Siria: ¿Una dictadura sin dictador?
Bashar Assad nunca pensó en sus años de estudios que habría de heredar el poder de su padre. El favorito para heredar al dictador sirio Hafez el Assad, fallecido en 2000, era su hermano mayor Basel, que a diferencia de Bashar tenía una marcada vocación política. Pero Basel falleció en un accidente de automóvil en 1994 y el partido de gobierno Baath decidió no correr riesgos. Fue electo el joven oftalmólogo formado en Inglaterra para asegurar la continuidad y presunta legitimidad del régimen. Hace poco más de un mes, el Parlamento dominado por el partido Baath fue nominado para un segundo término de siete años y el domingo pasado el electorado sirio ratificó a Bashar Assad como presidente de Siria por un porcentaje de 97,29% de los votos. Lo singular de este referéndum popular es que no hubo ningún otro candidato: la única opción dada a los opositores era marcar un pequeño círculo gris.
Cuando Bashar Assad tomó el poder en 2000 muchos sirios pensaron que el joven líder convertiría a su país en una democracia, liberaría a los prisioneros políticos y modernizaría el país con reformas políticas y económicas. Pero estas esperanzas se desvanecieron muy pronto. La represión ha sido sostenida, provocando las críticas de organizaciones de defensa de los derechos humanos en el mundo. En los últimos dos meses, seis críticos del gobierno han sido condenados a penas de entre seis y 12 años de prisión. Según la agencia Associated Press, Hassan Abdul Azim, un vocero de la Unión Árabe Socialista, dijo que los miembros de la Declaración de Damasco, un grupo de organizaciones opositoras, habían boicoteado el referéndum del domingo. «Reclamamos una enmienda para que las nominaciones no se limiten al partido Baath y otros candidatos tengan chance de competir por la presidencia.»
El vicepresidente Farouk el Sharaa dijo a los periodistas luego de votar en el referéndum que el «liderazgo de Assad constituye una «garantía nacional» por su «visión, sabiduría y coraje».
En sus primeros años en la presidencia Bashar Assad pareció muy lejos de tener la autoridad que tiene hoy. Incluso sus detractores le daban el beneficio de la duda. Se hablaba de Siria como de una dictadura sin dictador. Pero hoy, ningún observador extranjero bien informado cometería el error de minimizar las habilidades políticas de Bashar Assad. Si su padre era un duro jugador del ajedrez político, Bashar es un calculador maquiavélico que sabe desorientar a sus enemigos detrás de una máscara de falsa inocencia.
El mejor ejemplo es el Líbano. El 14 de febrero de 2005, 300 kilogramos de explosivos ante la caravana de coches del primer ministro del Líbano, Rafic Hariri, pusieron fin a su vida y a la de otras 18 personas. Este atentado estuvo precedido por otros asesinatos de periodistas antisirios en el Líbano y por la dura reprimenda al primer ministro por parte del general Rustum Ghazalla, jefe de la Inteligencia siria en el Líbano, por no aceptar la imposición siria de un nuevo mandato para el presidente Emile Lahoud, visto en el Líbano como un títere de Siria. El crimen causó una tal oleada de indignación que manifestaciones masivas llevaron al reclamo de terminar con la ocupación siria, que había demorado 30 años. En la elección general, que siguió al retiro, el bloque pro Hariri y sus aliados obtuvieron una mayoría en el Parlamento y formaron un gobierno que se propuso llevar a los criminales ante la Justicia. Como observa el periodista iraní Amir Taheri, radicado en Europa, en el Gulf News, un diario árabe del golfo Pérsico: «Siria, apoyada por Irán, trató de colocar la situación libanesa al rojo vivo para marginar el caso Hariri, que está siendo investigado por las Naciones Unidas. Una táctica de los sirios fue utilizar a Emile Lahoud, el presidente que impusieron a los libaneses, para paralizar al gobierno de Siniora. Bajo la actual Constitución libanesa, las leyes aprobadas por el Parlamento y sus nombramientos de funcionarios de jerarquía deben recibir el aval presidencial para entrar en efecto. Lahoud, cumpliendo consignas sirias, hizo todo lo posible por obstaculizar la toma de decisiones. El mandato de Lahoud termina en setiembre de este año pero los sirios tienen otra carta: el ambicioso general cristiano Michel Aoun, aliado de Hezbolá.
El verano pasado Hezbolá trató de aflojar las presiones sobre Siria provocando una guerra con Israel. Terminó perdiendo sus bases en el Sur del Líbano y centenares de sus combatientes. La guerra le dio a Siria un respiro, pero a un alto costo para Hezbolá y su patrono, Irán. Cuando se evidenció que ni una guerra con Israel podría detener la investigación del caso Hariri, Siria y sus aliados khomeinistas en Irán intentaron un golpe de Estado mediante manifestaciones y disturbios callejeros.
Durante meses Hezbolá y sus aliados cristianos prosirios sitiaron la sede del gobierno y lograron paralizar el trabajo de varios ministerios. Mientras tanto, continuaron los asesinatos políticos. Al haber fracasado en su plan de enterrar la investigación internacional del atentado contra Hariri, mediante la guerra contra Israel, un intento de golpe de Estado y el asesinato de opositores, Siria resolvió jugar a la diplomacia presentando a Occidente una presunta actitud moderada y negociadora.
Sobre la sinceridad de esta actitud expresa sus reservas Barry Rubin, autor del recientemente publicado libro «La verdad sobre Siria», en un artículo en el «Daily Star» (29/5/2007) de Beirut. Rubin escribe: «Recientemente han habido recomendaciones a los Estados Unidos para que ‘hablen’ con Siria. Sin embargo, el problema no es exactamente si hablar o de qué. El problema radica en que Occidente trata de tener una relación de largo plazo y de colaboración con Damasco, incluso de matrimonio político. Pero Siria ya está casada con Irán, un cónyuge dadivoso poseedor de una gran billetera. Además, no pasaría mucho tiempo antes de que el presidente sirio Bashar Assad solicite las llaves del Líbano, saque su coche y se negase a devolverlo.
» El régimen sirio y sus apologistas, y otra gente de buenas intenciones pero mal informada, está a favor de concesiones para empezar las negociaciones y mantenerlas a cualquier precio para demostrar las buenas intenciones occidentales. Pero ¿qué es lo que los negociadores pueden ofrecer a Siria sin que ello implique aun una mayor desestabilización de la región? ¿Deberían forzar al Líbano a ser una vez más una colonia de Siria? ¿Implantar en Irak el gobierno que quiera Damasco? ¿Dar dinero al régimen para permitirle una mayor libertad de acción? ¿Forzar a Israel a devolver el Golán y algo más de territorio israelí sin que Siria se comprometa a una paz permanente con Israel?
Taheri da sus propias respuestas a estas preguntas: «Todo lo que Siria necesita ahora es comprar tiempo, lo que hace cortejando a Pelosi y simulando un acercamiento al debilitado primer ministro israelí Ehud Olmert. Sin embargo, si se permitiera que estas tácticas dilatorias tengan éxito, esto tendría un efecto mortal sobre la política del Medio Oriente, mucho más allá del caso particular de Hariri. Esto daría un aval a asesinatos políticos como un arma legítima de política y daría un golpe muy importante a la ya de por sí tambaleante autoridad de las Naciones Unidas.»
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