bases del Canal de Panamá (que EEUU tuvo que llevarse a otra parte) eran escuelas de tortura y de la doctrina de «seguridad nacional». *

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