Entre Olmert y Nasralla
El informe de la Comisión presidida por el juez Eliahu Winograd referente al desempeño de las autoridades políticas de Israel en la guerra del Líbano del año pasado fue terminante. Su dictamen de que los errores del Primer Ministro israelí, Ehud Olmert, «se convirtieron en un serio fracaso en materia de juicio, responsabilidad y prudencia» han dejado al gobierno en una posición sumamente precaria. Hasta ahora tanto Olmert como el ministro de Defensa, Amir Peretz, los principales ministros cuestionados han logrado resistir las presiones que reclaman su renuncia pero cabe dudar de que puedan mantenerse en el poder con un porcentaje de impopularidad del 68%.
Las presiones para la renuncia del Primer Ministro Olmert y el ministro de Defensa Amir Peretz se han multiplicado, tanto en el ámbito político como en los medios de difusión. El ministro sin cartera Eitan Cabel, quien también es secretario general del Partido Laborista, renunció reclamando la renuncia de Olmert. Su principal colaboradora, la ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, encabezó una rebelión dentro del partido de gobierno Kadima por ahora fallida para reemplazar al Primer Ministro. En la fluida situación actual tanto la situación del Primer Ministro como de su partido son una incógnita.
En la prensa los mensajes son categóricos. En «Yediot Ajaronot», Ariana Melamed titula «Olmert, Vd. está despedido» y en el «Jerusalem Post», Cameron Brown titula «Si Olmert no acepta el reclamo, éste irá a las calles». Las pocas voces de defensa de los jerarcas responsables por el manejo de la guerra del Líbano son débiles y vacilantes mientras que las voces adversas son numerosas y enérgicas.
¿Señala esta crisis un debilitamiento de Israel? ¿Implica el reconocimiento de las fallas del ejército israelí en la segunda guerra del Líbano un reconocimiento de derrota como lo sugiere gran parte de la prensa árabe? ¿No fue el nombramiento de la comisión Winograd por parte del gobierno israelí un bumerán que el Primer Ministro israelí pudo haber evitado?
Depende del punto de vista. Para países autoritarios o dictatoriales obsesionados por el honor y por la imagen, lo que Israel hace es un harakiri, un acto de estúpido masoquismo. Pero hay otras opiniones. Por ejemplo, es interesante un editorial del «New York Times» del 2 de mayo titulado «Un duro y sano veredicto en Israel», que contiene conceptos como éste: «Las comisiones investigadoras dotadas de facultades para actuar libremente constituyen una admirable y envidiable tradición israelí. Los israelíes saben que viven en un vecindario peligroso, en el que hay muy poco margen para aventuras militares mal planificadas y ejecutadas. Asimismo saben que la forma más rápida para recuperarse de costosos errores debe comenzar con el reconocimiento de cuáles fueron las fallas y quién fue el responsable. Sería muy bueno que en Washington pudiera arraigarse esta clase de honestidad constructiva.»
Un previsible entusiasta de las conclusiones de la Comisión Winograd fue Hassan Nasralla, el líder de Hezbolá, principal responsable y polémico beneficiario de la guerra del Líbano. Para Nasralla «es digno de todo respeto que una comisión designada por Olmert condene a Olmert».
Su reacción es totalmente lógica porque ninguna comisión nombrada por Nasralla se atrevería a condenar a Nasralla. Más aun, la formación de una comisión para juzgar la política de Hezbolá es imposible porque la organización tiene un argumento contundente en contra: sus armas y la amenaza de una nueva guerra civil. Si el estado libanés hubiera podido nombrar una comisión investigadora con plena libertad para dar a conocer sus conclusiones, sean cuales sean, seguramente Nasralla saldría mucho más mal parado que Ehud Olmert. Después de todo, los 1.200 muertos libaneses en la guerra no murieron por ninguna causa nacional genuina. No hay ningún conflicto territorial o político real entre Israel y el Líbano. El problema está en que el gobierno libanés no es dueño de su casa.
Basta recordar que el bloque libanés pro iraní liderado por Nasralla ha impedido la creación de una comisión de las Naciones Unidas para investigar el asesinato del ex Primer Ministro del Líbano Rafic Hariri en febrero de 2005. Esto, lamentablemente, no es lo más grave.
El Líbano vive una crisis política muy profunda provocada por el bloque liderado por Hezbolá, que aspira a tener el control del gobierno.
En la reciente reunión de los países árabes realizada en Arabia Saudita acudieron dos delegaciones libanesas y sobre el país de los cedros pende la espada de Damocles de la división o la guerra civil. Este año termina el mandato del presidente Lahoud y los dos bandos se preparan para la sucesión. Poco después de un viaje a Damasco, el general Aoun, aliado de Hezbolá, declaró que el tema de la presidencia «será decidido por el balance de fuerzas en el terreno».
El periodista libanés Michael Young, director de la sección de opinión del «Daily Star» de Beirut, comentó en estos términos estas declaraciones: «El general está amenazando con hacer regresar al Líbano a 1988, cuando él dirigió un gobierno militar y trató de resolver los problemas del país con el uso de la fuerza. Si la historia se repite como farsa, entonces la aceptación de Aoún de este plan demencial, asumiendo que es suyo, nos convertiría en protagonistas de una farsa muy sangrienta, que destruiría el ejército, nos llevaría a la guerra civil y seguramente quebraría al Líbano, quizás esta vez de manera irremediable, con sus distintas comunidades planteándose problemas de supervivencia».
Sin duda, a los dos contendientes de la guerra del Líbano del año pasado les ha ido mal. Pero si Israel tiene un grave problema de liderazgo que previsiblemente habrá de solucionar sin que tambaleen sus estructuras democráticas, el Líbano debe hacer frente a un proceso canceroso interno que amenaza a su soberanía y su identidad nacional. *
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