La revolución cumplió 48 años
«Mucha alegría había ese día. Cuando los barbudos bajaron de la Sierra Maestra, yo salía por la ventana y les daba besos y agua y panes con guayaba. Gritábamos ¡Viva Fidel!», relata Amparo Pedroso, de 72 años, una barrendera del casco histórico de La Habana, mientras almuerza arroz y frijoles sentada en un banco de la Plaza de Armas.
«Como arreglaba las manos, en esos días pintaba en la uña del dedo gordo la cara de Fidel, vestido de verde olivo, y en las demás uñas alternaba la bandera cubana con la del 26 de julio», cuenta esta mulata de trenzas blancas recogidas sobre la cabeza al recordar la euforia tras el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista.
«Fue una cosa sensacional, todo el mundo estaba vestido de verde olivo (…) Para los pobres era una ilusión, pues veíamos que las cosas iban a ser distintas», cuenta Concepción Sánchez, jubilada, que entonces tenía 20 años y luego trabajó como secretaria de varios ministerios.
Oscar, un cubano de 76 años contratado por el gobierno para alimentar a las palomas en La Habana Vieja, recuerda el «clima de fiesta» que se apoderó de la capital cubana hace exactamente 48 años.
«Significó la esperanza, la esperanza de tener un trabajo, de organizarme, de tener una casa», dice este hombre delgadísimo y de pocos dientes, vestido con una impecable guayabera celeste.
José Alberto León, quien escoltó a Fidel en el recorrido de unos 1.000 km desde el oriente hasta La Habana, recordó cómo el pueblo se volcó a las calles.
«Cuando entró a La Habana, en El Cotorro (a unos 30 km), Fidel se bajó del tanque en que venía y luego siguió en jeep. El chofer que venía manejando tenía miedo de atropellar a la población», relató a Radio Rebelde.
El jeep de Fidel «hubiera podido rodar sin combustible, empujado por el pueblo enardecido», aseguró ayer el diario oficial Granma.
Como cada año, el gobierno cubano festeja la fecha con una reedición de la «caravana de la libertad». Soldados de barbas pintadas de negro montados en jeeps y camiones empezaron el 1 de enero el recorrido y paran en cada ciudad liberada, donde se celebran actos masivos.
Cuarenta y ocho años después, con Fidel Castro convaleciente tras ser sometido a una delicada cirugía intestinal el pasado 27 de julio y sin aparecer en público desde entonces, unos retienen la ilusión inicial y otros, con cautela, reclaman algunos cambios.
«Mis deseos no se cumplieron, aún estoy luchando por ellos», confiesa Oscar, que lamenta el «arroz y los frijoles duros» que le dan una vez por día en el comedor estatal.
Concepción Sánchez, sin embargo, dice que tiene «el mismo concepto y forma de pensar» que antes. «Quizás las cosas no estén todo lo mejor que pueden estar», pero «el cariño y la admiración de siempre a Fidel van a ser los mismos (…) Las bases quizás están bien preparadas para que la revolución siga la marcha», indicó.
«El 8 de enero de 1959 fue un gran día para nosotros, había mucho entusiasmo y la esperanza de otra vida» con Fidel Castro, aunque hoy «al pueblo no le alcanza lo que él da de comida», dice Hilda, de 78 años, una ex limpiadora doméstica que pide unos pesos a los turistas en La Habana Vieja.
«Fidel ha cumplido bastante» con lo prometido, pero «si no tenemos dólares, no podemos comer, y el transporte que hay es insuficiente para el pueblo», dice esta veterana residente de Centro Habana. *
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