"A Colombia no vuelvo ni loco"
Santiago Piedra – Enviado especial de la AFP
«No estamos locos para volver a vivir la psicosis que ya sufrimos al ver el genocidio entre nuestros propios hermanos. Sólo muertos, con los pies por delante, nos podrán regresar a nuestras tierras, que ya las damos por perdidas», expresó a la AFP un colono del Putumayo que «por miedo a represalias» sólo se identificó como Germán.
Desde que salieron hace diez días de un caserío vecino a La Dorada, uno de los escenarios de los enfrentamientos bélicos entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, marxistas) y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC, extrema derecha), Germán y sus allegados viven en un improvisado albergue montado en Lago Agrio.
El grupo aprovechó la apertura de un puente sobre el río San Miguel, frontera entre Colombia y Ecuador y que fuera inaugurado hace tres semanas por los presidentes Andrés Pastrana y Gustavo Noboa, respectivamente, para trasladarse a Lago Agrio, capital de la provincia de Sucumbíos, donde su nuevo hogar por ahora es una vivienda que era utilizada como guardería en el barrio Las Palmeras.
«El problema es muy grave allá en el Putumayo», manifestó Germán apuntando con su mano derecha hacia el norte, donde está el conflictivo departamento colombiano.
«El gobierno (del presidente Andrés Pastrana) tiene que reconocer que el problema de verdad es grave. Ahí están luchando entre sí los propios colombianos. Con las armas no se va a solucionar nada. Los colombianos necesitamos paz, paz pero con trabajo», añadió el colono putumayense, quien sostuvo no ser ‘cocalero’ por «mi convicción cristiana».
Germán, líder del grupo de refugiados, según anotó, reconocidos por el Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), atendió a los reporteros de la AFP mientras su gente levantaba temprano colchones colocados en el piso sobre los cuales había pasado la noche con el arrullo de los grillos.
«Somos siete familias que nos organizamos para venir a Lago Agrio. Queremos darles a los niños (once) un mejor futuro y eso no lo podemos conseguir en Colombia, donde la violencia es el pan de cada día», apuntó.
En ese momento interrumpió el diálogo para organizar la preparación del desayuno, en tanto que otros adultos son encargados de supervisar el aseo personal de los niños y del refugio.
Al regresar para seguir conversando, Germán apareció con un pequeño de dos años en sus brazos. «Es el último de mis hijos», señaló orgulloso, mientras el infante rompía en llanto.
«Todavía no se acostumbra. El cambio de ambiente lo tiene medio enfermo», agregó el colombiano, mientras en un tierno gesto, estrecha al pequeño vástago contra su pecho.
Con tono tajante, Germán enfatizó que «nos vamos a ir por la nacionalización. Queremos ser ecuatorianos y quedarnos aquí pero no como refugiados».
Subrayó que entre los proyectos que tiene en su mente están crear una asociación «que podría llamarse algo así como la Nueva Colombia» y conseguir apoyo para fundar una microempresa para realizar trabajos con cuero.
Tras la primera comida del día, los inquietos muchachos salieron a divertirse en unos despintados juegos infantiles vecinos al refugio, cuyo terreno ganado por la maleza había sido limpiado por los nuevos huéspedes, a la vez que las mujeres se alistaban para lavar la ropa detrás de la casa.
Y, como probando suerte en tierra ajena, el grupo de refugiados se vio incrementado con el nacimiento de un niño. Es hijo de Ana Milena Patiño, una mujer de 21 años que sostuvo que no piensa regresar a Colombia, pese a que su esposo, un jornalero, trabaja en una finca cocalera.
Patiño llegó a Ecuador en los últimos días de su embarazo con otros dos hijos, de 4 años y 22 meses.
«Estoy pensando bautizarlo con el nombre de Ecuador», dijo Patiño a quien todos sus paisanos ayudan para que el bebé se sienta cómodo.
Mientras tanto, los refugiados tratan de olvidar los cruentos combates que desde hace un mes libran guerrilleros y paramilitares por el control de Putumayo, uno de los principales departamentos colombianos productores de hoja de coca, con 50.000 hectáreas sembradas.
Colombia es el primer productor mundial de cocaína con un total de 520 toneladas anuales, de las cuales el 75% son exportadas al mercado de Estados Unidos.
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