Cuando eligieron al primer Papa no italiano desde el año 1522

El sucesor 263 de Pedro

París, AFP

Su origen eslavo en una época en que la atea y comunista Unión Soviética domina Europa Central, así como su fuerte personalidad, colocaron desde buen principio su pontificado bajo el signo de la renovación.

Varios días antes, el 29 de setiembre de 1978, el papa Juan Pablo I (el cardenal Albino Luciani, elegido para suceder a Pablo VI) había sido encontrado muerto en su cama.

El breve lapso (33 días) de este Papa risueño y sencillo (demasiado sencillo, criticaban algunos) desconcertó a la Curia Vaticana, al punto de que su fallecimiento repentino suscitó rumores de todo tipo, desde una conspiración criminal hasta la mano del Espíritu Santo que corregía así el «error» cometido con su elección.

De lo que sí convenció a los cardenales la muerte del pontífice fue de que la Iglesia Católica necesitaba un jefe dotado tanto de categoría intelectual como de una salud robusta.

Enérgico y afable, deportista y orador cautivador, actor aficionado en su juventud, políglota, Wojtyla era casi un desconocido para la mayoría de los fieles. Pero no en el Vaticano, donde destacaba desde hacía años como integrante de varias comisiones.

Crecido en la muy católica Polonia, hijo de un obrero, él mismo obrero durante la Segunda Guerra Mundial, en la que luchó contra el nazismo al igual que más tarde lo haría contra el comunismo, doctor en Teología, Karol Wojtyla fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946.

Durante el Concilio Vaticano II, iniciado por Juan XXIII y terminado por Pablo VI, el futuro pontífice trabajó activamente en la comisión sobre el matrimonio. En 1964, fue nombrado obispo y, en 1967, Pablo VI lo eleva al rango de cardenal.

«El atleta de Dios»

Juan Pablo II imprimió a su papado un estilo particular desde el comienzo.

Gran viajero, tan cómodo ante las multitudes como en las reuniones con los poderosos, sabe utilizar los medios de comunicación de maravilla –sobre todo la televisión– para popularizar su mensaje, lanzado a los fieles al día siguiente de su elección: «No tengan miedo».

Su espontaneidad y la calidez de sus primeros discursos se ponen al servicio de un ‘enderezamiento’ muy firme. A los curas modernos de después del Vaticano II les recuerda la necesidad de exhibir un símbolo religioso y la exigencia del celibato. Reafirma la oposición de la Iglesia al divorcio y al aborto, potencia el culto a la Virgen, el rosario y la confesión.

En su centenar de viajes, visitó a la mayoría de los mil millones de católicos que viven en la Tierra, aunque no pudo visitar el país más poblado del mundo, China, ni Rusia.

Puso en cambio los pies en Cuba en 1998, y lanzó un mensaje original, pidiendo que la isla comunista se abriese al mundo, pero que el mundo se abriese también a ella.

Efectuó un total de 17 viajes a América Latina y no vaciló en desafiar a los dictadores que gobernaban «el continente de la esperanza» en los años 70 y 80 o en desempeñar un papel de mediador oficial entre Argentina y Chile, que en 1979 estuvieron a punto de ir a la guerra por un diferendo limítrofe en el Canal de Beagle.

En el plano político, Juan Pablo II marca distancias tanto con el marxismo como con el liberalismo. Se erige en campeón de la defensa de los derechos humanos, en el primer lugar de los cuales sitúa la libertad religiosa, pisoteada por los regímenes comunistas.

Al sistema capitalista le reprocha su egoísmo, su materialismo, el aumento del consumo de drogas, de la violencia y del libertinaje. Advierte a los países del Tercer Mundo contra el neocolonialismo y condena las dictaduras.

Y a todos les reprende por la carrera armamentista cuando la mayoría de la humanidad vive en la miseria.

Veintidós años más tarde, cuando el ‘atleta de Dios’ es ahora un anciano débil y enfermo, el fondo de su mensaje no ha cambiado. Entre sus logros quedarán la contribución espiritual al hundimiento del sistema comunista, la reconciliación de la Iglesia Católica con los judíos o la apertura de un diálogo interreligioso.

En el debe, dicen sus críticos, un discurso moral cerrado y una visión autoritaria de su misión.

Quizá esas convicciones le llevaron a dar un paso atrás en el propósito ecuménico el pasado setiembre, cuando una declaración vaticana negó que los protestantes constituyan una Iglesia y reafirmó la primacía de Roma, dando a entender que el único camino de salvación pasa por la Iglesia Católica, apostólica y romana.

Sin embargo, el Papa es tan capaz de esto como de rogar humildemente el perdón de Dios por los sufrimientos infligidos a los judíos por los cristianos a lo largo de la historia.

Así lo hizo en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén el pasado marzo, cuando –en este Jubileo del año 2000– cumplió su antiguo anhelo de visitar Tierra Santa para seguir los pasos de Jesucristo.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje