El hombre está listo para habitar en el espacio

Cuando un grupo de astronautas llegue la próxima semana para pasar cuatro meses en la Estación Espacial Internacional (EEI), estará concluyendo un viaje que comenzó hace 19 años en el Capitolio de Estados Unidos.

Todo se inició en 1981 durante una audiencia de confirmación en el Congreso para el nuevo jefe de la NASA en el incipiente gobierno del presidente Ronald Reagan.

El programa Apolo que llevó al hombre a la Luna había concluido hacía tiempo, la flota de transbordadores espaciales ya había iniciado sus vuelos y los miembros del Congreso deseaban saber qué haría a continuación la agencia espacial estadounidense.

El administrador designado de la NASA, James Beggs, y el viceadministrador designado, Hans Mark, dieron una respuesta visionaria.

Ambos dijeron que el mundo necesitaba de un laboratorio orbitando el espacio, que estuviera abierto a la participación del sector privado y que sirviera también como punto de partida para viajes de seres humanos a la Luna, Marte y más allá.

Pasaron otros dos años para que la idea pudiera plantearse formalmente a Reagan y la iniciativa incluyó no sólo las posibilidades comerciales y científicas, sino también la idea de que la Unión Soviética estaba en plena capacidad de lanzar el mismo tipo de estación y que Estados Unidos debería tratar de ser el primero.

«Lo que me preocupa es lo que los soviéticos puedan estar tratando de hacer», escribieron Beggs y Mark en sus notas para una reunión con Reagan, en diciembre de 1983. «¿Qué están planificando volar a fines de la década de 1980 y en la de 1990? ¿Tendrán éxito en sus planes para dominar el espacio?»

Citando información de la CIA y de seguridad nacional, las notas dijeron que los soviéticos se proponían establecer una estación espacial permanente, de gran tamaño, con capacidad para que ahí residiesen hasta 20 cosmonautas.

Planteando el desafío soviético

«Los soviéticos han lanzado el desafío», decían las notas. «Los riesgos son enormes: liderazgo en el espacio para los próximos 25 años».

El 25 de enero de 1984, Reagan oficializó el cometido durante su mensaje anual sobre el Estado de la Unión: «Esta noche, estoy instruyendo a la NASA a que desarrolle una estación espacial permanentemente tripulada y que lo haga dentro de una década».

«La NASA invitará a otras naciones a participar de manera que podamos fortalecer la paz, cimentar la prosperidad y expandir la libertad para todos aquellos que comparten nuestros objetivos».

No ha sucedido precisamente de esa forma. Un año después del discurso de Reagan, la estación espacial soviética Mir inició sus operaciones y, a pesar de problemas bien publicitados, sigue todavía en órbita.

Y en 1986, el transbordador espacial Challenger fue destruido en una explosión a sólo segundos de su lanzamiento, causando la muerte de sus siete tripulantes y obligando a suspender las operaciones de la flota de las naves reutilizables durante más de dos años.

A medida que pasaban los años, los costos del transbordador aumentaron en gran manera y el Congreso se rebeló contra los gastos, mientras que los socios internacionales (las agencias espaciales de Europa, Japón y Canadá) fustigaban las imprevistas demoras y los cambios en el diseño que parecían afectar a los módulos de fabricación extranjera.

Pero la meta está ahora más cerca que nunca y, en algo que hubiera sido impensable en la era de Reagan, con la colaboración de la agencia espacial rusa.

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