Carlos "Chacho" Alvarez se va con la intención de volver

Isidoro Gilbert

No quiere morderse la lengua y poder criticar, pero desde fuera del poder, para no perturbar a Fernando de la Rúa, pero para bregar por la vigencia de la Alianza en tanto mantenga sus objetivos. Si no, otras cosas podrán verse. En principio, vuelve al llano pero para volver al poder si consigue mantener el diálogo que cree que ahora tiene con la gente.

«Es su estilo, hace bien», explican sus adláteres, negando una programación de esa decisión que adoptó de todos modos no con el mejor ánimo. El ministro de Economía, José Luis Machinea, contó que lo vio demudado al finalizar la ceremonia del juramento del nuevo gabinete nacional y lo acompañó hasta la puerta de la casa de gobierno. La presencia del premiado ex ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, elevado a efímero secretario general de la presidencia y de otros personajes sospechosos de haber participado del escándalo que estalló en el Senado Nacional, no le dejó espacios y en su departamento de clase media en el barrio de Palermo tomó la decisión irreversible.

Ni el presidente ni llamados telefónicos de Raúl Alfonsín, que pidió verlo en su departamento, lo disuadieron. «Está decidido, Raúl», repitió una y otra vez. Los amigos del ex vicepresidente creen en la sinceridad del pedido del titular del radicalismo, no en la del jefe del ejecutivo.

Amén de sus problemas puntuales, la crisis de la Alianza exhibe un impresionante retraso político-cultural. Una coalición no es entre iguales, sino entre diferentes, y es entre los contrarios, aunque no antagónicos, donde se producen desencuentros, debates, a veces de fuerte tono.

La mayoría de los países europeos (o Israel) son multicolores y las convenciones de sus parcialidades están cubiertas de fuertes críticas, en ocasiones, hacia los otros integrantes de esas coaliciones. Socialistas, comunistas, verdes que forman la «Izquierda plural» de Francia, no ahorran reservas pero tampoco la búsqueda de consensos cuando discuten la marcha del gobierno.

La Alianza criolla es una coalición tan particular como el binomio presidencial, porque si bien no está conformada por fuerzas parejas, se deben respeto mutuo, más allá de los disensos, y convenir las cuestiones de base.

Desde este ángulo, tiene razón el peronista Antonio Cafiero cuando reprochó a De la Rúa que no haya consultado con Alvarez los cambios ministeriales, ya que, de haberse producido, no se hubieran incorporado las personas que dieron pie a la dimisión.

Una cuestión filosófica

El presidente quiso dar una exhibición de fuerza dirigida a los grandes grupos económicos y a su propia tropa: asume las facultades que otorga al presidente la carta magna sin recordar que en diciembre el elenco ministerial fue producto del consenso.

El texto de la dimisión no está exento de dramatismo y de reivindicación de su actitud anticorrupción. No quiso cambiar su retorno por la cabeza de Flamarique, ni aparecer como quien quiebra la Alianza frente a la gente. La coalición es producto de un deseo ciudadano.

De la Rúa integró un gabinete a su imagen y semejanza. Los toques radical y frepasista diluyen la idea liminar de Alianza. De esta movida emerge un superministro que debe revertir la larga recesión, exhibir signos creíbles de que las cosas podrán cambiar en el futuro, una perspectiva que el propio ministro ayer comenzaba a dudar ante las novedades. Si el crecimiento económico sigue siendo módico, no solamente está en peligro su futuro sino las posibilidades de un segundo turno para De la Rúa.

Una filosofía dominó las acciones del presidente: que este nuevo gabinete no es una consecuencia ni respuesta a la crisis desatada en el Senado Nacional por los supuestos sobornos para aprobar la ley laboral.

Al igual que Menem, adhiere a que, en todo caso, habrá que esperar la decisión judicial sin entender que en la sociedad está instalada la idea de que la corrupción también esta enquistada en el gobierno y por ende las respuestas son políticas. No es la que emite la reorganización ministerial.

Si así no fuera, no hubiera ratificado como jefe de los espías a Fernando de Santibañes, políticamente implicado en el escándalo, y menos aún hubiera tenido un fuerte papel como viejo consejero presidencial en esta movida que afectó al vicepresidente y a la otra pata de la Alianza: Alfonsín.

Tampoco hubiera sido elevada la jerarquía política para Flamarique. Justo o no, su nombre se vinculó al affaire y su desplazamiento del Ministerio de Trabajo había sido reclamado públicamente pon Alvarez, para que no siguiera desgastándose en ese lugar donde no podía ya hablar mano a mano con ningún sector sindical. «Ahora hasta (el senador nacional Emilio) Cantarero puede pedir regresar cuando termine su licencia, como si aquí no pasó nada. Lo sintió como una ‘provocación’, no que le hayan querido marcar la cancha», comentan en el Frepaso.

Flamarique se ganó la confianza de De la Rúa y Santibañes y dicen sus críticos que influía sobre ambos, lo que explica por qué su fino olfato no lo utilizó para prever que podía ser el responsable de la crisis que también lo arrastró a él y tal vez en el futuro a otros más. Gesto tardío: Alvarez mantuvo su renuncia y el presidente quedó más gastado que antes por no negociar.

En un encuentro del bloque de senadores del justicialismo, Carlos Corach advirtió que habría que bajar los decibles contra el vicepresidente porque «sin Chacho no hay solución a la crisis que nos envuelve a todos». No fue escuchado. Tampoco el presidente parece haber tenido en cuenta qué ideas están instaladas en el imaginario popular.

Tal vez por eso regresó al mensaje que le dio meses atrás a los senadores peronistas cuando asomaron las primeras evidencias de que algo podrido olía en el palacio de los padres de la patria: lo del soborno son macanas, fue el mensaje que se llevó Augusto Alasino cuando era mandamás de su bloque peronista. Más tarde, la presión que ejerció Chacho fue modificando el discurso presidencial. Pero quienes hablan con De la Rúa aseguran que nunca creyó en las denuncias.

El imaginario popular

El imaginario popular puede entender la operación ministerial como objeto para cubrir con un manto de olvido, impunidad dirán otros, lo ocurrido. Para peor, en la cartera de justicia fue despedido Ricardo Gil Lavedra para dar lugar al hermano del presidente, Jorge, un constitucionalista estimado y «a la izquierda de Fernando»: el paso puede ser considerado como otra pieza del rompecabezas de protección.

Para esta cara del episodio se podría decir que el tráfico de sueños es un delito como el tráfico de influencias y hace mucho más daño.

La explicación presidencial sobre relevos y ascensos no es convincente. El descontento sobre la marcha del gobierno obedece a algo más que a su operatividad. En definitiva, De la Rúa clausuró un debate sobre qué caminos había que tomar para reactivar la economía, poder comenzar a revertir la desocupación, donde hubo opiniones encontradas.

A su manera y con sus estilos, el ex jefe de gabinete, Rodolfo Terragno, y el de Infraestructura, Nicolás Gallo, expresaban al «desarrollismo» de nuevo cuño, algo que ver con la concepción, sobre todo en el ex jefe de gabinete, que implantó en los 60 Arturo Frondizi. Los dos postulaban políticas activas para no dejar en la mano invisible del mercado la asignación de recursos. Estas ideas chocaron tanto con el presidente como con el fortalecido Machinea y su superministerio.

Con todo, Alvarez y Alfonsín lo han preferido siempre, pensando que Machinea es un progresista. ¿Una mala percepción? Hay varias interpr
etaciones. Una supone que el fracaso del ministro de economía abriría paso a un ortodoxo como el titular de Defensa, Ricardo López Murphy, un escenario que los dos líderes no desean y la otra parte de la base de que Machinea no dejó en el desván sus concepciones y que ahora que ha dominado el tema fiscal, exhibirá, sin trabas por las peleas internas, que es capaz de darle al país un envión.

A Terragno lo dañó el ideologismo. Es de los que creen que Edison o Lumiere o los científicos han hecho mucho más por el ensanchamiento de las posibilidades humanas que Washington, Lenin o Mitterrand y por ello políticamente no es tan diestro como con su pluma. Si sus características le abrieron la puerta de salida, el reemplazo, el banquero y operador Chrystian Colombo abre la ventana a un entendimiento con sectores del peronismo. «Es el puente entre Menem y De la Rúa», confesó un ideólogo del primero.

Disenso y gobernabilidad

Alvarez reclamó días atrás el derecho al disenso, pero advirtió que éste tenía un límite: si ponía en tela de juicio la autoridad del presidente y se daba la imagen de ingobernabilidad. Ahora que llevó sus diferencias al límite, ¿queda dañada la gobernabilidad? Es lo que se preguntan en Wall Street los operadores vinculados por negocios con la Argentina. El dimitente, al proclamar en su texto de renuncia, verdadera plataforma de lanzamiento, su «lealtad» al presidente, envía mensajes a los mercados.

Es que repetía últimamente: si era la voz crítica del gobierno priorizando un perfil ideológico, el gobierno era inviable y esa sociedad que está esperando que esto salga bien se verá frustrada.

Las experiencias muestran que las minorías independientemente de su status social o su poder cambian las opiniones de un grupo mayoritario, a condición de su originalidad para interpretar el espíritu de la época y sus convicciones. ¿Alvarez cree que está en ese camino? Ha recogido un inmenso caudal político pero debe demostrar, cosa que no pudo en el pasado, que puede darle además organización y participación para escenarios de entendimientos hoy abiertas.

Por ahora, dentro de la Alianza y rescatar un proyecto dañado por garrafales errores políticos del presidente. Hay aroma de fin de un sistema de hacer política, que dará paso a otro con reagrupamientos detrás de esta figura que se llama Carlos «Chacho»Alvarez. Pero, todo a su tiempo.

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