Un Arafat fortalecido no controla la rebelión
Jerusalén, AFP
La posición de Arafat ante los palestinos salió en todo caso «fortalecida» por esta crisis, según un experto palestino, Jalil Shikaki, pero el desafío, para él, es ahora la manera de controlar su salida.
La mayoría de los israelíes, sus dirigentes, el hombre de la calle o la prensa, afirma categóricamente que Arafat tomó la visita del líder de la derecha Ariel Sharon –el 28 de setiembre a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén– como un pretexto para desatar un estallido de violencia con fines políticos.
El jefe interino de la diplomacia israelí, Shlomo Ben Ami, lo acusó de esta manera de haber «orquestado» los enfrentamientos, que provocaron unos sesenta muertos desde el viernes pasado.
Los israelíes señalan también que los palestinos que disparan contra su ejército en Cisjordania y en la franja de Gaza son, casi todos, miembros de la policía palestina, muchos de ellos en civil, y militantes de Tanzim, la rama militar del Fatah, el movimiento de Arafat.
Del lado palestino, se afirma al contrario que la visita de Sharon provocó una verdadera «ola de fondo» en el seno de todas las tendencias de la sociedad palestina, y que Arafat hizo todo lo que podía para restablecer la calma.
Es claro que la cólera de los palestinos es real y sincera, como testimonian sus comentarios. El hecho de que Arafat haya después buscado explotarla es también cierto.
«No hay duda que desde un punto de vista político, Arafat buscó utilizar la explosión de cólera y de frustración para rectificar la situación» creada por la visita de Sharon a la Explanada, tercer lugar santo del Islam y problema esencial de las negociaciones israelo-palestinas, asegura Shikaki, director del Centro de Investigación y de Estudios sobre Palestina en Naplusa (norte de Cisjordania).
Explica, en efecto, que para Arafat la visita de Sharon, que describe como «una demostración de fuerza» en razón del despliegue policial con la que fue acompañada, tenía como objetivo la «consolidación de las exigencias israelíes» sobre la Explanada y «debilitar su posición en la mesa de negociaciones».
Los palestinos exigen la soberanía sobre toda Jerusalén este, incluyendo la Ciudad vieja y sus lugares santos, donde quieren establecer la capital de su futuro Estado.
Pero Israel se opone a una soberanía palestina e incluso islámica en la Explanada, que se halla donde de erguía hasta el año 70 de la era cristiana el segundo Templo judío, destruido por los romanos.
Arafat, señala el especialista, quiso «enviar un mensaje» a Israel para decirle que no haría concesiones sobre Al-Haram al-Sharif (es decir: el Noble santuario, nombre que los árabes dan a la Explanada).
Shikaki estima que el resultado fue logrado el viernes y el sábado, pero que la respuesta israelí, que califica de «exagerada», provocó una escalada que Arafat ya no domina totalmente.
«El viernes fue más o menos espontáneo, y después Arafat la utilizó. Con respecto a saber si puede controlar o no todo esto (los enfrentamientos), se trata de otra cosa», declaró a la AFP otro experto palestino que exigió el anonimato.
En los hechos, la tregua concluida el lunes por la noche entre israelíes y palestinos se desmembraba por la tarde de ayer martes.
De momento, Arafat parece haber salido vencedor de esta crisis en el plano político. «Su posición y la de los servicios de seguridad palestinos fueron fortalecidos», asegura Shikaki, pues «hay un sentido de unidad entre los palestinos, y de determinación».
Pero la moneda tiene su otra cara. Pues su margen de maniobra en las negociaciones futuras fue así limitado, en la medida en que toda concesión sobre la Explanada le resulta ahora totalmente imposible.
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