El niño palestino acribillado por tropas israelíes
Por Niko Schvartz
Las secuencias del «niño emblemático de Palestina» filmadas por el camarógrafo francés se convirtieron en el símbolo del conflicto, como la foto de la pequeña vietnamita Kim Phuc huyendo desnuda del bombardeo de su poblado con napalm estigmatizó la agresión yanqui a Vietnam. También se difundió ahora la secuencia de la niña de dos años muerta, con su padre arrodillado frente a ella, besándola.
Nunca tantos muertos
Mientras se desarrollaban las encrespadas negociaciones en París entre Arafat y Barak, con mediación de M. Albraight y de Chirac, helicópteros israelíes seguían lanzando misiles sobre objetivos civiles y sus tropas disparando con balas que podrán estar revestidas de goma pero igual matan. En ninguna instancia conflictiva anterior se registró un número de víctimas tan elevado como el actual.
El momento de mayor tensión en la embajada norteamericana en París se generó cuando Albraight y Barak se unieron para rechazar la investigación internacional de las matanzas en los territorios ocupados. Ante esta negativa Arafat se retiró. La secretaria de Estado lo convenció de regresar, pero no habrá investigación.
Sin embargo, se trata de un punto capital. Desde el inicio del proceso de paz, ésta es la primera vez en que se llega a un enfrentamiento de semejantes dimensiones, tanto en la cantidad de muertos, en su enorme mayoría palestinos, como en la magnitud y la violencia de los mecanismos represivos utilizados por Israel.
A cierta altura se llevaban contabilizados más de sesenta muertos (y el número se acrecienta por horas). Entre cinco y ocho eran soldados israelíes, siete árabes de ciudadanía israelí, todos los demás palestinos. Estos incluian: policías palestinos; civiles, en su mayoría desarmados (pero no todos, algunos miembros de la juventud del Fatah portaban armas), y varios niños. Los médicos describen las condiciones terribles en que llegan los niños a los hospitales, con la mandíbula fracturada o un ojo vaciado por los proyectiles. Este número de muertos en tan pocos días no se había visto siquiera en los tiempos de máxima intensidad de la Intifada. El único episodio de magnitud comparable se registró cuando el extremista judío Baruch Coldstein irrumpió en una mezquita de Hebrón y ametralló a una treintena de musulmanes que estaban orando.
NN sin nombre
Las información internacionales se refieren elípticamente a los sangrientos enfrentamientos, pero en forma sistemática eluden precisar de qué lado están las víctimas. Jefes de informativos en la región hablan con voz más o menos compungida, según las circunstancias, pero no contabilizan los muertos ni mucho menos su origen. Enviadas especiales hablan por radio desde la zona de conflicto y alegan que hay menos israelíes muertos porque cuentan con mejor protección. Pocas veces se vio semejante manipulación informativa para ocultar la responsabilidad de Israel y la desproporción de los medios represivos desplegados. Es sabido, además, que en la prensa israelí los muertos palestinos no tienen nombre. Son de segunda clase.
La provocación de Sharon
El detonante actual (no el único, pero sin duda el principal) fue la visita efectuada por Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas en vísperas del Año Nuevo judío (Rosh Hashana). Hoy líder oficial del derechista Likud, ministro en el gabinete de Natanhayu, Sharon es sindicado como responsable principal de las masacres de palestinos refugiados en los campamentos de Sabra y Chatila, en el Líbano.
La Explanada es el punto más conflictivo del Oriente Medio. Centro del culto religioso judío en la época del Templo (destruido por los romanos, y del cual sólo queda el muro occidental que lo circundaba, que es el Muro de los Lamentos), alberga a la vez varias mezquitas, siendo la principal la Mezquita de Omar, el tercer lugar sagrado de los musulmanes junto a La Meca (capital del primer estado musulmán fundado por Mahoma) y Medina, su ciudad natal.
Desde el lado israelí, la Explanada de las Mezquitas sólo puede visitarse con permiso especial otorgado por el ministro del Interior, lo que ocurre muy rara vez.
En este caso, el ministro Shlomo Ben Ami (que en el destartalado gabinete de Barak acumula los carteras del Interior y de Exteriores) no sólo le otorgó el permiso a Sharon –lo que no había hecho en ningún otro caso– sino que además le sumó una ostensible escolta policial.
A tres días de la reanudación oficial del dificultoso diálogo de paz, este gesto fue visto por los palestinos como una provocación, un agravio inadmisible. Los sectores de la sociedad israelí partidarios de un acuerdo con los palestinos consideraron que el aval del gobierno a la visita de Sharon, o bien procuraba dinamitar el proceso de paz, o bien constituia una muestra sin igual de ineptitud, insensibilidad e incapacidad de análisis de la situación en campo palestino.
Gatillo fácil
Por su parte, Sharon se procuró una posición expectable en la derecha, cuando Natanhayu (que ya no será enjuiciado por corrupción, según acaba de comunicarse) podría resucitar como su rival interno.
Frente a Barak, acusado por la prensa de ultraderecha de procurar un comportamiento sobre una parte de la ciudad vieja de Jerusalén, Sharon aparece como guardián de la ortodoxia, en medio de festividades en que los sentimientos afloran a flor de piel. Y especuló con que su gesto haría explotar una reacción palestina, incubada largo tiempo atrás. En ese sentido no se equivocó.
Entró a funcionar así una dinámica perversa. Frente a los palestinos tirando piedras salieron a reluciar los misiles, los tanques y tropas israelíes de gatillo fácil (y en algunos casos, colonos también). Se enardece la protesta, trepa una escalada que va tomando un carácter incontrolable, con gravísimo riesgo de extensión del conflicto. Ojalá pueda llegarse a un alto el fuego antes de que sea demasiado tarde.
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