Una tragedia (norte)americana
Algo muy grave está pasando en Estados Unidos. La masacre inaudita en la Universidad de Virginia Tech el lunes 16 resuena como un aldabonazo. Esos 33 muertos y decenas de heridos remueven la conciencia del pueblo norteamericano e impactan hasta el último rincón del planeta.
No es la primera. A estas horas se ha recordado el caso del colegio de Columbine, en Colorado, en que dos liceales mataron a 12 de sus compañeros de clase y a un profesor para luego suicidarse. Ello ocurrió ocho años atrás, el 20 de abril de 1999, y adquirió difusión mundial por el formidable documental de Michel Moore, que además ahondó en una de sus causas: la permisividad absoluta en la venta de armas, que es un negocio como cualquier otro. Decenas de millones de personas andan armadas y pueden provocar desastres de todo orden. También se rememoró prolijamente una decena de otros sucesos fatídicos en establecimientos de enseñanza, incluso uno en 1927 en el estado de Michigan en que se superó el número de muertos.
Pero en este caso hay algo más. El presidente de la Universidad lo calificó como «una tragedia monumental». Me trajo a la memoria la novela de Teodor Dreiser con que titulo esta nota. Hay que preguntarse qué puede pasar por la mente de un individuo que perpetra una matanza después de la otra, en magnitud creciente, y tranca todas las puertas para comenzar a disparar en cada salón de clase, en una sucesión mortal.
Es que las matanzas, los atentados, los cuerpos destrozados, las ejecuciones, las torturas infamantes se han transformado en un espectáculo habitual, casi normal, para los norteamericanos, que los consumen a diario como las hamburguesas. Esas imágenes de muerte y destrucción, en que los seres humanos aparecen como desechos sin valor, inundan todos los días, sin excepción, las pantallas de televisión. Tan habituales se han vuelto que en la prensa escrita a esos hechos se les dedican pequeños sueltos en caracteres mínimos, salvo cuando el número excede la media habitual. Hoy en Irak está muriendo un centenar de personas por día, tres mil por mes. Las que sí aparecen siempre son las imágenes macabras.
Esto acontece en el país cuyos soldados han practicado las torturas horrendas en las prisiones de Abu Ghraib y en las cárceles secretas diseminadas por el mundo, y que las sigue ejecutando día a día en las cárceles de Guantánamo, en una afrenta a la conciencia de la humanidad. Todo esto aparece, y se reitera, en la televisión. Allí se ve además cómo la soldadesca norteamericana mata a familias enteras, acomete violaciones y asesinatos, irrumpe en las viviendas a sangre y fuego en Irak, como antes en Afganistán ametrallaron desde el aire a los asistentes a una boda, o en Kosovo a la gente que pasaba por un puente y atacaron embajadas, e incluso matan con el «fuego amigo» a las tropas de intervención de otros países o a sus agentes de seguridad..
Esto acontece en el país cuyo presidente hace gárgaras con la lucha contra el terrorismo y protege al más encallecido terrorista propio, hechura de la CIA de pura cepa, Luis Posada Carriles, cuyo historial envidiaría cualquier lugarteniente de Al Qaeda (que por otra parte fue creado de pies a cabeza por los servicios norteamericanos).
Todo esto, TV mediante, parece integrar el orden natural de las cosas. Y es el caldo de cultivo de las mayores aberraciones, como en el caso actual. No quiero ni pensar en el partido que le van a sacar al hecho de que al parecer el múltiple asesino es de origen asiático (en el caso, sudcoreano) para reproducir y magnificar al respecto todas las manipulaciones que vienen efectuando los medios norteamericanos sobre las guerras en Afganistán e Irak.
Estos días se registraron en cadena una serie de coincidencias en este culto a la muerte. En escala gigantesca y en dimensión reducida. Se ha evocado el holocausto, la muerte de seis millones de judíos en Europa a manos de los nazis. En nuestro país, el asesinato en prisión en 1984 del doctor Vladimir Roslik, el último crimen de la dictadura antes de ser expulsada de la escena. Escribo estas líneas el 17 de abril, aniversario de la matanza en 1972 de los comunistas de la seccional 20ª del Paso Molino, que fue algo así como la antesala del golpe de estado.
La sangre derramada en Virginia Tech es consecuencia del clima envenenado que genera la política de guerra a ultranza impulsada por Bush como su única estrategia en Irak y Afganistán, y plagada por añadidura de amenazas bélicas contra Irán, todo ello contra el pensar y el sentir de la comunidad internacional, de la mayoría de la opinión pública norteamericana y del propio Congreso. Hay que cambiar esa política y el culto a la muerte que engendra, similar al que en su hora glorificaron los falangistas españoles en la conocida frase de Millán de Astray. *
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