DESDE LONDRES

Marrone y Buenos Aires en enero

No sé si Pepitito Marrone murió por causas naturales o lo mató uno de sus chistes. Marrone, en cierta medida, representa lo que es ser argentino con una sola palabra: «cheeee». Fundamental, pronunciarlo o escribirlo con varias «e» al final, ya que con una sola «e» puede confundirse con un uruguayo.

¿Política? «Chee». ¿Economía? «Cheee». ¿Gobierno? «Cheeeeee». Este último, el «che» más largo de todos.

Marrone solucionó con una sola palabra la descripción perfecta de todos los problemas argentinos. Sólo había que agregar o sacar una «e» al final, para entenderla mejor.

Pero vamos a dejar las cosas claras. En el único período que un «che» no podía utilizarse, o sea durante la dictadura militar, a los argentinos les fue peor que nunca. Muertos, desaparecidos, guerra de las Malvinas, persecución política, Plan Cóndor, crisis. Todo cayó sobre ellos como un vendaval vengador. No fueron merecedores de tanto.

Es que durante esos años el famoso «che» había caído en total desuso. Podía confundirse con el Che Guevara y la revolución cubana, para empezar. Esta, en ese entonces no era tanto un «Che», sino un «No» rotundo. Argentina siempre necesitó el poder analítico de Marrone y en ese período no lo tuvo. El país iba a convertirse entonces en la crónica de una caída anunciada.

Llegué a Buenos Aires en el peor día posible: ocho de la mañana del primer domingo de la primera semana de enero del nuevo año 2007. No se movía ni una pulga. Pensé filosóficamente: «Este domingo me recuerda a todas las razones por las cuales la gente se olvidó de Marrone».

También tuve mala suerte la última vez que aterricé en Ezeiza. Aquel fue el primer domingo después de la gran debacle económico-social de 2001. Mi conclusión inicial, injusta fue que Argentina no se había recuperado de aquella crisis. Era sólo que había llegado a la hora equivocada.

A medida que los porteños de Suipacha y Arroyo empezaban a despertarse, se deshojaba el Buenos Aires conocido de siempre: los personajes de las tiras cómicas de Quino. En la esquina, enfrente al café «Del Socorro», un veterano retirado clase media que todavía tenía superplanchada su remera Lacoste amarilla y los zapatos Guido recién lustrados, como si en la Argentina no hubiese pasado nada en los últimos treinta años.

Las perspectivas a esa altura iban de mal en peor. O me mataba un chiste inesperado de Marrone o quedaba prisionero perpetuo adentro de una tira cómica de Quino. La situación se trasformaba rápidamente en otro episodio de la serial americana «La dimensión desconocida». Sólo que esta vez la versión era en color rioplatense y la música, fatídica, tocada con bandoneón.

Algunos ingleses, antes de salir de mi corresponsalía londinense para el Río de la Plata, me habían avisado que en Recoleta se pueden dar algunas vueltas interesantes. Decidí enfilar para esa zona, que estaba apenas a 10 minutos caminando desde el barrio cheto bonaerense.

Efectivamente, a la distancia vi en el parque una aglomeración importante de gente. Era una feria de artes y artesanías. Con pocas ganas empecé a codearme por entre los aglomerados. La mayoría de los feriantes era gente joven de las provincias que vendía collares y pulseras o instrumentos musicales del norte argentino. «Una bocanada de aire fresco», pensé, «a sólo 10 minutos de los personajes de Quino, un mundo nuevo». Estaba salvado. Me había escapado de la tira cómica.

El promedio de las artesanías era bueno. Especialmente los muchachos y chicas que diseñaban joyas baratas de alpaca, cuero y algunas de plata. Nada de oro. Ese metal precioso está totalmente afuera de los monederos promedio de Argentina desde 2001.

Los veteranos de Quino, más lejos que nunca, perdidos en un mundo que hoy sólo los mayores de 50 entienden y que Argentina nunca más va a volver a vivir.

El lunes amaneció un poco más movido. Pero las únicas noticias argentinas jugosas en los diarios provenían del exterior, como el arresto de Isabelita Perón.

Al parecer, con los políticos de vacaciones, los jueces argentinos lanzaban pedidos de detención 33 años más tarde. «Cayó otro cómplice de la Triple A, con asesinatos en 1974″ titulaba La Nación. Más vale tarde que nunca. Pero la justicia es más dulce cuando no se tiene que esperar tanto.

En Córdoba y Suipacha pido un ejemplar del diario Clarín. «Quiero saber si los uruguayos invadieron Argentina», le digo al canillita. «Ya los invadimos nosotros. Están todos en Punta gastando nuestra guita», me contesta.

El canillita no sabía cómo tomarme. Mi acento rioplatense anglosajón parece perdido en algún lugar entre el Río de la Plata y el Támesis. Seguramente piensa que soy un náufrago de 2001 que se quedó conversando todo este tiempo con los pescados y acaba de regresar a tierra firme.

Entra la noche en Buenos Aires, luego de un frenético si bien corto día todo vuelve a la normalidad de enero: quieto. Decido ir a tomar una sidra al gran Café Tortoni, en la avenida de Mayo. Sorpresa. Cola para entrar. Aparentemente había un espectáculo de tango. «¡Soy uruguayo!», grito. «¿Tengo que hacer cola, también?». Nadie me respondió. Eran todos extranjeros de habla foránea y los pocos argentinos que había no me dieron pelota. Pensé en rubricar mi chiste con un «Cheeeee» a ver si alguien se reía.

A medianoche, sobre el final de la velada caminé hacia la plaza de Mayo. La encontré vacía, nocturna, soberbia. Me pareció ver a Perón saludando desde la Casa Rosada. ¿O era Videla? No. ¿Menem? Capaz que era Frondizi y no lo reconocí. En el medio de la plaza, el obelisco blanco donde las Abuelas de la Plaza de Mayo desafiaron a la dictadura videliana y galtieresca. Me estremecí.

Miré hacia la Casa Rosada y pensé que atrás de las puertas del balcón habría un mecanismo de relojería que sacaba y metía a los próceres cada vez que era necesario vitorear a las masas o insultarlas. ¿Pero quién oficia de relojero en enero? El fantasma de Marrone. *

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