OPINION INTERNACIONAL

Afganistán como país problema

¿Qué es lo que convierte a Afganistán, un país del Centro de Asia, sin salida al mar, 26.700.000 habitantes, y un territorio montañoso de 652.225 kilómetros cuadrados, en foco de interminables conflictos con derivaciones internacionales? ¿Por qué los soviéticos fracasaron tan estrepitosamente en su intento de incorporar el país a su esfera de influencia? ¿A qué se debe que los talibanes, fanáticos musulmanes extremistas, hayan podido tomar el gobierno e implantar un régimen que dio albergue a Osama Bin Laden y su organización terrorista? ¿Cómo se explica que a pesar de sus elecciones democráticas y su gobierno legal siga siendo un país inestable, en el que no existe la seguridad fuera de la capital? Hay varias respuestas más o menos obvias a estas interrogantes: la tradición guerrera del país que fue invadido sucesivamente por persas, grie- gos, árabes, turcos, mongoles, británicos y soviéticos; el interés estratégico del país como encrucijada de caminos; su geografía montañosa, su estructura tribal y su economía basada en buena medida en plantíos de coca.

Pero un excelente informe en el número doble de fin de año del semanario británico The Economist pone el acento en un antiguo código legal tribal que sigue vigente y que explica en buena medida el atraso de este país islámico que sólo parece aceptar de la modernidad la capacidad de los seres humanos para matarse de manera más rápida y eficiente entre sí.

Trataremos de resumir lo esencial de este apasionante artículo acerca del Pushtunwali, el código de honor de los pushtun (quienes con 15 millones constituyen más de la mitad de la población afgana), que es aceptado con algunas variaciones por otros grupos étnicos afganos como los uzbecos, tadjicos, pashai, hazara y baloch.

Su esencia es el concepto del honor o «nang» y los temas en litigio suelen estar vinculados a tres temas: oro, mujeres y tierras. The Economist trae un ejemplo muy típico. La hija de un comerciante de Gardez, una pequeña ciudad en el norte de Afganistán, se escapó con su novio. Por lo tanto, el padre agraviado vendió sus propiedades, se trasladó a Kabul, buscó allí al amante de su hija y lo mató.

La hija, que también debía morir para que el padre recuperara íntegramente su honor, encontró refugio en una organización de defensa de los Derechos Humanos. Pero su futuro está muy lejos de estar asegurado. Los pashtun suelen ser muy obcecados en su búsqueda de la venganza.

Otras costumbres ligadas al honor plantean extraños dilemas. Los pashtun están moralmente obligados a ofrecer hospitalidad y protección a quien la pida, haya hecho lo que haya hecho. En una zona tribal de la provincia de Khost un estudiante coránico mató a un hombre. Pidió asilo en la casa de una mujer cercana al lugar en que perpetró el crimen. La víctima resultó ser el hijo de la mujer, pero ésta debió contener la ira de su esposo y sus demás hijos: no es posible violar las leyes de la hospitalidad.

Pero el Pushtunwali también tiene fórmulas de compromiso y de arreglo, generalmente de carácter económico. Habi- tualmente se trata de reuniones de jefes tribales o jirgas, que por su carácter oral suelen tener un porcentaje mayor de acatamiento dado el alto grado de analfabetismo de la población. La ley tribal coexiste con las cortes de justicia del estado y con las cortes religiosas de la Sharia, y suele ser más benévola que la legislación religiosa en cuestiones de crímenes de sangre. Pero increíblemente la Sharia es más liberal en lo que atañe a los derechos de la mujer. La Sharia no impone la costumbre tribal de que una viuda deba casarse, le guste o no, con el hermano o sobrino de su esposo fallecido. Es común que la ley tribal solucione disputas de larga data casando niñas con descendientes del clan enemigo. Un proverbio pushtun celebra esta costumbre : «La sangre no puede lavar la sangre, pero la sangre puede convertirse en amor».

Cuando un reclamante no está satisfecho con un veredicto tribal tiene la opción de ir a un tribunal de la Sharia para reclamar su revocación y viceversa. Los mullahs o clérigos islámicos no se oponen a la jirga o asamblea tribal, en la que ven un complemento de la autoridad de justicia islámica. Se estima que un 95% de las disputas civiles y criminales en Afganistán se solucionan por esta vía.

Los británicos, que dominaron la vida política de Afganistán entre 1837 y 1919, nunca terminaron de entender este país tozudamente aferrado a sus antiguas tradiciones tribales. Algunos de ellos fueron fascinados por sus aspectos extraños y curiosos. Pero otros discreparon con su caprichoso código de honor, en el cual el sexo femenino tiene aproximadamente los mismos derechos que el ganado.

Uno de sus críticos, Winston Churchill, dijo: «Su sistema de ética, que considera a la violencia y la traición como virtudes y no como vicios es incomprensible para una mente lógica». *

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