La Nación contra el Informe de Bush
OIMOS EL INFORME de Bush a la Nación al término del partido de Uruguay con Brasil, seguido por la réplica de los legisladores demócratas (como es de práctica en Estados Unidos) y los comentarios subsiguientes de muy diversas fuentes, todo lo cual nos permite concluir que el presidente se encuentra cada vez más solo en su aventura bélica en Irak, con un capital político cada vez más reducido, y sus críticos están en su momento más fuerte desde 2001. Incluso varió el escenario: detrás de él se hallaba la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, y no los conmilitones de su partido.
Esto es consecuencia de la debacle sufrida por los republicanos en las últimas elecciones, en que perdieron la mayoría en ambas cámaras y en las gobernaciones.
Pero ante todo hay que ver en estos hechos el peso de la opinión pública, que, según encuestasanteriores al informe, se opone en un 70% a la continuidad de la guerra en Irak y al envío de un número suplementario de soldados (que ya se está verificando, por otra parte). Señala un corresponsal que Bush ofreció este mensaje «cuando una abrumadora mayoría del pueblo rechaza su propuesta para Irak y su índice de aprobación general se ha desplomado al punto más bajo, alcanzando niveles parecidos a los peores días de Richard Nixon». Esto no se refiere sólo a los demócratas e independientes, sino incluso a republicanos que abandonan el barco, como es notorio.
Dijo el mandatario que «el Congreso ha cambiado, pero no nuestras responsabilidades» (the Congress has changed, but our responsabilities have not). Y defendió su «nueva estrategia» en Irak (que en realidad es la línea adoptada desde la invasión de 2003, acrecentada con más tropas y más recursos), alegando que no existe otra opción para ganar en la gran confrontación «contra el terrorismo» según surge del examen que efectuó conjuntamente con sus comandantes. Dicho sea de paso, esto significa tirar a la basura las setenta y tantas recomendaciones del informe de la Comisión bipartidista James Baker-Lee Hamilton. Pero todo indica que este curso de acción chocará con enormes resistencias. En primer lugar, de la opinión pública. Además, el Congreso no va a votar los recursos solicitados. Esto surge claramente de las intervenciones de réplica de los demócratas, el senador por Virginia y Xavier Becerra, el representante por California (éste hablando en español, toda una novedad). Ambos afirmaron rotundamente que no debía enviarse más tropas al frente de guerra y que los soldados debían regresar a casa. Lo dijeron en los dos idiomas «para que se entienda bien», como en el verso de NicolásGuillén.
Otra particularidad del informe es que en ningún momento se mencionó a Saddam Hussein. Sin duda porque su ahorcamiento y las circunstancias que rodearon esta salvajada se tradujeron en una condena universal y sin atenuantes contra Estados Unidos, sus tropas de ocupación, culpables de las matanzas y las torturas más abominables, y contra el gobierno pelele que montaron a su imagen y semejanza. En las horas previas al discurso se produjo además otro hecho altamente significativo. El senador republicano John Warner, ex presidente del Comité de Fuerzas Armadas y ex secretario de la Marina presentó, junto a otros tres senadores republicanos y uno demócrata, un proyecto de resolución legislativa en rechazo al envío de mayor número de tropas, solicitando examinar otras opciones ya que la solución a la crisis en Irak debe ser política antes que militar.
Como trasfondo, el baño de sangre en Irak no cesa, por el contrario. Se acrecienta el número de muertos entre la población civil y los soldados estadounidenses, que hace tiempo sobrepasaron las víctimas de las Torres Gemelas. El mismo día en que Bush pronunciaba su informe, se registraban los más sangrientos episodios en Bagdad, con un centenar de muertos. En los últimos tres días habían perecido 27 soldados estadounidenses.
A esto se agrega una situación crítica en el plano interno. Esta semana comenzó el juicio a Lewis Libby ( mano derecha del vicepresidente Dick Cheney), acusado de perjurio y obstrucción a la justicia en el sonado caso de la filtración de la identidad de una agente clandestina de la CIA por la Casa Blanca. Pero se presume que el juicio sea en realidad una tapadera para exculpar a Karl Rove, estratega e íntimo amigo de Bush. Las investigaciones de corrupción sobre legisladores republicanos avanzan, y tres de ellos ya están encarcelados.
Estos son los hechos que no pudo ocultar la cuidadosa mise en scène montada desde la Casa Blanca, con firma de autógrafos al por mayor, legisladores y público digitado que se pone de pie a cada rato para aplaudir, y con una selección de inmigrantes exitosos sentados junto a la primera dama, como la estrella de los Houstons, el congolés Dikembe Mutombo. El corresponsal de The Nation en Washington, David Corn, cuenta en su blog que le comentó a un asesor del Pentágono que apenas siete personas en Washington apoyaban el plan de Bush, a lo que el funcionario le respondió que esa mañana uno de ellos había abandonado al presidente y no quedaban más que seis, lo que recuerda el cuento de los indiecitos. *
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